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A 45 años de la tragedia en el Estadio Nacional de Lima

Sucedió el 24 de mayo de 1964 mientras los seleccionados de Perú y Argentina pugnaban por un lugar a las Olimpiadas de Tokio. Murieron más de 300 personas asfixiadas y pisoteadas.

“El aire se agota. Los pulmones se encogen. Las costillas se quiebran. La avalancha humana transformó el miedo en histeria al toparse con las puertas cerradas. Obstáculos de metal que sólo se abrían hacia dentro y que concluían las escaleras, el descenso hacia la muerte”. De esta manera comienza su narración Mauricio Gil, reportero del Diario El Comercio de Perú, el cual prosigue de la siguiente manera.

La masa es un río de gritos y pánico: incontenible e ignorante arrasa con las personas que tropiezan y caen bajo los pisotones. No había forma de retroceder, ascender ante la ruta equivocada de escape o escalar hacia la tribuna, donde a pesar de los gases tóxicos había libertad y no esa prisión de cuerpos apretándose, asfixiándose, matándose. La presión de los que se unían a la cascada de personas hacía imposible huir. La tragedia del Estadio Nacional debía ser consumada.

Era un domingo de fútbol. La selección peruana Sub 20 saltó al campo para jugar contra Argentina a las 3:30 p.m.

Un empate abría las puertas de clasificación para los Juegos Olímpicos de Tokio 1964, gracias a los resultados obtenidos previamente con Ecuador (1-1), Colombia (3-0) y Uruguay (2-0).

Los Albicelestes lideraban el torneo y con una victoria aseguraban el primer cupo de los dos otorgados para América del Sur. Perú, dirigido por el brasileño Marinho de Oliveira, buscaba repetir la clasificación a Roma de cuatro años atrás.

Pero el sueño mutaría a pesadilla y los vítores del público serían alaridos ahogados. La desgracia, la mayor en la historia del fútbol, acechaba dentro y fuera del recinto.

“Yo ordené lanzar bombas lacrimógenas a las tribunas. No puedo precisar cuántas. Nunca imaginé las nefastas consecuencias”, diría más tarde el comandante de la policía Jorge de Azambuja, quien sería sindicado como el culpable de la hecatombe siete años después, en setiembre de 1971.

Hoy, ya fallecido, hace sombra sobre su hija Maritza, quien se niega a hablar sobre la decisión de su padre. Es que han pasado 45 años desde aquella tarde, pero la memoria no sepulta los 312 muertos. El recuerdo aún corta el aire y oprime las palabras.

El gol anulado

“Las puertas de metal parecían la barriga de una mujer embarazada”. Héctor Chumpitaz, quien sería llamado el “Capitán de América” años después, tenía 19 años cuando jugó ese partido.

Estaba convencido de que Perú clasificaría a Tokio 64, a pesar que Argentina se puso 1 a 0 arriba con gol de Néstor Manfredi. “Éramos un equipo aguerrido, pero tras esa tarde perdimos parte de nuestra alma y espíritu”, dice resignado Inocencio La Rosa, goleador de aquella Sub 20.

Es que Perú siguió pujando con el nerviosismo que se expandía en las tribunas ante la derrota y el incesante reloj, que marcaba diez minutos para el final. Por eso, el “Nongo” Rodríguez arremetió por la banda y metió la pelota para La Rosa, a quien seguía de reojo.

El centrodelantero no le atina y es cuando “Kilo” Lobatón se protege con el pie ante el rechazo del zaguero argentino Andrés Bertolotti. El balón rebota en el peruano y termina dentro del arco de Cejas. Gol peruano. Celebración y euforia. Pero los gritos de dicha callan. El tanto ha sido anulado. Ha aparecido el “ángel de la muerte”. Y es uruguayo.

El árbitro Ángel Eduardo Pazos dejó el país la madrugada del 25 de mayo, a la 1:45 a.m. Por teléfono, su voz de más de 80 años es un estertor rasposo debido a bronco espasmos. No se le entiende, al igual que su cobro en aquel partido, que exasperó a la tribuna y preparó la pólvora del estallido final.

“El gol estuvo mal anulado. Incluso él ya estaba corriendo a la media cancha para cobrarlo. Pero Perfumo le reclamó airadamente y Pazos dio marcha atrás”, cuenta La Rosa, quien confiesa que en ese momento le faltó sapiencia al equipo peruano.

Y fue entonces, cuando Víctor Vásquez, el “Negro Bomba”, encontró el recoveco entre la malla de protección y entró a la cancha. No avanzó mucho antes de que la policía lo contuviera. Él fue apresado dos días después y llevado a El Frontón por poco tiempo, para que pague culpas de chivo expiatorio.

Más no fue él, sino Edilberto Cuenca, el segundo hincha en entrar a la cancha, quien sería golpeado, cercado por los perros y sacado como Túpac Amaru en el día de su enjuiciamiento. “Fue un abuso. La gente se indignó”. Chumpitaz y La Rosa presenciarían, minutos después, el alboroto y loquerío nefasto dentro del Estadio Nacional. Y fuera de él.

Los policías rodearon a los jugadores. La gente había roto las rejas en Oriente y Norte y entraban a la cancha. Desde Sur lanzaban ladrillos a la cancha y prendían fogatas. La consigna: agredir a los argentinos, protestar contra el abuso, arremeter contra el árbitro.

Los policías no encontraron otra respuesta. Comenzó el vuelo humeante de las bombas lacrimógenas y venció el pavor. Algunos se desprendían por los anuncios publicitarios, otros se encontraban con las puertas cerradas, la 16 y la 11.

Los jugadores fueron llevados a los camerinos a través del Salón de América, donde escucharon, mientras oraban a la imagen del Señor de los Milagros, cómo el horror y la muerte se abrían paso también en las calles. Sonidos de bala. Pasos perdidos. “Yo pude ver, asomándome por la pared junto al baño, cómo habían colgado a un guardia en un árbol”.

La Rosa no entendía la dimensión del desastre, mientras esperaba en los camerinos con Chumpitaz y sus compañeros a que los llevaran a Huampaní, donde se concentraban y oyeron los flashes informativos del conteo interminable de muertos.

Recién pudieron salir cerca de las 8:30 de la noche, cuando la turba destructora de policías e hinchas parecía haberse disipado. Las huellas fueron autos quemados, ataques contra tiendas y edificios, y la cifra oficial 312 muertos.

Muerte por asfixia

El informe del hospital Dos de Mayo indicó que el 90% de las víctimas murieron por asfixia. El resto lo hizo por diferentes tipos de traumatismo.

El Estadio Nacional fue cerrado por 60 días y tres ingenieros estudiaron cambios para la seguridad, por lo que se quitó la “perrera” que circundaba a la pista atlética. Se ordenó siete días de luto nacional.

El informe que presentó un mes después el juez Benjamín Castañeda, quien estuvo a cargo de la investigación, concluyó que hubo “una siniestra conjura para avasallar al pueblo con un trasfondo que debe ser investigado”, por lo que fue anulado por el gobierno y recién se llegó a una conclusión siete años después al culpar al comandante De Azambuja.

El trasfondo del que habló Castañeda, ya fallecido, lo tocó también el periodista Jorge Salazar en su libro “La ópera de los fantasmas”: hubo mucho más muertos que la cifra oficial, y no por asfixia, sino por disparos. Los cadáveres habrían sido desaparecidos en una fosa común en el Callao, indica el libro. Sin embargo, es incierto.

La única certeza es que nunca el Perú o el mundo habían pasado por una tragedia de esta magnitud en un estadio. A pesar de que se recaudaron más de 10 millones de soles para los deudos, no hay billete ni palabra escrita que sepa borrar la plétora de ausencia de todos los que murieron aquel día. Una tragedia que marcó a una generación de futbolistas y peruanos. Una marca perenne que jamás desaparecerá.

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