Parches y alambre: en la Argentina lo urgente nunca deja tiempo para lo importante

Conviviendo con situaciones urgentes, consecuencia de no ocuparnos de proyectos a futuro, procrastinamos el desarrollo y crecimiento de la sociedad. Con el agua al cuello, cansados de agitar los brazos para mantenernos a flote, somos una población bien dispuesta a empeñar nuestro futuro y hasta el de las generaciones venideras por un respiro… como también a apoyarnos en el vecino, aunque esto signifique hundirlo.

En Estados Unidos, hace unos cincuenta años se realizó un estudio longitudinal muy famoso, con un grupo de niños de 4 años. Se les dijo: niños si pueden esperar a que el maestro termine de hacer unas tareas, podrán recibir dos bombones como recompensa. Los que no puedan –o no quieran- esperar, sólo recibirán uno, pero de forma inmediata. Esto sin lugar a dudas es una encrucijada que pone a prueba el alma de cualquier criatura. El caso es que unos se comieron el bombón inmediatamente, mientras que otros valientes niños pudieron esperar el cuarto de hora que le tomó al maestro terminar la “tarea”. El poder diagnóstico de este experimento se puso en evidencia unos catorce años más tarde cuando se comparó el desempeño de aquellos niños, ya adolescentes. Los que habían esperado a los 4 años la gratificación de dos bombones, eran adolescentes más competentes en el plano social, obtenían calificaciones increíblemente más altas en lo académico, en el plano personal eran más seguros de sí mismos y más capaces de enfrentarse a las frustraciones propias de la vida. El estudio no terminó aquí, sino que, una década más tarde, todavía eran capaces de postergar la gratificación para alcanzar sus objetivos.

Con algunas excepciones, en la Argentina claramente adolecemos de la capacidad de posponer la gratificación inmediata por una gratificación mediata mayor, donde si bien los esfuerzos sean mayores, los resultados también. En el último período se quintuplicó la pobreza; las tasas de suicidio entre adolescentes de 10 a 14 años se han duplicado; entre 1995 y 1999 el delito de menores aumentó un 5.560 %; el 15 % de los nacimientos en la Argentina se dan entre los 12 y 19 años; aumenta la depresión infantojuvenil; la repitencia; abandono escolar y la desfamiliarización han experimentado un crecimiento que no tiene parangón. Nos acostumbramos a las noticias de violaciones, agresiones, consumo de drogas, delitos, estafas, poblaciones clientelares, pobreza, indigencia, inseguridad, desocupación, violencia -gráfica, física, intrafamiliar, solapada, de todo tipo. En fin, se institucionaliza y acepta la pobreza de capital humano, nos adormecemos y no hacemos nada por cambiar.

De este modo, las pululantes situaciones de  precariedad imponen la emergencia de destinar recursos para emparchar sobre lo parchado, no dando la posibilidad de trabajar en lo estructural, arrojando como resultado una vulnerabilidad creciente, que justifica cada vez más las intervenciones de resultados efímeros, ante estas –curiosamente- más frecuentes situaciones “inesperadas”.

Pero no seamos ingenuos, las posibilidades de desentramparnos de la paradoja de que quienes se benefician de dar y recibir dádivas, como del mercado de la enfermedad e inseguridad, corrupción y de la tan desgraciada como argentinísima holgazanería hagan el cambio, son inexistentes. Intentar disuadir y pedirles que cambien de idea y actitud a los que se amparan en este enquistecido chanchullo, seguramente será en vano; pero nada, nada impedirá que tengan la gentileza de con el tiempo ir muriendo. Y así, de la mano del relevo, vendrán nuevas oportunidades. Esta es una de las razones por lo cual debemos trabajar con las generaciones venidera. En este sentido podemos entender la frase de William Wordsworth, que dice “El niño es el padre del hombre”.

Los niños por su condición de tales, además de ser los portadores de los privilegios y derechos más exquisitos, por los cuales todos velamos, son la hoja en blanco y posibilidad de co-escribir un nuevo comienzo. Cerámica sin hornear,  son –como el título del libro de Bustelo- el re-creo, en el sentido de volver a crear. Es por ello que propongo repensemos las herramientas que les estamos proveyendo, pues no todas contribuyen a la emancipación y autonomía personal.

La reconstrucción del capital social desde la enseñanza de habilidades emocionales en la población, principalmente en los niños, permitirá el crecimiento y maduración de la sociedad en su conjunto. El estado actual de la ciencia tiene a su disposición los conocimientos necesarios para dar respuesta a la situación vigente. El grupo de habilidades que permitieron a los niños del experimento del bombón convertirse en personas saludables, prósperas y felices, son aprendidas. Son parte de una enseñanza que hoy está sistematizada, susceptible de ser aplicada en las escuelas y que actualmente forma parte de las recientemente promulgadas leyes nacionales de educación de Chile y España. Es que hoy no alcanza con la transmisión de conocimientos, es tal la dinámica que casi no hay tiempo para estar al día. La tecnología y ciertos hábitos van en avión, mientras la escuela intenta seguirlos a pié. Por ejemplo, en el último decenio experimentamos el fenómeno de “googleizacion” donde casi desde cualquier lugar urbano podemos acceder con un celular a la respuesta a casi toda pregunta, haciendo portador a cualquier ciudadano de una biblioteca entera en su bolsillo.

Si bien este tipo de formación emocional le pertenece y pertenecerá a la familia; la escuela, que constituye una segunda barrera de contención, requiere y merece la inclusión insoslayable de estas enseñanzas. En muchos rincones de nuestro país, el pretender que un niño memorice hoy fechas de batallas, datos geográficos, etc., es como pedirle a un paciente en terapia intensiva que aprecie la belleza de la lectura de Dostoievski. La educación sexual se implementó ante la necesidad de dar respuesta a los comportamientos irresponsables de muchísimos jóvenes, y seguramente disminuirán los embarazos de madres y padres adolescentes como las enfermedades de transmisión sexual, pero dejaremos intactas las circunstancias que los llevaban a ello.

A diferencia de la educación tradicional, que se centraba en el conocimiento del mundo que existe de la piel hacia afuera en todos sus aspectos –histórico, matemático, geográfico, musical, etc.-, la Educación Emocional está basada en el descubrimiento del mundo que existe de la piel hacia adentro, en el  auto-conocimiento del niño. Se trata de acompañarlo y habituarlo al descubrimiento de sus emociones, necesidades y pensamientos. De esta manera podrá conocer cuáles son sus deseos, habilidades, intereses, y empezar a diseñar la persona que quiere ser. Lograremos, de este modo, disminuir a futuro sus comportamientos sintomáticos, tales como conductas delictivas, adictivas, depresivas, suicidas, agresivas, evasivas, la repitencia y el frecuentemente seguido abandono escolar, ya que trabajaremos anticipándonos a los problemas. Hablo de priorizar en los establecimientos educativos el saber utilizable, debatiendo situaciones cotidianas y sus soluciones, humanizando la historia con testimonios de la pasión de quienes dieron la vida por la patria por ejemplo; donde les enseñemos que la felicidad no está en comprar el último modelo, como dicen las publicidades, sino en hacer las cosas que amamos con verdadero sentido, que el vacío existencial aguarda paciente, ya que lo alcanzan cada vez más rápido quienes persiguen la zanahoria de la imagen, consumismo, drogas, éxito y demás sin-valores. A un siglo del lecto-analfabetismo, hemos de ocuparnos del analfabetismo emocional.

Considero no existen programas serios de prevención, o mejor dicho, sí, hay uno muy serio, pero que nos previene de hacer prevención. Debemos trabajar capacitando y concienciando a la población para despertar su participación activa, promocionando la autodeterminación y autogestión de la salud. Convirtiendo a cada ciudadano en soldados defensores  de  su salud y la de los demás; proveyéndoles de armas, en materia de conocimiento, que les permita hacer algo, combatir la enfermedad, cuidarse a sí mismos y a los demás; eligiendo estar sanos, apoyándose en sus propias capacidades evitando la dependencia de dádivas o convertirse en simples pacientes que esperan ser atendidos. Por lo tanto, es menester recuperar las capacidades y recursos propios de la población para extender y fortalecer su salud, pudiendo combatir el mercado de la enfermedad, que actualmente determina la mayoría del funcionamiento de los sistemas públicos y privados de salud, que enceguecidos por el lucro han perdido de vista el bien común. La propuesta de trabajo preventivo de educar en las emociones, tiene el mayor grado de incidencia, puesto que al ser un enfoque salutógeno actúa sobre la población sana que representa la mayoría. Por otro lado constituye el arma contra la enfermedad más económica en cuanto a su financiación, pero si bien esta ventaja económica es un hecho positivo -dado que en sí mismo se destaca por sobre uno costoso-, constituye su mayor obstáculo, en tanto no resulta atractivo para el mencionado mercado de la enfermedad e inseguridad, que si bien busca que sanemos, principalmente le interesa que no sea por mucho tiempo. Es así que hete aquí  la razón a su inexistencia: no es útil al capitalismo.

Una política que pueda dar cuenta de la compleja red de actores y variables que influyen sobre los niños y familias, y que logre un cambio radical, sabemos, no se agota en un programa. Para asegurar los resultados que nos proponemos es necesaria una continuidad y mantenimiento en el tiempo de estas propuestas que alcancen la profundidad de una modificación estructural, dejando capacidades instaladas en la población. Es por ello esencial exigir el compromiso de autoridades políticas y gubernamentales para llevarlo a cabo y mantenerlo en el tiempo, dado que si sus esfuerzos se concentran en los periodos electorales o bien buscan resultados inmediatos dentro del propio mandato, la solución es superficial y efímera, no alcanzando las raíces del problema, sino más bien, dejándolas intactas para que florezca posteriormente con aún más fuerzas, perpetuándose de este modo el circulo vicioso que padecemos.

Si queremos dejar de sobrevivir, hemos de pensar en invertir en el crecimiento. No vamos a mentirles a los niños, les diremos que no hay crecimiento sin dolor. Pero que a esfuerzos mayores, le suceden mejores resultados. Estoy seguro en un futuro, las escuelas no se centrarán en transmitir conocimientos, sino en la dinamización de recursos personales, como el saber elegir, reconocer, autorregular y expresar emociones, filosofar, crítica de consumo, sexualidad, alimentación, hábitos salutógenos de vida, entre otros.

El autor: Lucas Malaisi es psicólogo, autor del libro "Educación emocional".

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Opiniones (3)
20 de septiembre de 2017 | 12:15
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20 de septiembre de 2017 | 12:15
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  1. RENUNCIEN http://www.youtube.com/watch?v=YWgVHbNAxMk
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  2. UN ANÁLISIS COMPLETO...
    Con un planteo serio en cuanto hace a lo que se llama "inteligencia emocional", pero que a mi entender no contempla la falta de dirigencia para llevar adelante un cambio sociocultural de esta magnitud. No podemos engañarnos sobre las pautas que dominan al mundo y como se mueven los intereses que están detrás de ellas. El inmenso aparato mundial puesto al servicio de una sociedad consumista, cuenta con las ventajas de tener toda la tecnología de la comunicación a su servicio y por ende forman opiniones; ideologías; usos y costumbres y todo en función de la cultura del consumo., que va adosada a la cultura de la violencia y la pornografía. A esto debemos sumarle ya dos generaciones de padres que día a día fueron perdiendo el sentido de sus responsabilidades y en contrapartida le enseñamos a los niños sus derechos, pero no le decimos que los derechos implican obligaciones. Además la política fue colonizada por la economía por lo que las ideologías cedieron paso al llamado pragmatismo, est0 en un mundo cambiante en forma vertiginosa en donde los valores han sido subvertidos y hoy los referentes sociales son gente de la farándula o el deporte. Ante este panorama que incluye a la dirigencia en general, y con esto me refiero a la política, empresarial y religiosa, es muy díficil convencer a un niño de que le conviene estudiar y este no es un fenómeno argentino, sino mundial. Una sociedad estresada -la mayoría por razones valederas. pero muchos por razones de status social y la concepción de que el ser humano vale por las cosas que puede comprar, no es una sociedad que pueda aportar equilibrio emocional a sus hijos, sean padres, maestros o dirigentes. Ojalá el mundo y sus dirigentes pudieran cambiar por generación espontánea, pero creo que deberemos esperar varios años - con suerte- para ver cambios positivos ante la anomia; ignorancia y falta de honestidad de quienes deben regir el destino de las sociedades.
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  3. Hace rato que yo propongo, irónicamente, que deberíamos tener dos gobiernos. Uno, para apagar los incendios diarios y otro, con personas que piensen y sean honradas, para trazar objetivos a largo plazo y reales políticas de Estado. Lamentablemente, sólo tenemos de los primeros: mediocres que sólo ven hasta la próxima elección aunque el país reviente.
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