Una nueva novela de ficción con fuerte contenido social

Una travesti apadrinada por Susana Giménez que habla con la Virgen; un agente de la SIDE, una cronista y una villa bonaerense en un futuro cercano, son algunos de los elementos que dan forma a "La Virgen cabeza". Se trata de la primera novela de Gabriela Cabezón Cámara.

Una travesti apadrinada por Susana Giménez que habla con la Virgen; un agente de la SIDE, una cronista y una villa bonaerense en un futuro cercano, son algunos de los elementos que dan forma a "La Virgen cabeza", la primera novela de Gabriela Cabezón Cámara.

Esta historia que no resigna su crudeza en medio de una estructura delirante -publicada por Eterna Cadencia- está narrada en primera persona por Qüity, una periodista joven de clase media que trabaja en la sección policiales de un diario y se mete en la villa para lograr una nota con Cleo, la travesti medium con quien escapa a Miami, enamorada y con un bebe en camino.

"Todo lo que comparto con Qüity es ser periodista, ni siquiera trabajo en policiales", cuenta a Télam la escritora, especializada en literatura antigua, que no precisó demasiada investigación ni "estaba curtida por su oficio" para construir esta crónica que transcurre en un escenario de realismo inquietante.

"Me da bronca cómo está el mundo, me genera mucha angustia y el deseo de hacer algo. Militar no puedo porque soy media fóbica, me cuesta estar con la gente, pero sabía que quería contar una historia que involucrara alguna lucha social", dice mientras prepara mate en su mínimo departamento del barrio de Flores.

Cabezón Cámara iba a contar una historia mucho más paranoica, pero cuando encontró la voz de Cleo, esa travesti que a partir de su trance místico empieza a organizar la villa y la novela entera, ella misma se impactó.

"No soy religiosa y nunca entendí el catecismo... eso de que alguien que puede evitarlo se deje matar y torturar nunca lo entendí, pero apareció la voz de Cleo y la historia se fue armando sola", afirma.

"Para hacer esto leí la Biblia y recurrí a textos antiguos que cambiaron mi visión sobre la religión, literatura griega, medieval y del renacimiento", que se cuela en analogías con las anécdotas villeras de la novela.

Cabezón Cámara se planteó un desafío e intercaló jerga villera y callejera con castellano antiguo y lenguaje formal: el texto está plagado de paralelos mitológicos y tiene algo de Sófocles, Quevedo y Petrarca.

También aparecen reformuladas las "Décimas de la muerte" de Calderón de la Barca, en un poema dedicado a uno de los pibes chorros que caen en el transcurso de la trama.

La supuesta muerte de Diego Maradona y una masacre en una villa futurista "palestinizada" -amurallada y con cámaras que controlan quién entra, quién sale y con qué- son algunos de los hechos descriptos sin fisuras ni puntos flojos con que la escritora crea un mundo que parece conocer bien, aunque "sólo una vez en la vida" haya pisado una villa.

"No son lugares que frecuente porque no tengo una goma que hacer ahí. No tuve ningún amigo que fuera a parar a una casilla, hubiera parado en casa primero", asegura mientras comprueba la temperatura del mate.

"Puedo no ir al chino de la villa porque el almacén de la esquina está más cerca, pero vivo en un país donde hay villas, es un saber que tenemos todos, está en la sociedad por más que no sea ex profeso", es su sencilla explicación.

"Lo que sí -repasa- cuando ya estaba escribiendo leí ’Cuando me muera quiero que me toquen cumbia’, de Cristian Alarcón, y eso me dio algunos elementos, como saber que hay pasillos por los que tenés que pasar caminando de costado por lo estrechos que son".

La celebración de la vida es una constante que atraviesa el entorno brutal donde Cabezón Cámara plantó a sus personajes: pibes chorros, villeritos, putas, travestis, proxenetas y policías que mueren muy pronto.

El entorno violento e impiadoso contrasta con la ternura, bizarra y alegre, con que Cleo -prensada en polleritas animal print sobre plataformas embarradas- desparrama el amor que tiene por la Virgen, la villa y Qüity.

"Hay algo que es un hecho y sucede todo el tiempo: cuando se arma una comunidad en lo que antes era un caos tiene que sentirse una cosa alegre", dice la escritora, interesada por "la fuerza" de iniciativas como la de la revista de travestis El Teje, que genera trabajos fuera de la prostitución. "Pierden el miedo, son más alegres, más libres, no precisan esperanza porque no están esperando, están haciendo lo que los hace felices", remata la escritora.
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9 de Diciembre de 2016|10:59
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