Romances turbulentos de la historia argentina

Intrigas pasionales, casamientos por amor, apuro o conveniencia; bodas frustradas, lunas de miel breves y celos. Enredados en sus pasiones es difícil entender cómo, entre otros, el metrosexual Belgrano, el incontinente Sarmiento o el movedizo San Martín tuvieron tiempo para planear la Patria.

Por Daniel Balmaceda

Romances turbulentos de la historia argentina destila amor, humor, humanidad. Cuenta como nunca antes los amores y desamores de los hombres y mujeres que forjaron la historia argentina durante el siglo XIX, desde Mendoza a Buenos Aires, desde Lima o Chuquisaca hasta el Estrecho de Magallanes y las Islas Malvinas.

Intrigas pasionales que involucran disfraces, visitas clandestinas a deshoras, criados cómplices, casamientos por amor, de apuro o por conveniencia; bodas frustradas, lunas de miel interrumpidas, rumores, insidias y celos enfermizos; pleitos por herencias, suegras enamoradas de yernos, primos de primas, tíos de sobrinas, esposas y maridos burlados, si hasta hay amores con fantasmas.

Se leen cartas encendidas, cartas indignadas, cartas interceptadas, cartas a los muertos, conspiraciones, pasiones privadas y vergüenzas públicas, puritanismo declamado y licencias ocultas. Hay mujeres asesinas, familias encubridoras de crímenes, y crímenes políticos.

Enredados como estaban en semejantes pasiones amorosas, resulta difícil comprender cómo, entre tantos otros, el metrosexual Belgrano, el incontinente Sarmiento o el movedizo San Martín encontraron tiempo para planear la Patria, escribir libros inmortales o comandar batallas. Pero si es verdad que algunos hombres resuelven en la vida pública cuestiones privadas, y que otros saldan en la intimidad cuestiones de Estado, entonces resulta cierto, como lo demuestra Daniel Balmaceda en este libro, que todas las historias, incluso las políticas, acaban hablando de amor.

Felicitas Guerrero y Enrique Ocampo (Segunda parte, fragmento)

Durante los primeros días del año 1872, la viuda de Álzaga estaba muy atareada porque el 3 de febrero se cumplían 20 años de la batalla de Caseros, aquella que desalojó del poder a Juan Manuel de Rosas. Uno de los principales actos de la conmemoración sería la inauguración de un puente de hierro que cruzaría el Río Salado. Se trataba de un pasadizo de 170 metros, verdadero monumento al progreso, importado de Inglaterra por el ingeniero Luis Huergo, que aprovecharían más que nadie los que acudieran a la estancia vecina al puente: nos referimos a La Postrera, que había heredado de su marido.

La estructura llevaría el nombre de uno de los degollados en la Revolución de los Libres del Sud (intento fallido de derrocar a Rosas, en 1839, llevado a cabo por estancieros unitarios): sería el puente Ambrosio Crámer (que, ¡oh casualidad!, fue el anterior propietario de La Postrera).

Como Martín Gregorio de Álzaga había participado en aquel intento de golpe de Estado; y como, además, Felicitas era dueña de todas las tierras que rodeaban al puente, las autoridades la nombraron madrina. La atractiva viuda no quería dejar ningún cabo suelto. Trabajaba en la organización con gran esmero y a la vez, avanzaba para formalizar los asuntos matrimoniales de una buena vez con el apuesto Samuel Sáenz Valiente, a quien había conocido apenas un par de meses atrás, matando todas las esperanzas de Enrique Ocampo.

Lo primero que hizo Ocampo al enterarse de que esa noche se oficializaría la relación de su ex con Sáenz Valiente, fue ir a tomarse unos tragos a la Confitería del Gas, en Rivadavia y Piedras. Así la denominaban por ser la primera que tuvo iluminación a gas, gran adelanto que aprovecharían los que la visitaban de noche.

En resumen, esa tarde, enterado Ocampo –y entonado–, acudió, aún sin ser invitado a la quinta de la noria. Quería hablar con Felicitas, convencerla de que él debía ser su marido. Pero no pudo hacerlo, al menos al principio, porque ella no se hallaba en la quinta: andaba de shopping, por el centro de la ciudad. Enrique estaba a punto de retirarse, cuando aparecieron dos coches en el camino. Del primero bajó Samuel Sáenz Valiente; del segundo, Felicitas.

Su tía, Tránsito Cueto, le contó que Ocampo la esperaba. Felicitas Guerrero le rogó que lo despidiera con cualquier excusa. Sin embargo, la misión fracasó porque su ex insistió en que no se movería de allí hasta ser escuchado. Felicitas suspiró con fastidio y pidió que lo llevaran al escritorio de la casa. Ahora era ella la que quería hablar con Enrique para comunicarle que no modificaría su decisión de casarse con Sáenz Valiente. Su íntima amiga, Albina Casares, le sugirió acompañarla. Felicitas desechó la propuesta.

Terminó de peinarse, se puso el paquetísimo vestido que había elegido para la fiesta, con una larga cola que arrastraba por el piso. Acudió a saludar a invitados que poblaban el jardín. Les pidió que la excusaran, que debía entrevistarse con su ex en el interior de la casa. Cuando se dirigía al escritorio, percibió que la seguían. Se dio vuelta y pudo confirmar que su hermano Antonio (13 años) y su primo Cristián Demaría (22), la escoltaban. Ella los detuvo: “Este asunto es personal”, dijo y continuó su camino.

Ingresó a la casa, traspasó el comedor, alcanzó el escritorio y cerró la puerta. En el jardín, junto a la ventana del ambiente donde se producía la cumbre, Antonio Guerrero y Cristián Demaría pararon las orejas. “Quiero que me digas si aún continúas prefiriendo a ese hombre”, reclamó Enrique. “¡Ese tono!”, respondió casi suplicando la damita. “Ese tono es el de un hombre que te ama con toda su alma, pero al cual desesperan tus desdenes. Si te amaba cuando me dabas dulces esperanzas, hoy ya no te amo, te idolatro. La idea de que llegues a ser de otro me vuelve loco”. Antonito Guerrero asegura que Ocampo le preguntó, sin más vueltas: “¿Te casas con Samuel o conmigo?”. Para ella, semejante comentario había sepultado el diálogo. Él se había pasado de la raya. Felicitas caminó rumbo a la puerta, pero fue interceptada por el hombre enceguecido. Ella, furiosa, le gritó: “¡Basta! ¡Le exijo que no vuelva a poner los pies en mi casa!”.

Como se estilaba en aquel tiempo, Enrique Ocampo usaba bastón. Un hombre de la alta sociedad no era tal, si no portaba bastón y sombrero. Y, como en muchos casos, el bastón de Ocampo tenía un disimulado botón en su mango que accionaba el mecanismo para que de la punta que se apoyaba en el piso saliera un estilete. Se utilizaba para defensa personal. Por supuesto que este no era el caso, pero lo cierto es que Ocampo accionó el estilete con su mano izquierda, a la vez que de su bolsillo derecho sacó un revólver Le Forcher calibre 48 y la invitó a una nueva elección: “¿Con cuál de estas armas prefieres morir?”. Al escuchar esa frase, el hermano Antonio y el primo Cristián volaron hacia el interior de la casa. En el camino escucharon dos disparos. Intentaban ingresar al escritorio y había algo que trababa la puerta: era el cuerpo de Felicitas Guerrero.

La mujer había corrido hacia la puerta para escaparse del iracundo Ocampo. Pero él le disparó e impactó su hombro derecho. Felicitas trastabilló con la cola de su vestido y cayó. Su cara dio de lleno en el piso. Enrique Ocampo volvió a dispararle, esta vez en el pecho. La mujer quedó tendida en forma transversal a la puerta y su cuerpo impidió que esta se abriera.

En los jardines de la quinta, los amigos tardaron en reaccionar. En el umbral del escritorio, Antonito Guerrero se las ingenió para deslizarse dentro del ambiente, incluso golpeando con la maciza puerta a su hermana tendida en la alfombra. Logró colarse y recibió como bienvenida un disparo que le rozó el cuero cabelludo y se incrustó en la pared. El primo Demaría saltó por encima de la desdichada y se lanzó encima de Ocampo, quien era más grandote.

Forcejearon, Cristián le arrebató el arma y le disparó en la boca. El quinto balazo que bramó en la quinta de la noria estalló en el estómago de Enrique. El estampido se confundió con los gritos que se escuchaban en toda la mansión.

Felicitas estaba paralítica, con la espina dorsal arruinada. Ayudada por su amiga Albina y por Sáenz Valiente, fue transportada a su cama en la planta alta de la casa. “¡Me muero! ¡Me muero! ¡No me abandone!”, le gritaba a Samuel.

Bernabé Demaría, padre de Cristián –además de abogado y cuñado de Carlos Guerrero–, le sacó el revolver de las manos a su hijo, lo envolvió en un género y se lo entregó a Antonio Guerrero: “Quiero que escondas esto para siempre y que ni a mí me digas dónde lo hiciste”. Antonio y el arma desaparecieron de la escena.

La pareja que algunos meses atrás todos imaginaban rumbo al altar, agonizaba: en la planta alta de la casa, Felicitas, con la cara desfigurada y una parálisis irreversible; en la planta inferior, Ocampo, quien a pesar de haber recibido un disparo justiciero en la boca –y de tener varias tripas esparcidas en la alfombra–, aún movía sus ojos hacia uno y otro lado. Así estuvo quince eternos minutos, hasta que murió. Ubicaron el cadáver en su cupé y le indicaron al chofer que lo llevara a lo de sus padres. Cuentan los Ocampo que el cochero ingresó a la casa y, por los gritos que se escucharon, la madre de Enrique corrió hasta la cupé y pegó un alarido incontenible al toparse con la cara destrozada de su hijo.

Mientras tanto, en la quinta de Barracas, dos médicos revisaban a Felicitas y curaban la herida que había recibido Antonio Guerrero en el cuero cabelludo. Cuando comenzaba a amanecer, a las 5.45 del martes 30 de enero, Felicitas dejó de respirar. Entre los Ocampo circula la tradición de que, agonizante y postrada en su cama, repetía el nombre de Enrique, algo que los Guerrero niegan con firmeza y no exentos de cierta lógica. En cuanto al puente Ambrosio Crámer, nunca fue inaugurado.

Fue el crimen de mayor impacto en el país desde el asesinato de Justo José de Urquiza. Recordemos que a Urquiza lo mataron en abril de 1870, en el Palacio San José, su residencia de Concepción del Uruguay. Fue a la vista de su mujer, Dolores Costa, y de su hija Dolores Urquiza.

Los Guerrero y los Ocampo, cada uno por su cuenta, dieron sepultura a sus hijos en la Recoleta. Indignado, el diario La Nación alzó la voz para aleccionar y advertir a sus lectores: “Deploramos el fin trágico de esa distinguida y virtuosa dama, víctima del furor de un hombre enamorado. Pero nos alegraría que las niñas sacaran de este hecho aislado un saludable ejemplo, una lección provechosa. El amor de la coqueta es también como las alas de la mariposa: polvo de oro y carmín que se desvanece al más leve soplo”.

De Romances turbulentos de la historia argentina, de Daniel Balmaceda. Buenos Aires, Norma, 2007. 336 páginas.

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