Engels, el "hermano menor" del marxismo

Una exhaustiva biografía de Friedrich Engels lo muestra como un vividor, de espíritu donjuanesco, amante del champán, la caza y las mujeres. Contribuyó a fundar una ideología que iba a degenerar en un puritanismo totalmente en las antípodas de su carácter. Fue un hombre lleno de contradicciones.

Por Joaquín Rábago / EFE

"El comunista de levita: la vida revolucionaria de Friedrich Engels", publicada por la editorial Allen Jan, se titula la obra en la que a lo largo de 370 páginas (440 si se incluyen las dedicadas a notas) el joven historiador británico Tristram Hunt sigue la tan rica como fascinante trayectoria vital del personaje.

Especie de doctor Jekyll y mister Hyde, como lo define en determinado momento el biógrafo, Engels, coautor con Marx de El manifiesto comunista, fue un hombre marcado toda su vida por profundas contradicciones.

Vividor y de espíritu donjuanesco, amante del champán, la caza del zorro y las mujeres, fue fiel a su manera a una muchacha del pueblo y contribuyó a fundar una ideología que iba a degenerar, como señala Hunt, en un puritanismo totalmente en las antípodas de su carácter.

Valiente, como demostró incluso sobre el campo de batalla al combatir junto a los revolucionarios alemanes a las fuerzas de la reacción, tuvo que soportar sobre todo durante buen parte de su vida la anodina existencia de un empleado en el negocio algodonero de su familia en Manchester, centro mundial entonces de esa industria.

Todo ello no lo hizo tanto para contentar a sus padres, puritanos calvinistas horrorizados por sus aventuras de joven revolucionario, sino porque era la única manera de que Marx pudiera acabar su obra capital.

Engels sacrificó buena parte de sus mejores años haciendo algo que en el fondo le repugnaba, para ayudar a su amigo íntimo a sobrevivir en Londres junto a su numerosas familia mientras escribía página tras página el libro que iba a labrar su fama.

Pero Engels era al mismo tiempo, como señala el biógrafo, un pensador perspicaz y original, aunque él mismo dijese modestamente que el genio era Marx y los demás sólo podían preciarse de talento.

Su obra La condición de la clase obrera en Inglaterra, escrito en plena juventud tras su primera visita a Manchester y publicado en Alemania en 1845, es una impactante denuncia del costo humano del capitalismo en su faceta más despiadada.

La descripción que hace Engels de la pocilga en que se había convertido aquella ciudad inglesa -que visitó guiado por una muchacha semianalfabeta de origen irlandés a la que se avergonzaba de presentar en sociedad, pero que sería su fiel compañera- es uno de los más estremecedores documentos sobre las condiciones de vida de la clase trabajadora en la Inglaterra de la revolución industrial.

Y, años más tarde, asentado ya en Manchester como un burgués industrial responsable de la empresa familiar, su experiencia de primera mano de la cadena del comercio mundial, desde las plantaciones del Sur de Estados Unidos hasta los telares de Manchester y de ahí a la India, iba a ser un material de enorme utilidad que encontraría acomodo en las páginas de El capital.

Hunter sigue la vida de Engels desde sus comienzos de joven hegeliano con interés por los socialistas utópicos, como Fourier, Saint-Simon o Robert Owen, por los primeros comunistas como Etienne Cabot y Luis-Auguste Blanqui, y por el rabino ateo Moses Hess.

Documenta sus diferencias con los revolucionarios impacientes que pretendían saltarse etapas y no esperar a que madurara la conciencia democrática y revolucionaria en las clases medias, como querían Marx y él, pero también su desengaño luego con esa misma burguesía y su convicción final de que había que hacer la revolución.

El historiador británico señala con lujo de detalles los enormes sacrificios personales que tuvo que hacer Engels para ayudar a Marx a terminar su obra magna, cuyos tomos segundo y tercero, que habían quedado inconclusos, corrigió y preparó para su publicación sin querer que su nombre apareciese junto al del autor.

Interesado por la historia militar y trabajador incansable, Engels encontró además tiempo para escribir La guerra de los campesinos en Alemania, una obra de materialismo histórico, y convertirse en comentarista militar de la guerra francoprusiana para el periódico inglés, el Pall Mall Gazette, donde predijo la derrota de las tropas francesas en Sedán.

En la última etapa de su vida, no sólo publicó, como nos recuerda Hunt, algunas de sus obras más polémicas como el Anti-Dühring, donde aplica a la naturaleza y a la sociedad las leyes dialécticas de Hegel, o la protofeminista El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, sino que ejerció también de líder de la socialdemocracia alemana, de la Segunda Internacional y del socialismo mundial en un período de fuertes convulsiones.

En el epílogo de la biografía, Hunt critica no sólo que se trate de presentar a Engels como el arquitecto "mecanicista" del "materialismo dialéctico", tan exaltado en su día en la URSS, sino que se esfuerza en absolverle de toda responsabilidad en la deriva estalinista, en la que aquél, dice, no se habría reconocido.

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