A 10 años de la tragedia de LAPA

El accidente fue el más grave que se haya registrado en la historia de la aviación argentina. Especialistas lo habían anticipado. Hoy los sobrevivientes recuerdan esa noche fatal.

“Me llamo Oscar Nóbile, por favor avisale a mi familia que sólo me quemé las manos.” Esas fueron las primeras palabras de uno de los 33 sobrevivientes del accidente de LAPA, la peor tragedia aeronáutica de la Argentina, mientras sus dedos ardían aquella trágica noche del 31 de agosto de 1999. Hoy, diez años después, aunque quisiera, Nóbile no puede olvidar: el fuerte impacto, un profundo silencio, luego el griterío y el calor.

“El fuego venía desde afuera, me tiré instintivamente por un agujero que se había abierto en el fuselaje. Caí sobre una de las alas y corrí porque tenía miedo de que el avión explotara. Me quedé tirado en el pasto y pedí que llamen a mi familia por un celular prestado. Yo no podía porque tenía colgando la piel de los brazos”, recuerda. Los que no pudieron salir, el fuego que todo lo devoraba, son imágenes que nunca borrará de su mente, y el solo recuerdo lo impulsa a luchar por una condena ejemplar para los culpables.

“Los familiares de las víctimas y los sobrevivientes queremos ver a los autores de esta tragedia en la cárcel porque sólo pensaron en su beneficio económico, y se olvidaron de que somos personas. Buscamos un fallo ejemplar, que al menos sirva para nuestros hijos puedan volar tranquilos”, dice.

Por el accidente del vuelo 3142 del Boeing 737 de LAPA, en el que murieron 67 personas, están siendo enjuiciados por estrago culposo el ex presidente de LAPA, Andrés Deutsch; el vice, Ronado Boyd, y los ex empleados jerárquicos Fabián Chionetti, Gabriel Borsani y Nora Arzeno, así como los ex oficiales de la Fuerza Aérea Damián Peterson y Diego Lentito, por incumplimiento de sus deberes.

Marcada. María Esther Ereñú, es otra de las sobrevivientes. Agradece a Dios estar viva, pero reconoce que su vida dio un vuelco radical desde ese día donde se salvó “de milagro”. “Miré por la ventanilla y vi la turbina incendiada: en ese momento pensé que todos nos íbamos a morir, ya no había más nada para hacer, así que me puse a rezar. Pero el avión siguió llevándose todo por delante hasta que de repente paró. Había un agujero grande y salimos varios por ahí, yo justo caí abajo del combustible, y en segundos era una bola de fuego. Me acuerdo que corría y corría y cada vez se me quemaban más partes, hasta que golpe la fuerza de la explosión me tiró contra el piso, y ahí se apagó el calor”, relata.

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