¿Usamos la palabra "hacedor"?

Cuando en 1960, Borges publicaba su obra El Hacedor, le estaba dando al término la segunda acepción con que hoy figura en la última edición del diccionario académico: “Se aplica especialmente a Dios, ya con algún calificativo, como el Supremo Hacedor, ya sin ninguno, como el Hacedor “. También nuestro reciente Diccionario integral del español de la Argentina lo incluye con la definición general “que hace algo” y da como ejemplo: “Decidieron convocar al dios hacedor de la lluvia”. Como observamos, en unos casos, el término actúa como sustantivo y, en otros, como adjetivo.

El vocablo “hacedor” se forma, al igual que una gran cantidad de términos en el idioma, sobre la base de un verbo, a la que se le ha agregado el sufijo –DOR, con el significado de agente, esto es, el que realiza algo. Es un procedimiento muy productivo, que ha dado a la lengua una cantidad muy grande de palabras ya registradas y que, además, brinda la posibilidad de crear, a partir de otros verbos, nuevas voces con el mismo método.

Reflexionemos acerca de cuántas palabras de este tipo utilizamos en nuestro accionar cotidiano: empezamos el día con un “despertador”; vamos por el “corredor” hacia las otras habitaciones; con el “tostador” doramos algunas rebanadas de pan. Mientras leemos el diario, marcamos con “resaltador” ciertas noticias interesantes. En ese momento, suena el teléfono y el “contestador” se activa rápidamente. Verificamos quién nos ha llamado tan temprano y advertimos que es un “colaborador” que nos recuerda algo valioso de nuestra agenda o algún “encuestador” que desea saber cuál es nuestro “proveedor” de banda ancha.

La terminación –DOR que hemos usado, con valor sustantivo o adjetivo, para  indicar “el que despierta, el que resalta, el que contesta, el que colabora” aparece junto a otros sufijos que cumplen la misma función: el sufijo –OR, en formas como “censor”, “revisor”, “defensor”; también, el sufijo –TOR cumple la misma función; así, en términos como “conductor”, “lector”, “contraventor”, “productor”.

Muchas veces, nos cuesta hallar el verbo que sirve como punto de partida,  porque se ha guardado fidelidad al latín como en “auditor” (del latín audire = oír), o en “veedor” (de la forma veer y del latín videre = ver). Otro tanto ocurre en “espectador” (de la forma latina spectator y del verbo spectare = mirar, contemplar, observar) y en “locutor” (del verbo latino loqui = hablar). A veces, la forma actual está muy lejos de la forma original en cuanto a significado: un ejemplo es “nomenclador”, que hoy designa el catálogo con los nombres de pueblos, de sujetos, de voces técnicas; su origen es el término latino nomenclator  (sobre la base de nomen = nombre y calare = llamar, convocar), que designaba a un esclavo encargado de decir a su señor los nombres de sus visitantes o el de aquellos cuyos votos deseaba ganar. ¿Tendremos, en este último sentido, algunos nomencladores en nuestro entorno actual?

El lector podrá advertir que todos somos hacedores de la lengua y colaboradores de su evolución y uso y que nos transformamos  así en autores y difusores del idioma.

Para cerrar simétricamente con aquello que mencionamos al iniciar el artículo, transcribimos lo que Borges, en una conversación con el periodista Antonio Carrizo, en 1979, dijo de El Hacedor:  "El Hacedor es mi mejor libro, porque cada página se escribió por necesidad. Creo que no hay ripios, o un mínimo de ripios".

* Nené Ramallo es la directora del Departamento de Letras, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo; es lingüista, especialista en dialectología.

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