Historia universal de la histeria

Hay muchas historias atravesadas por este síntoma, la mirada de la Medusa, la palabra que enamora en Sócrates y Alcibíades, el travestismo en Juana de Arco o la seducción de Don Juan. La histeria no es privativa de las mujeres ni tan mala como nos hicieron creer, ya que de ella se nutre el juego amoroso.

Por Malele Penchansky

La histeria femenina fue diagnosticada por la medicina occidental antigua como una enfermedad que provenía de perturbaciones del útero y cuyo tratamiento era conocido como "masaje pélvico", que consistía en la estimulación de la zona de los genitales hasta llegar al orgasmo.

El mismo Freud se interesó especialmente por la histeria y más cerca de nuestro tiempo la psicoanalista francesa Diane Chauvelot la caracterizó como un síntoma social. El origen de la histeria fue cambiando y lo sigue haciendo.

Historia universal de la histeria recrea algunas historias atravesadas por este síntoma: la mirada de la Medusa, la palabra que enamora en Sócrates y Alcibíades, el travestismo y la ambigüedad en Juana de Arco, o la seducción masculina del Don Juan.

Desde la histérica paradigmática Anna O. hasta la observación de rasgos histéricos en personajes de nuestros días, la investigadora argentina Malele Penchansky logra un fresco audaz y provocativo sobre un síntoma que, sostiene, no es privativo de las mujeres ni tan malo como nos hicieron creer. Después de todo, de la histeria se nutre el juego amoroso.

La espada de Don Juan

La histeria no está limitada al universo femenino. Lo que en el principio de la cultura se atribuyó en exclusiva a las mujeres hoy –se sabe claramente– se exhibe en el rubro masculino con igual o mayor intensidad. La figura literaria del don Juan, creada por el dramaturgo español Tirso de Molina en el siglo XVII, constituye uno de los típicos modelos de histeria masculina. El don Juan, seductor imparable de mujeres a las que luego abandona, muestra a las claras su vulnerabilidad y aun su impotencia detrás de una aparente sucesión de aventuras potentes. En el abandono de las seducidas están en juego sus propios fantasmas: el deseo inconsciente de ocupar el lugar del Padre y el de conquistar a una única mujer bella y lejana, como la Madre.

Siglo XVII, 1630, pleno barroco español. Tirso de Molina escribe El burlador de Sevilla y el convidado de piedra, obra teatral seria y moralizante que instala la leyenda mítica de don Juan, seductor implacable de mujeres. El mito sostiene la idea –que sobrevive hasta nuestros días– del macho cabrío, eterno conquistador de mujeres que todo lo puede con su espada invencible real y simbólica. La del caballero noble y mondain (N. del E.:mundano) que exhibe las peripecias de su arma de acero y se vanagloria del éxito de su otra arma –la fálica– menos visible, con la que deja el tendal de féminas subyugadas, deshonradas y abandonadas. Desde el primer momento de su aparición en escena, cuando Isabela –que inicia la serie de mujeres seducidas en el texto– le pregunta quién es, Don Juan responde: “Soy un hombre sin nombre”.

Para nuestro análisis sobre la seducción histérica, la idea de no mostrar la identidad, la de esconderse detrás de lo innominado, nos enfrenta a algunas cuestiones de índole misteriosa. Se parte de la idea de que hay un hombre que se oculta tras una máscara, cuya calidad y cualidades nos interesa descifrar, en tanto se trata de síntomas, gestos, ademanes que la conducta histérica repite a lo largo de los tiempos. Lo que podría traducirse en soy pero no soy, estoy pero no estoy y te quito, te doy, te vuelvo a quitar y luego a dar, y así sucesivamente.

En primer lugar don Juan dice de sí mismo que no es. Este no ser, en la medida en que el nombre marca la identidad, define de manera contradictoria su calidad de ser. Como ser mítico demonizado encarna lo opuesto al ideal del amor caballeresco de su época: el candor y la cortesía, rasgos inofensivos. Así lo describe Denis de Rougemont en ese marco de contrarios, como aquel que fascina precisamente por su naturaleza diversa, en su libro El amor y Occidente: “Don Juan es a la vez la especie pura, la espontaneidad del instinto y el espíritu puro en su danza extraviada por la superficie del mar de los posibles. Es la infidelidad perpetua, pero también la perpetua búsqueda de una mujer única, jamás encontrada debido al error incansable del deseo. Es la insolente avidez de una juventud renovada en cada encuentro (deseo fáustico), y es también la secreta debilidad del que no puede poseer porque no es suficiente para tener…”.

Vale la pena entonces preguntarse –más allá de las explicaciones socioculturales e históricas específicas del siglo XVII, con un barroco marcado por los conceptos de culpa y castigo propios de la Contrarreforma– quién es don Juan, este hombre enigmático cuya máscara subyuga ocultando, desde la impostura, una especie de maldad. Pero ¿de qué maldad se está hablando? No se trata de un concepto de maldad lineal. El mal que encarna este personaje connota la atracción irresistible de lo demoníaco: supone la existencia de un saber, un conocimiento sutil, dañino, peligroso y atrapante porque se intuye superior. Como si fuese una contrapartida del poder de los dioses, o del poder del dios unívoco del monoteísmo, rol que en la cultura judeo-cristiana se adjudica a Satanás o Lucifer, el Malo.

Este tipo de condición maléfica siempre fascinará en la medida en que transgreda lo ya establecido. En la metáfora bíblica, Adán y Eva disfrutan de las bondades del Paraíso. Sin embargo existe la Ley de Jehová que establece una clara interdicción: la prohibición de comer del árbol del bien y del mal. Junto al árbol, o enroscada en él, está la serpiente, símbolo del doble efecto que causa lo que este ser ¿animal? conlleva en sí mismo. El veneno que expele daña, provoca sufrimiento y dolor, pero al mismo tiempo trae consigo el conocimiento. Lo que daña, cura.

Adán y Eva sabían ambos que no debían siquiera acercarse al árbol. Sin embargo, Eva se atreve a hacerlo impelida por una fuerza magnética, una suerte de energía arrolladora que despierta en ella la intuición deseante de conocer lo que no debe. Al menos en el relato bíblico es lo que se dice. Es Eva la que escucha la voz de la serpiente y seducida –tomada por ese mandato– se convertirá a su vez en la seductora implacable de Adán. La protagonista activa de la seducción o de la violación del hombre creado por Yhavé es Eva, nacida de su costilla. Esta hija díscola atraída por el ansia satánica de la serpiente terrenal, enigmática y sabia, subyugará a su compañero virginal. Y ambos serán echados del Paraíso al descubrir la existencia del placer. Y del goce. Partimos de la hipótesis de que la aventura histérica comenzó en el Paraíso, cuando Eva sedujo a Adán y ambos fueron condenados al castigo del abandono y la expiación como responsables del pecado inicial. El don Juan, entonces, podría aparecer en la historia de la cultura como “el vengador de Adán, el seducido”.

El castigo mayor será para Eva, estigmatizada desde entonces por la cultura occidental como la portadora de la culpa mayor. Es en la historia de Occidente la demonizada que demoniza. La inductora de una malignidad cuyos orígenes se halla en la mayor parte de las mitologías de la antigüedad. Está en las ninfas raptoras del universo mitológico griego que exhiben y esconden una extraña mezcla de atributos. En este cruce esencial, la Ninfa –explica Roberto Calasso en el ensayo que ya citamos en el capítulo tercero– condensa el conocimiento y el poder anticipatorio de la serpiente-dragón, de la antigua y fundante Pitón, cuyo ojo escrutador es sumamente agudo.

Ese poder de índole dionisíaca, el conocimiento a través de la posesión, atributo de las ninfas, implica, según Calasso, una suerte de conocimiento desquiciante que suprime todo orden preexistente. Desde esta perspectiva, Eva recibe la sabiduría simbólica de la serpiente –fuerza pura de la naturaleza– y poseída, posee a Adán. Se habla de posesión en el sentido griego, esto es, como una forma primaria del conocimiento. Este ademán iniciático de Eva hacia Adán, a quien captura y rapta impelida por y para transmitirle ocultos caminos de cierto saber milenario, no pudo ser admitido por la cultura judeo-cristiana. Hubiese sido aceptar aquello que precisamente condenaba: la permisiva calidad y apertura del pensamiento mítico y pagano. Atracción y horror hacia la libertad incontrolable estudiados por Aby Warburg entre 1920 y 1924, en su Lecture on serpent rituel, texto publicado en 1939, a diez años de su muerte y traducido al español como El ritual de la serpiente.

En esta línea de pensamiento volvemos nuestra mirada al mito de don Juan para tratar de entender por qué irrumpe este personaje en el universo de la cultura occidental y se instala como paradigma de la seducción histérica masculina. Decimos histérica porque no se trata del cortejo galante que desemboca en el amor. Nuestro héroe denota una insatisfacción constante. Don Juan no se enamora de las mujeres que cautiva, sino que parece estar enamorado del puro afán de subyugar siempre a otra mujer. Nueva versión de Narciso al ignorar y despreciar el amor de la ninfa Eco, don Juan se deleita en el simulacro de seducir a una colección de mujeres. Finge a nivel consciente o inconsciente un sentimiento que es incapaz de profesar, oculto tras su máscara galante. Es el ejercicio puro de la conquista lo que lo apasiona mucho más que el resultado.

Don Juan viene al mundo desde su existencia fabulada para convertirse en el vengador de Adán, el seducido. Adán, el primer hombre, que es también todos los hombres. El que no supo subyugar y tampoco amar a Eva, la mujer que puso Jehová/Padre a su lado y la que, sin embargo, sí eligió a Adán para hacerlo suyo transgrediendo la Ley del Padre. Eva le arrebata a Adán la inocencia virgen de todo deseo y en un punto la condición de ser “un bienaventurado pobre de espíritu de quien será el reino de los cielos”, palabras que constarán más adelante en las Sagradas Escrituras, testimonio de Cristo, hijo dilecto del Padre, el que sabrá y podrá amar. Pero deberá pagar con su vida, y la silenciosa anuencia del Padre, el pecado original de Adán y Eva.

Durante el transcurso de la obra, el hombre sin nombre, como se autodefine don Juan, será en todo caso el fantasma de Adán, que regresa para conquistar y violar en el plano moral, cautivando sus mentes, a muchachas honradas, cualquiera sea su clase social, que pertenecen o están prometidas a otro varón por la decisión del Padre. Tal el caso de Isabela, la primera seducida de la larga serie, prometida al conde Octavio en Nápoles hasta llegar a doña Ana de Ulloa, novia casadera del marqués de la Mota en Sevilla, patria de don Juan. Allí terminará matando al padre de la novia, don Gonzalo de Ulloa. Será entonces el fantasma de don Gonzalo/el Padre quien se vengará del vengador de Adán en la última escena de la obra, cuando su espíritu, el convidado de piedra, arrastre consigo a don Juan al peor de los castigos. El cuerpo del pecado del burlador de Sevilla terminará atrapado por las llamas en el infierno dantesco con moraleja explícita.

Esta versión del don Juan de Tirso de Molina reúne claramente buena parte de las características esenciales del arte barroco. Como bien lo consigna Julia Kristeva en el ensayo dedicado a don Juan: “Aunque no sea más que por su máscara, don Juan se afirma plenamente en un juego de inconstancias, apariencias y fascinaciones. El fuego que devora a don Juan es el mismo que destruye el decorado barroco. Es un triunfo de la apariencia, que después de haber subyugado a sus víctimas enamoradas y de habernos conquistado a nosotros, espectadores alucinados, se permite el lujo de des-vivirse”.

Kristeva se detiene en el análisis del tipo de goce del personaje: es el goce histérico de un Amo (las víctimas femeninas se quejan de su maldad), pero aclara que se trata de un goce superior a su placer, solitario y doloroso, en el que de manera sublimada se esconden varias figuras, entre ellas, el deseo de conquistar a un ideal absoluto de “la Belleza” originaria, amada y prohibida, el de la Madre. Kristeva sostiene también que existe una clara rivalidad del seductor respecto de los otros hombres –los hombres de sus mujeres– a los que quiere mostrar del mismo modo que al Padre la potencia de su falo. Esta exhibición de su poder implica ganar a sus hermanos, buscando el lugar del hijo preferido. Se trata de un juego especular y de un goce patético, porque su posición de Amo, propia del histérico, cambia a la del esclavo respecto del Padre, puesto que se halla a la espera de recibir un castigo. Desde esta perspectiva autoerótica las hazañas del pene se inclinan de manera dramática frente al verdadero seductor, el poder simbólico del falo, dice Kristeva.

“El deseo de seducir no es más que un semblante del deseo”, sostiene Silvia Lippi en su trabajo El seductor: ¿charlatán o devoto? Allí, Lippi analiza la figura trágica del seductor y muestra de qué manera sus actos revelan su dificultad para asumirse en su deseo. “El goce producido por la repetición de las conquistas y por el hecho de ser infiel arruina el encuentro del sujeto con la causa de su deseo.” Tanto en el caso del seductor obsesivo que cumple el mandato del Padre de seducir a todas y convierte sus conquistas en ofrendas devotas a ese Padre, como en el del seductor histérico, cuyas promesas toman el valor del acto el deseo está averiado, según Lippi, por lo tanto desea y rechaza en lugar de desear y gozar.

Así, en las palabras del seductor está su deseo, deseo que se pierde y se deja a la deriva, liquidado, desde el momento en que se manifiesta a través de su palabra. Todo el hacer está en el decir para el histérico. Y ese decir –a las palabras se las lleva el viento– implica la destrucción o la pérdida de un deseo que se esfuma, en la medida en que no se sostiene. El sujeto se pierde en la fascinación de su propia puesta en escena donde –escondido tras su máscara– permanecerá finalmente en una soledad vacua que dejará al descubierto su pobreza sexual y un goce similar al de la masturbación.

¿A quién quiere parecerse don Juan? Seguramente siempre al Padre, a quien no sólo no podrá matar en el plano simbólico sino cuyo poder supremo será el dueño absoluto de su deseo, aniquilándolo, remata Lippi. Trágico destino el de este personaje fantasmagórico, vengador de Adán, que es todos los hombres, pero también ninguno, por su calidad mítica y literaria. Figura patética construida con la misma sustancia de los sueños shakespeareanos que se diluye en el puro ademán histérico del síntoma.

De Historia universal de la histeria. Relatos de amor, pasión y erotismo, de Malele Penchansky. Buenos Aires, Grijalbo, 2008. 192 páginas.

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