Canción de despedida para Alejandro Gómez

Se ha ido uno de los mejores periodistas gráficos que conociera Mendoza. El "Flaco" Gómez fue, para algunos de nosotros, un verdadero maestro del periodismo y de la vida. Sus banderas: la dignidad, el criterio, la credibilidad y el respeto por los lectores, a la sazón, sus únicos "patrones".

Ha muerto Alejandro Gómez, uno de los mejores periodistas que ha conocido Mendoza, un verdadero maestro en una profesión en la que jamás han abundado los maestros; un tipo, el Flaco, que, para quienes lo conocimos y gozamos de su cariño y sus enseñanzas, nos mostró que en esta profesión, a veces tan absurda como la propia existencia, hay cosas que no se negocian: la dignidad, el criterio, la credibilidad y el respeto por los lectores, los verdaderos “patrones” del puño del periodista.

Ser su amigo –seguir siéndolo hasta su muerte– significó para algunos de nosotros que, en la valoración del Flaco, nosotros seguíamos sosteniendo esas banderas, porque de otro modo ya no nos hubiera dirigido la palabra.

En estos últimos años, su vida en Miami dispuso que habláramos mucho, a veces muchísimo, por teléfono. Por lo mismo, es fácil hacer un recuento de sus últimas pasiones, pues seguían siendo las mismas de toda su vida: el periodismo, sus hijos, la ingrata Mendoza –de la que se fue dando estupendo portazo–, su menguado corazón y la literatura, ese karaoke de la desolación.

Ahora que el Flaco se ha muerto me doy cuenta de que no hablábamos “de literatura”, sino de “cierta literatura” y que nunca me devolvió “El libro del desasosiego”, de Fernando Pessoa, una edición muy bonita que compré en Madrid, y que yo no recuerdo si le devolví “Breviario de podredumbre”, de Cioran.

Ojalá se haya llevado mi libro hacia la desintegración que habitará, porque el Ale, el querido “Flaco”, no creía en nada. Por eso también, es dable pensar que tal vez, sentado en una nube de la nada, con un whisky en la mano, tenga mi libro en sus largas manos y recite lento, como piedras en sus ojos, las palabras de Pessoa:

“En las vagas sombras de luz por terminar antes que la tarde sea pronto noche, disfruto de errar sin pensar entre lo que la ciudad se vuelve, y ando como si nada tuviese remedio. Me agrada, más a la imaginación que a los sentidos, la tristeza dispersa que está conmigo. Vago, y hojeo en mí, sin leerlo, un libro intersperso de imágenes rápidas, del que voy formándome indolentemente una idea que nunca se completa”.

Como dije, hablábamos muchísimo por teléfono. Llamadas eternas desde Miami, en las que lo oía respirar con dificultad y aún así quería imaginarlo con un vaso o un libro en la mano.

En setiembre del año pasado, siendo yo aún director de MDZ, hablamos seriamente de su retorno a Mendoza y casi sellamos su ingreso a nuestro diario, cuestión que rápidamente evaluó y aprobó el directorio del diario y por la cual yo estaré explícita y eternamente agradecido a Orlando y Eduardo Terranova, dueños de esta empresa.

Finalmente, Alejandro se quedó en Miami. No obstante, nunca olvidaré una de las charlas al respecto con él:

- Y… Ale, ¿te venís...?
- Quiero ir, sobre todo por mis hijos y por algunos amigos que quiero ver… A mí, en lo profesional, ya no me une nada con Mendoza.
- Bueno, venite al diario, pero con una condición…
- ¿Cuál?
- El director sos vos.
- Jamás. Yo podría ser editor de Internacionales, columnista o periodista de calle.
- Pero vos sos un maestro para nosotros.
- Mirá, hablando de maestros: ¿sabés qué hizo Sarmiento después de ser presidente de la Nación..?
- No.
- Fue maestro de escuela. Mirá si yo no podría ser periodista otra vez… 

Siempre que terminábamos una charla, me mandaba expresos saludos especiales para dos periodistas a los que quería entrañablemente: “Dale un fuerte abrazo al Luis Abrego
 y otro fuerte abrazo al Mauricio Runno. Ya voy a ir a Mendoza y nos vamos a ir por ahí los cuatro, a tomar algo... Deciles que los extraño”. Me lo dijo más de una vez: en realidad, me lo decía todas las veces.

Ser parte de esa, ahora, mesa imaginaria de cuatro, es uno de los más grandes tesoros humanos y profesionales que yo jamás conseguiré. Ahora que el Flaco se tomó el palo, me entregó a la imagen de esa mesa nocturna: el tipo nos habla a los tres, recuerda algún viaje, habla de los poetas malditos o del más hundido de los filósofos del vacío y después hace un chiste y nos reímos todos.

Ahora que viene un nuevo “Día del periodista” la ocasión es más que propicia para reflexionar acerca del modo de ser periodístico de tipos impecables y nutritivos como Alejandro Gómez, el querido “Briga” que tanto nos enseñó del periodismo y de la vida a algunos de nosotros.

Chau, Flaco, hasta nunca. Quedan recuerdos para toda la vida, vasos vacíos, la certeza de que el cielo no existe, la seguridad de que tu muerte es dolorosa y aquella Canción Triste que te escribí en 1998, ¿te acordás, Briga? Es esta:

Briga:

Los aeropuertos me llenan de angustia. Aunque, en verdad, la sensación empezó en la cubierta de un barco que me arrastraba a España con cero mango, dieciocho noviembres en la rúbrica y nada de equipaje. Siempre me ha molestado cargar cualquier peso y tener que responder por él. Son misteriosos los aviones; los veo como a sirenas roncas invitándome al despeñadero. Briga se calla, su cara denota haber sufrido o gozado mucho. El tipo debería contarnos algo de su –peregrina, penitente, gozosa– vida; mostrar el free-pass que lo llevó a la estación final del escepticismo, como único paraíso posible. Pero hace tiempo que no tiene ganas de contar y tampoco sabe mentir ni hilar ni imaginar ni seducir dramáticamente. El discurso de la aventura jamás podrá acercarse a la aventura, de la misma forma que la literatura jamás se acercará a la vida. El ruido de los aviones me abre una pista de aterrizaje en el pecho, dice como si le doliera, pero su herida preferida es la ausencia de dolor. Una vez, con un amigo, salimos al amanecer de un bar de Puerto Rico. El Caribe inoculaba su marea en mi cerebro. El sol nos dejó distinguir un cartel unido por dos cadenas a una madera: “Viaje a Italia, $299”. Dos días después, estábamos en el aeropuerto de Roma con lo puesto. Lo mismo me pasa ahora, pero ya tengo cincuenta y estoy parado al lado de una cinta transportadora esperando una docena de maletas. 

 

Opiniones (2)
20 de agosto de 2017 | 19:00
3
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20 de agosto de 2017 | 19:00
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  1. Gracias Ulises ... por los recuerdos ... por el Briga ... Gracias, en mi nombre y en el de Celeste.
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  2. un gran dolor para los q compartimos alguna vez un cigarro y un whisky con el Ale un tipo único q jamás olvidaré.
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