El cosaco, la siesta de 4 horas y el calmante insolente en el crepúsculo de la noche

Quedé tendido como si me hubieran inyectado un poderoso calmante, la morfina más placentera y obnubilante. Estirado en la cama, con el paquete de fasos en la mesita de luz y un hondo vaso de vidrio con soda fresca, levité con el discurso hipnótico y apócrifo de ese hombre, ante un auditorio colmado, urgido por escuchar lo no dicho.

La fauna familiar dormía después de un día agitado, de trotecitos caprinos por el patio agreste en la oración del invierno, de chapoteos en lagunitas de barro que cedió la chipica reseca por la estación. Ni los gatos se atrevieron a escarbar en la alacena los restos de su alimento que anidan en los rincones, generando ese chirrido abominable. Afuera, la noche más noche que nunca, explotaba de silencio puro y adormecedor. Y no era tan tarde. Habrán sido las diez o las once, no sé, por ay. Lo cierto es que la noche estaba dispuesta a ser una noche más de un día más, común y repetitivo, filmado y reproducido como tantas otras y otros.

Sin embargo, algo me hizo pensar –o desear- que en la repugnante programación televisiva encontraría la señal que me devolviera el aire y sacara del tedio cotidiano. Y las cosas parecían predispuestas para ello, porque mi siesta fue profunda esa tarde: 4 horas de sueños y sueños, de peleas y discusiones inacabables con gente conocida y desconocida. 4 horas de vida pura pero rara, plena de ediciones surreales. Sentí el sabor amargo de siesta de agosto que al despertar, el sol ya avisó que marchaba, y la noche, tajeaba el cielo, anunciándose.

 

Me dormí en la siesta leyéndole a mi niño un cuento del ucraniano Nikolái Gógol (1809-1852) con bellísimas ilustraciones de Alberto Pez –no sé de quién se trata pero sus dibujos son apabullantes- El cuento, ambientado en el siglo XIV, de mentas “Taras Bulba”, trataba de un Cosaco luchador y salvaje que consideraba la vida como una provocación constante  a la muerte. “Hay que vivir peleando y matando” decía en su casa frente a su esposa e hijos. El tipo se escapaba a los campos a luchar y formaba ejércitos para combatir a los tártaros y polacos que asolaban el sur de Rusia, donde no gobernaba más que la anarquía y la imposición de los bárbaros.

En el seno familiar de “Taras Bulba” se cocía a fuego lento la traición de un hijo que por amor renunció a su pueblo, a su autoritario padre y se fue con su amada a vivir con los tártaros. Una forma de vida nueva para escapar de la situación de dominación. Interpreto yo que se inventó un amor para huir de su encierro. En la tercera página del libro mi niño transitó suavemente al mundo del sueño y durmió. A su lado, quedé enganchado con un dibujo del cosaco y sus soldados, rodeando un fuego, devorándose un chivo con las manos y bebiendo vodka como agua.

La cuestión es que yo también caí, y el libro sobre mí, en la pesadumbre del sueño y me involucré en el mismo continuando esas luchas. Debí haber muerto como 6 o 7 veces, atravesado por espadas, perdiendo sangre a chorros, pisoteado por miles de caballos. Pero siempre me incorporaba a discutir, y a veces, como un muerto que no asume su condición, rebatía no sé qué cuestiones a tipos desconocidos que tenían cara de conocidos. Como todos los sueños, extraños, entrecortados, nunca supe de qué vino todo ello. Al fin, fue un sueño más.
Vuelvo a la noche porque encuentro ahora un hilo conductor entre aquel cuento de la siesta, la continuación en los sueños de la lucha y lo que me encontraría, como dije, más o menos a las diez o las once de la noche, en la televisión. Reitero: todos dormían y el numerito que marca el volumen del televisor estaba clavado en 9. Se escuchaba perfecto.

Dispuesto a ver cualquier estupidez que me conservara despierto al menos por un par de horas, me clavé en el “Canal Encuentro”, ese que banca el Ministerio de Educación de la Nación. Y de pronto, apareció en vivo, hablando para un auditorio colmado de estudiantes e intelectuales, Jacques Lacan (1901-1981).

Nunca había visto a ese tipo, sólo algunas fotos, retazos de lecturas o interpretaciones de otros sobre su obra codificada. Un pensamiento renovador del psicoanálisis y la sociedad que supo tener adeptos y enemigos acérrimos. Pero el francés insolente estaba ahí, como un dramaturgo, parado y fumando un puro, ataviado con una camisa exótica y un pañuelo que le sostenía el cuello. Dijo cosas que alguna vez leí y entendí a medias y otras, que nunca entenderé sin una buena guía pedagógica, un docente que lo explique y trace una trayectoria de lectura y reflexión continentes.

De lo que se trata el pensamiento es del desorden, de la “necesidad” del desorden para especular desde allí. Lacan se enfocó en la locura como intersticio. Desde la supuesta “anormalidad” para reflexionarnos. Por eso me costó bajar la persiana de la vigilia y en mi cabeza se generaban diálogos incontinentes entre aquel cuento de Gógol y la conferencia de Lacan. Guerreros de la espada y la palabra, dramaturgos que luchaban cada uno con sus mejores armas. Habitamos en el lenguaje y en la guerra de voces permanente. Y pensé: “La muerte no es una sola, hemos muerto una buena cantidad de veces”. Al fin, me pareció un buen motivo para dormir.

Extractos imperdibles de la conferencia de Jacques Lacan en la Universidad de Lovaina, Bélgica, 1972.

“Hacen bien en creer que van a morir”:


“El lenguaje no sirve”:

Opiniones (1)
25 de noviembre de 2017 | 05:42
2
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25 de noviembre de 2017 | 05:42
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  1. Emedezeta ayer NO quiso publicar lo que comenté sobre la columna anterior del autor, cuyo título fue : nobleza obliga. No vaya a ser que al diario (cosaco ) le pase lo mismo que le hizo su hijo: irse con una tártara a tartear .........yo puedo tartear con UNO....si siguen tan cosacosos. ¿ Habré interpretado bien el cuento ? ..o me metí en el sueño ?
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