Por qué deseamos que pierda la Selección

La revista Newsweek publica un trabajo sobre la reacción de los argentinos ante los resultados de la Selección Nacional de Fútbol. Más allá del mito Maradona, a muchos argentinos les seduce su fracaso.

Cuatro amigos se reunieron el 30 de octubre de 1998 en Rosario para celebrar, por su cuenta, el cumpleaños de Diego Armando Maradona como si fuera la Navidad. De esa noche desvelada, surgió la “Iglesia Maradoniana”, parodia de religión que hoy congrega a más de 20.000 fieles en todo el mundo. Hasta hace un mes, no había siquiera un Judas. Todos por igual, seguían los diez mandamientos (ver aparte), compartían efemérides y oraciones propias como, por ejemplo, el “Diego Nuestro”:

Diego nuestro que estás en las canchas// santificada sea a tu zurda // venga a nosotros tu magia. Háganse tus goles recordar en la Tierra como en el Cielo // Danos hoy la magia de cada día, perdona a los ingleses, como nosotros perdonamos a la mafia napolitana, no nos dejes caer en off-side y líbranos de las Havelange. Diego.

Pero apenas 24 horas después de la derrota argentina ante Paraguay, Alejandro Verón, uno de los cuatro fundadores de la “iglesia”, crucificó a Maradona: “Lo veo mal. Como técnico no demostró nada. No hay sistema, no hay estrategia ni táctica”.

La confesión de uno de sus “apóstoles” fue el punto culminante de una furia anti-maradoniana que se propagó en todos los medios. En su edición online, Clarín preguntó si Maradona era el “único responsable” de la derrota. Y el 70 por ciento de los 12 mil votantes, aseguró que sí. A tono con el espíritu de algunos de sus lectores, La Nación fue más directo: ¿Cree que Maradona debe renunciar? El 82 por ciento asintió con el mouse; idéntica cifra sobre 22 mil lectores declaró Infobae.

Casi como para darles el gusto, el martes 6 de octubre, a menos de cinco días de jugar contra Perú, Maradona anunció: “Después del partido contra Uruguay veré si sigo, pero con mis condiciones”.

Antes de perder su primer partido contra Bolivia y de la trilogía de derrotas ante Ecuador-Brasil y Paraguay, Maradona fue criticado por tres temas:

a) Su falta de experiencia como técnico.

b) Su poca predisposición al trabajo

c) Su historia personal.

Sobre el primer punto, es cierto que su currícula no era alentadora: como técnico, hace quince años y en plena adicción a las drogas, obtuvo el 21 por ciento de los puntos posibles como técnico de Mandiyú (1 victoria, 6 empates, 3 derrotas) y de Racing (2, 6, 3). Sin embargo, el argumento es estéril. Franz Beckenbauer, sin experiencia previa como técnico, fue subcampeón y campeón mundial en 1986 y 1990. Dunga, ganó la Copa América (2007) y Confederaciones (2009). Jürgen Klinsmann fue tercero con Alemania en 2006. Otros, sin experiencia, tuvieron otra suerte: Michel Platini no clasificó a Francia al Mundial de 1990, Gheorghe Hagi tampoco pudo llevar a Rumania al mundial de Corea-Japón, donde otro técnico de gran experiencia y reconocimiento profesional, como Marcelo Bielsa, tuvo el mayor fracaso deportivo de Argentina en un mundial y no logró superar la primera ronda.

Por otra parte, los antecedentes laborales son esenciales para trabajos convencionales, aunque no aplican con rigor matemático ni en el fútbol ni en la política. Poco importó, sin ir más lejos, que Mauricio Macri tuviera como experiencia dirigir algunas empresas de su padre y un club de fútbol para darle las llaves de la Ciudad de Buenos Aires. O tampoco resultó invalidante que Elisa Carrió o Cristina Fernández de Kirchner carecieran de práctica gubernamental: fueron votadas para presidente por millones.

La segunda objeción a Maradona es la carencia de un “sistema de juego” y la ausencia de trabajo. La acusación suena injusta. Como todos sus colegas, Maradona tiene cinco días al mes para interactuar y practicar con sus jugadores escogidos. Quienes inician su gestión ni bien termina un mundial, logran multiplicar por cuatro años esos cinco sumando incluso la preparación de algunos torneos (como la Copa América o los Juegos Olímpicos).

 Por último, la tercera crítica apunta a “su historia personal”, que suele avivar un rechazo visceral entre los detractores. Existe, ante todo, un juicio moral. Para un amplio sector de la sociedad resulta imperdonable que sólo haya reconocido económicamente a su hijo Diego Armando Sinagra. Aún así, la mayor condena proviene de su adicción a la cocaína. Sin embargo, ¿por qué la recuperación de su adicción a las drogas no es percibida como un valor o como un ejemplo? Para el sociólogo Alberto Calabrese, director del Fondo de Ayuda Tecnológica y miembro del comité científico que asesora al Gobierno sobre drogas, si Maradona fuera un ex alcohólico no padecería la misma condena social. “El juego o el alcohol son adicciones mucho más peligrosas”, dice. Calabrese apunta que luego del esfuerzo que supone una recuperación, la sociedad en lugar de valorar ese esfuerzo observa al rehabilitado con sospecha, “como si fuera inevitable un nuevo paso en falso”.



Más allá de la posibilidad real de reincidencia, se percibe casi un deseo perverso de que Maradona vuelva a explotar. Y los rumores y críticas se multiplican: “está más gordo”, “viajó al spa de Italia porque no puede más”, “duerme hasta el mediodía”.

Las grandes personalidades viven mil vidas en una y del pasado, como Nietzsche, “sólo se recuerda lo que duele”. Podríamos rescatar los grandes valores de Maradona: salió de la pobreza y con esfuerzo y talento —no por azar— se convirtió en uno de los mejores jugadores de la historia. “Me pusieron ahí arriba, de la nada y nadie me enseñó como se hacía y acá (se toca la cabeza) fue difícil”, me dijo Maradona en una entrevista en 2001.

Para el doctor en filosofía y magíster en sociología de la cultura Pablo Alabarces, profesor de la UBA y de la Universidad Nacional de la Plata, ningún intelectual urbano de clase media pasaría airoso la prueba de ser al mismo tiempo “el mejor jugador de la historia, el hombre más conocido del universo, el último símbolo plebeyo nacional-popular de un país que desplazó esos relatos a la nostalgia”. ¿Usted puede ponerse en la piel de Maradona? ¿Usted, con su preparación, lo hubiera afrontado mejor?

Alabarces sugiere que es poco lo que vivió Maradona en semejante contexto: “Yo, sinceramente, hace rato que estaría en una zanja”. 

Esa historia de Maradona, no se mancha ni se arruina por decisiones posteriores. E incluso, la recuperación a su adicción, empujado por el amor hacia sus hijas, podría ser apreciada como un ejemplo o una inspiración. “Más allá de las críticas puntuales, hay una saña mayor hacia Maradona: no se tolera que alguien con su pasado con las drogas sea la mayor referencia mundial de nuestro país”, sostiene el economista Lucas Llach, mientras arma una bandera con la leyenda “Gracias Doña Tota” que llevará a la cancha al partido con Perú. “También hay, en un sector que lo rechaza, una cuestión de clase. Preferirían que la imagen de Argentina se asociara a Borges y no a Maradona”.

Ni bien se lo designó técnico, La Nación detectó el encono de sus lectores por la noticia. Y en una nueva encuesta de la consultora Carlos Fara & Asociados, posterior a la derrota con Brasil, se detectó que la desaprobación por Maradona se eleva entre el nivel socioeconómico medio alto, hombres mayores de 60 años y porteños. Sobre un universo de 442 casos, el 67 por ciento sostuvo que Maradona no debía seguir como técnico.

Pero el rechazo a Maradona, su condena social, tiene una tercera arista: sus contradicciones. El psicólogo del deporte Tulio Guterman repasa sus idas y vueltas, del “Che” a Menem: “Diego va y viene y tampoco ha hecho mucho por formarse”. En el fondo, para el miembro fundador del Área Interdisciplinaria de Estudios del Deporte de la UBA, Maradona no termina de ser aceptado. “Es víctima de sus propias imposibilidades y es probable que todos seamos así, por eso es un personaje que fascina”, sostiene. 

Entrevistado por Daniel Arcucci para Rolling Stone hace diez años, Maradona afirmaba que todos somos contradictorios. “Si a mí me demuestran que es de otra manera, yo me adapto”, decía.

Por otra parte, la crispación que producen sus contradicciones no se condice con las que comete la propia sociedad, en especial un amplio sector de la clase media. En la Argentina, nadie apoyó los golpes militares del siglo pasado, nadie apoyó la brutal dictadura ni la guerra de Malvinas, nadie votó a Alfonsín (salvo cuando murió), nadie votó ni reeligió a Menem, nadie votó a Kirchner y nadie votó a Cristina Fernández. Enfurecerse por la “borocotización” de los políticos o las “inconsistencias” de Maradona es un ejercicio que permite sostener una vez más que el problema son los otros. “El presente argentino ofrece una pura linealidad sin dobleces pero de traiciones, injusticia, discriminación, mediocridad, hipocresía y obsecuencia”, opinó Alabarces en Perfil.

Poco apreciado por Alabarces (“es a la sociología lo que Tinelli es a la cultura de masas”), el escritor Juan José Sebreli repasa con estupor, en su “Ensayo contra los mitos”, las disímiles figuras con las que Maradona ha sido comparado: Cristo, San Genaro, la Virgen María, Ulises, Napoleón, Mick Jagger, Baudelaire o Don Quijote. Le sorprende que Fito Páez (quien alguna vez dijo “yo amo a Diego, ¿quién otro le dio alegrías a miles y miles?”), lo incluyera entre los genios de la humanidad junto a Stravinsky y Miguel Ángel. Sebreli sostiene que distintos mitos entremezclados conforman un único mito de Maradona. “Para el nacionalismo populista, encarna el mito de la identidad nacional; para las clases bajas sin conciencia política (sic), el del mendigo que se transforma en príncipe, para los intelectuales de izquierda, el de rebelde social, para la juventud contracultural, el mito del transgresor”.

En su última internación, casi al borde de la muerte, la vida de Maradona parecía sintetizada en una guardia periodística, en un puñado de fotógrafos a la espera de su final. Casi muere en Uruguay, casi muere en Cuba, casi muere en Buenos Aires, pero Maradona se resiste a un final trágico, recupera a sus hijas, pospone su adicción, consigue trabajo, tiene revancha. Los grandes mitos mueren jóvenes y que sobreviva puede ser insoportable. Su fracaso surge como un consuelo.

El filósofo Esteban Ierardo, experto en mitología y profesor de la UBA, señala la peculiar atracción que tenemos los argentinos por construir ídolos y luego derribarlos. Hay un goce en la destrucción de los “héroes”, de esta mitología popular, asegura. Como país, agrega, Argentina sostiene una gran frustración por la imposibilidad de lograr cambios. “El placer sádico de la destrucción es una respuesta a esa frustración”, señala. A tono con los humores sociales, los medios potencian la ciclotimia: “En sus ascensos, potencian su vanidad”, dice el sociólogo Roberto Di Giano, de la UBA. “Y en sus caídas dan señas de devorarlo cuando parece atrapado en su celda narcisista”.
El mismo Maradona reflexionaba ante Arcucci en aquella nota: “No me propuse ser un mito viviente. Yo lo agradezco, pero soy un ser humano como cualquiera y no me creo un mito. Pero los argentinos saben que El Diego no les metió la mano en el plato de comida y eso es lo más importante”.

Mito viviente o ídolo oscilante, Maradona hoy vive un momento de máximo tensión. La selección que dirige puede no clasificar al Mundial de Sudáfrica de 2010.Una multitud saltará del amor al odio en función únicamente de los resultados. Pero un sector importante de nuestra sociedad, fantasea con el fracaso de Maradona. Surge, una vez más, el insólito placer argentino por el derrumbe. “Hay satisfacción en el no poder. El fracaso es un modo de vida virtuoso que paga a través de una poética de la desazón, del nihilismo, del escepticismo, del supuesto atrevimiento de la verdad”, escribió Alejandro Rozitchner en su libro “Amor y País”.
 
Hace casi un año, en noviembre del 2008, en Newsweek Argentina abordamos este tema con una nota de tapa (“Yo amo la crisis”) en la que el editor Matías Loewy resumía: “Lo que resulta más difícil de enfrentar y tratar es esa díada argentina que vincula el temor y el deseo: el miedo al abismo y la tentación de alcanzarlo”. Detrás de cada gestión, en nuestro país solo parecen quedar escombros. Hay una fascinación criolla por el desastre, por la imposibilidad de un futuro próspero.

Para Andrés Rascovsky, presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina, una sociedad reconstruye su autoestima con “hechos, logros, desarrollos auténticos y personalidades que representen valores espirituales, desarrollos de la cultura y contribuciones a la humanidad”. Contamos con estos hechos, logros y personalidades, ¿pero cuánto lo valoramos?

La aspiración a que un gobierno (cualquiera sea) fracase, implica necesariamente nuestro fracaso.

La disociación entre el fracaso de los otros (países, políticos, dirigentes, maradonas) y el nuestro, sólo nos exime de responsabilidades. Completa Rozitchner: “El fracaso es una forma de postergarse hasta el paroxismo y disfrutar del ilimitado campo de lo que pudo haber sido, frente al cual todo logro es una minucia. El enemigo somos nosotros, estas formas de vida, estas  costumbres que no queremos mirar a la cara”.

La semana próxima, Argentina ya habrá definido su situación en el próximo mundial de fútbol. Maradona, si cumple su nueva amenaza, tal vez renuncie. Tal vez continúe. Si gana, se dispensará una revancha contra todos. Si pierde, volará por los aires. En cualquier caso, no es Maradona el objeto de esta tapa. Mucho menos, debatir si Palermo o Heinze deben ser titulares. A decir de Alabarces, el fútbol surge, por momentos, como uno de los pocos discursos capaces de sostener en el imaginario popular una idea de nación. Ahí, tanto en fútbol como en la política, aún persiste una tentación por el fracaso que, de a poco, podríamos evitar. También merecemos ganar.

Fuente: Newsweek

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19 de noviembre de 2017 | 03:58
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