Suerte de perros

Dan ganas de sumarse a ellos y salir a recorrer la helada noche para olvidarlo todo de una buena vez. A comer gallinas de sangre caliente y zanganear por el campo toda la maldita noche. Mimetizarse en perro galguiento, y ya.

La jauría de vagabundos ha salido a hacer de las suyas esta noche. Son cerca de 20 hambrientos, aullando y corriendo entre los jardines de las casas. Arrasan con todo: aves de corral, bolsas de basura, juguetes olvidados y ropas tendidas. No me han dejado dormir con su espamento. Ladran sin parar, toda la noche; sin parar un maldito segundo. Son unos verdaderos salvajes. Más de uno -estoy seguro de ello- me devoraron los ocho patos y las seis gallinas hace unos días, dejando plumas y carne con sangre y restos de las presas racionadas en derredor de la casa, masticadas. Son demasiados para combatirlos. Están alterados y famélicos. Ellos imitan e incorporan hábitos humanos. Son, además de amigos, los mejores aprendices del hombre. Depredadores abandonados a un ruin destino.

Intenté a las cuatro de la mañana continuar con Enrique Vila-Matas (qué paradoja, un catalán), repasé unas hojas del primer capítulo denominado “la desaparición del sujeto” de “Doctor Pasavento”, una de sus últimas obras. Todavía sigo pensando y hurgueteando en mi memoria quién carajo tendrá mi “suicidios ejemplares” del autor; texto que presté hace diez años a no sé quién, y, por supuesto, hasta hoy no se dio a conocer a mi puerta para devolverlo. Así se hace entonces, los libros prestados terminan siendo un regalo inconsciente. ¿Quién devuelve un libro prestado? Si no lo reclama el dueño será un libro perdido, desaparecido. Vaya a saber en qué anaquel, atestado de tierra, se encuentre ese texto.

Varios de mis libros están en bibliotecas de conocidos que no recuerdo u olvidé sus perfumes; y en la mía, dormitan diversos que algún día restituiré  a sus dueños, cuando me los pidan. O no. Los libros y las mujeres prestadas/robadas jamás se devuelven. Y si te las piden, pues hay que dar pelea. Pero no quiero distraer más, los perros siguen allí, escarbando la tierra, destrozando plantas. Son horribles bestias negras, marrones y veteadas. No tienen dueño ni lo tendrán. Ya lo dije, son demasiados. Están siempre mugrientos. Saben (su know-How es de alta precisión) que no podrán ser atropellados nunca porque su arte germina de la supervivencia; y no hay auto o camioneta que los pueda levantar en seco, a pesar de intentarlo. He sido testigo de esos vanos ensayos.

De a uno, parecen débiles criaturas sin alma, con la mirada marchita y brillante. Pero estos andan juntos, son peligrosos, cuando se juntan son peligrosos. Por eso digo que imitan al hombre. Cuando los hombres se juntan y andan en bandadas hambrientas, son peligrosos. Pueden asolar todo. ¿Han aprendido los perros que la unidad les da más fuerza, a los desvalidos? Vaya uno saber. El saqueo a supermercados tal vez haya quedado grabado en sus memorias. A muchos los envenenan, por cierto. Pero se reproducen y se unen. Viven en estado de rebelión permanente. Es como si tuvieran de fondo un batuque bahiano que los excitara y los dejara endemoniados, satánicos.

Andan en trance por las noches, desinstitucionalizados, presos de una abstinencia perpetua. Con cabezas de bichos colgando de sus mordazas, chorreando la sangre de otras especies, o diseccionando pañales. Huelen la sangre y van hacia ella. Tienen un cimarrón-patrón que conduce la jauría, un líder que se adelanta permanente. Van por más. Y en la soledad de la noche, bajo estrellas fulgurantes y una luna que les vale de faro, sus pasos son seguros, tienen pista, pura pista.

Por suerte, antenoche me han dejado terminar “El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco”, el último escrito en formato de diario de Charles Bukowsky, antes de morir a los 74 años. Un Hank escribiendo en ordenador y bañándose en yacuzzi, desplegando una pletórica despedida de este mundo, sintiendo: las facturas que le pasó el cuerpo añoso por “vivir en cubos de basura” a puro vino, los dolores en sus huesos, en la más recóndita de las soledades del escritor salvaje. Un sugestivo testimonio antihumano, fóbico, nihilista.
¡Joder!, los perros siguen allí, es la condenada música más estridente que haya sentido de madrugada. No paran. Dan ganas de sumarse a ellos y salir a recorrer la helada noche para olvidarlo todo de una buena vez. A comer gallinas de sangre caliente y zanganear por el campo, toda la maldita noche. Mimetizarse en perro galguiento, y ya. Tomar agua de los piletones y retozar de cuadra en cuadra. Al fin, duermen cuando sale el sol, escuchando “Blue Valentine” de Tom Waits. Se la han montado bien estos hijos de puta. Les ha tocado ser perros. Y nosotros, su espejo.

Opiniones (7)
19 de septiembre de 2017 | 11:34
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19 de septiembre de 2017 | 11:34
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  1. 17.07 pm. En lugar del predecible café & tortita y la conversa abúlica de un "lunes, otra vez.." en esta -al menos- soleada tarde de una oficina gris, te leo. Y me gusta y mucho.
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  2. Mirá vos cómo se va mostrando el poeta !
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  3. Siempre he sentido una atracción irresistible por los perros. Con mi ex solíamos comentar la envidia que nos provocaban esas jaurías que, en las noches, andaban "hinchando los huevos", no calentándose más que por alguna perra en celo que servía de excusa. En otra época, pasé noches persiguiéndolos, haciendo algo así como "observación de conducta animal", pero más que un interés científico me animaba un deseo de saber, la búsqueda de un sentido allí donde "juntos son dinamita". Excelente nota, congratulations!
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  4. Cuanto pelotudo junto haciéndose el poeta, queriendo competir con el periodista... en vez de leer entre líneas lo que esta exquisita nota nos está proponiendo pensar... Cuanto afán de mostrarse en lugar de indagarse... Un saludo, Marcelo.
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  5. Ojalá fuéramos perros, por lo menos sabríamos qué queremos e iríamos tras ello. Pobres canes si nosotros fuéramos su reflejo... en vez de ir en jauría al encuentro del objeto de su necesidad, esperarían en la fila de un comedor comunitario a que Otro sancionara qué tienen que comer.
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  6. La suerte fue mia .Porque uno anda emputado y se terminó la noche del sábado con esa sen sación de m..de que todo mal !Y uno se encuentra con suerte y lee y puede irse a acostar pensando que de este pueblo hay cosas que calientan la sangre y la pucha eso ya es mucho .Gracias marcelo
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  7. la noche es un espejismo sabroso, un almíbar irresistible, ese sabor dulce de lo imposible nunca se sentirá tan suave, la noche salvaje nunca te dejará igual, eso que tiene de amargo la mañana la noche lo tiene de azúcar...
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