Una extraña crónica del escritor mexicano Mario Bellatin

"Los fantasmas del masajista" es un libro atípico construido a partir de hechos aleatorios que el autor hilvanó a partir de conjugar un centro de rehabilitación, un masajista y el fantasma de su madre, un tema de Chico Buarque, una sociedad de declamadoras, un loro y una mortaja futurista.

En el libro editado por Eterna Cadencia, Bellatín construye un relato sobre los límites del cuerpo, la mente y el espíritu que se abre al final y vuelve a comenzar con otro relato, esta vez visual y poético, armado con fotografías tomadas con una cámara artesanal de madera que recrea un clima onírico y azaroso. "Es la primera vez que hago un libro de esta naturaleza.

De pronto tenía una serie de encargos de prólogos, presentaciones y textos que me impedían escribir lo que venía haciendo y decidí cumplir con todos esos pedidos y al mismo tiempo quedarme con un libro", dice a Télam Bellatín en diálogo telefónico desde el DF, México.

Esas solicitudes abarcaban la creación de un texto sobre una canción de Chico Buarque para una publicación de música brasileña; un escrito sobre el cuerpo; un prólogo para una edición española de cuentos de Edgar Alan Poe traducidos por Cortázar, una nota sobre moda y futuro para una revista francesa; y un proyecto para un congreso de declamadoras.

Así comenzó a darle forma a la crónica que se inicia en una clínica de San Pablo especializada en el tratamiento de tullidos y mutilados, donde el masajista preferido del protagonista cuenta la historia de lo que cree el fantasma de su recién fallecida madre, una declamadora que ve caer su carrera cuando deja de interpretar canciones populares románticas y toma un tema de Buarque que no logra asimilar.

"Pensé que si hacía un texto sobre cada cosa nunca más iba a escribir lo mío y decidí hacer algo que cumpla con todo, ese fue mi reto: hacer con algo totalmente disímil un mismo cuerpo", asegura y se lamenta por haber retrasado su visita Buenos Aires, una ciudad que lo fascina y a la que espera venir en septiembre.

Bellatín transformó en ficción cada uno de esos hechos: la dramaturga Vivi Tellas, a quien dedica el libro, fue quien lo invitó al proyecto de recitadoras "Estación Pringles" y quien aparece presentando a una oradora en las fotos que forman el relato visual y dan vida a la portada del libro.

De "Los anteojos", el cuento "increíblemente raro" de Poe que le tocó prologar, tomó la idea de incluir a alguien que se enamora de su tatarabuela; y de Buarque tomó "Construcción", la canción que logra lanzar al vacío a uno de sus personajes.

El diseño de la mortaja con que saldó el pedido de la revista de modas también aparece en las imágenes desencuadradas del libro y protagonizó el ’happening’ o la ’performance’ -ninguna de estas definiciones lo convencen- que hizo en el MALBA hace un año, cuando leyó por primera vez el relato, por entonces inédito.

"Todo reaparece de otra manera, en otro lenguaje, la imagen y la acción también es escritura. A veces la letra queda corta para expresar ciertas dudas y uso una cámara de fotos o me paro frente al público para abordarlas", explica este escritor sobre su juego preferido.

El día de la ’performance’ Bellatín fotocopió la imagen de la mortaja, le puso un sello con su nombre, repartió las hojas entre los asistentes y leyó el cuento: "como una experimentación para hacer ver que, de alguna manera, escritura, imagen y acción son lo mismo".

Estaba leyendo de pie en el centro de lo que sentía como un cuadrilátero, una especie de ring con toda la gente alrededor y sin poder verla por las luces y empezó a escuchar el sonido de quien rompe un papel, asegura y se recuerda "aterrado". "Comencé a pensar qué iba a decir al final de la lectura, cada ’crach’ de una fotocopia rota era una desaprobación absoluta.

Y cuando armo el argumento: ’qué bien, qué inteligente público, esto ha sido hecho para ser roto’, encienden las luces y veo a todos con la fotocopia intacta en la mano", recuerda.

Era el ruido que hacían los editores que estaban del otro de la carpa donde se encontraba, precintando las cajas donde ponían los libros que no habían vendido al término de la FILBA, la feria del libro que organizaron Malba y Eterna Cadencia.

"En realidad con este libro estuve en otro lugar todo el tiempo, transportado de dimensión en dimensión. Así nació ’Los fantasmas del masajista’ y con esta edición termina el proceso", concluye Bellatín.
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