Los pozos, de Ignacio Aldecoa

-Todos los ayuntamientos de pueblo huelen a muerto...
Contemplaba el muro blanquiañil. Sobre los pajizos ladrillos del rodapié, la humedad había festoneado una diminuta y crepuscular serranía plomiza hasta el perfil oriniento, elevada en agujas o en llamas por los dos rincones. La faja del rodapié era rastrojo, comienzo de tierra paniega.
-... un tufo que da mal sabor de boca y que no te lo saca la cazalla.
El espectro de paisaje se borró sobre el muro. Las palabras enturbiaban la imaginación y sintió que la serranía en sombra, con el sol elevándose u ocultándose tras de ella se iba sedimentando en simples manchas de humedad. Ya no había cielo blanquiañil, ni crepúsculo, ni montaña, ni tierra de campos. Estaba sentado. Del respaldo de la silla colgaban sus pantalones y de un clavo de la puerta su chaqueta. Dobló la cintura y comenzó a frotarse suavemente las piernas, cubiertas con medias rojas. Luego se calzó las zapatillas, que habían perdido su negro azabache y parecían sucias y estaban despellejadas por las puntas.
-... un ansia de vomitar y encima amolado con las piernas. Con várices no se puede correr bien...


Por un ventanuco miraba al patio el Chato la Nava, distraído, deslumbrado por el espejeo del sol en la albura de la fachada frontera; rumorosos los oídos del monólogo de su compañero. Fumaba y expelía el humo con fuerza, dándole tiemblo de azogue a una iluminada telaraña.
-¿Tú sabes lo que es bueno, Perucho? -dijo lenta-


mente-. Quedarse en casa. Ni ansias, ni varices, ni canguelo; sopa de ajo.
-Y me pasas una renta para vicios -añadió desabrido Perucho.


-Yo te digo lo que es bueno -volvió la cabeza hasta el punto en que su perfil fosco, tosco, morrosco, quedó recortado en el chorro de luz-. Si no lo puedes hacer te fastidias, que hay quien lo hace y engorda.
Perucho hizo un gesto de desesperanza. Se levantó de la silla. El asiento de adornos barrocos tenía un agujero en medio, con flecos de cartón.
El Chato la Nava se pasó despaciosamente una mano por las sucias barbas de dos días y se apartó del ventano.
-¿Qué piensas? -dijo Perucho.
El Chato la Nava guardó una pausa antes de responder: -Que no huelen a muerto, Perucho, que huelen a gallinas.. .


Perucho fue hacia la puerta. De su chaqueta cogió un paquete de cigarrillos. Dijo:
-Todos los ayuntamientos de pueblo huelen a muerto y las sacristías también.
El Chato la Nava tenía los faldones de la camisa por encima del pantalón.
-¿A que no te has vestido nunca en una sacristía? -preguntó Perucho.
-Yo me he vestido en muchos sitios. En todos los sitios que tú quieras.
-Pero no en una sacristía.
-En una sacristía, no; pero me he vestido en una cuadra con mulos zainos, y en un carro andando, y debajo de un puente, y en un rincón tras de una sobrecama en la plaza Mayor de un. pueblo, y bajo un tendido viendo las pantorras a las mujeres, y donde tú me digas..., y en las afueras, en el campo...
-Pues las sacristías huelen a fiambre como esto. A un fiambre que se lo han llevado hace un rato. Un olor como a polvo meado, a papelotes, a ropa sucia... Yo sé lo que me digo... Como esto, como esto y que se te pega...
El matador Antonio Abanales, llamado el «Migas», estaba viendo el fundón de las espadas. Un fundón viejo que tenía repujado un nombre que no era el suyo y mos- traba en la tapa de la cartera la huella rectangular de la chapa de propiedad de su antiguo dueño.
-Acaba ya -dijo el matador-. Mira que tienes gusto, mira que se te ocurren ideas...
Por el ventanuco entraba mucha luz. Del alto techo colgaba una bombilla encendida. En el fondo de la habitación estaban amontonados pupitres y bancos rotos y palos de banderas y una monstruosa cabeza de cartón y varios escudos de madera pintados de azul celeste con la Virgen descalza sobre el filo de una media luna navajera ornada de estrellas.
-Este traje me tira -afirmó Perucho después de un largo silencio- y voy a tener que descoserlo por la entrepierna.
-¿Dónde se ha ido Pepe? -preguntó el matador.
-A llenar el botijo -respondió Perucho, y continuó quejándose-: He engordado, que también perjudica a las varices. Un día tengo un disgusto...
-No puedo matar con ellos... -dijo Abanales probando los estoques-. Pero ¿a quién se le ocurre...? Son de alambre. Buscadme a Pepe... No sirven... Buscadme a ese tío...
Al Chato la Nava le llegaban los calzoncillos a las corvas. Estaba de espaldas a sus compañeros preparando su traje. Desde el omoplato derecho hasta la cintura le culebreaba una cicatriz blancuzca, con relieves de zurcimiento malo. Se volvió hacia el matador. Tenía el pecho ancho y velludo, con un lucero de canas sobre el esternón. Sostenía cuidadosamente la taleguilla entre sus manos. De sus brazos podían proliferar brazos; eran como dos ramas, largos, nudosos, fuertes y sombreadores. Las delgadas piernas, un poco zambas, parecían estar unidas de un modo artificial a los pies; pies de alpargatas y abarcas, cuerudos, aplastados, firmemente puestos sobre la tierra.


-Me estoy vistiendo -dijo el Chato la Nava. Perucho abrió la puerta y gritó:
-Pepe, venga ya...
-¿Pasa algo? -dijo acercándose un empleado del Ayuntamiento vestido de domingo y con gorra de plato gris con un galoncillo--. ¿Queréis algo?
-Tráete al mozo de espadas que ha ido a llenar el botijo.
-Estará en la taberna.
-Estará.
-¿ y si no está?
-Lo buscas. Que venga inmediatamente.
-Estará viendo el ganado.
-Estará.
Perucho cerró la puerta.
-Se me ha guardado diez duros... -dijo el matador-. Por diez cochinos duros ése es capaz de vender a su madre...
El Chato la Nava, con la taleguilla puesta, se acercó a su matador.
-Déjame --cogió uno de los estoques y lo probó contra la puerta haciendo un poco de fuerza-. No están mal, no te quejes, no son alambre, puedes matar un elefante.
-Por diez cochinos duros... -dijo d matador.
-Ten tranquilidad -habló reposadamente el Chato la Nava-. Esto se despacha en seguida.
-¿Qué hora es?
-Falta poco.
-¿Serán las cinco y cuarto?
-Por ahí.
Entró el mozo de estoques, seguido del empleado del Ayuntamiento.
-Daos prisa. El alcalde dice que hay que empezar ahora mismo, que el señor marqués se tiene que marchar a Madrid y quiere veros.
-No podemos -gritó el matador-. Han dicho a una hora y tiene que ser a esa hora.
-Siempre caerá algo, Antonio. En estas cosas es mejor...


-Me importa un pimiento el marqués.


El empleado municipal hablaba con Perucho por lo bajo. El Chato la Nava contemplaba a su matador. Pepe, el mozo de estoques, bebía del botijo.
-Siempre caerán unos duros -dijo el Chato la Nava-. Media hora más, media hora menos...
-¿Qué hora es? -preguntó el matador.
-Casi la hora de salir.
-Daos prisa -dijo el matador.
Terminaron de vestirse. El mozo de estoques había salido con el esportón de los trastos.
-jVamos ya! -dijo el matador.
Los dos peones le dejaron pasar. El empleado del Ayuntamiento salió el último. Los carros que formaban la plaza estaban atestados de gente. En el balcón del Ayuntamiento se sentaban el alcalde y el señor marqués. Una mujer con toquilla les ofreció unos vasos de limonada en una bandeja.
Los tres toreros caminaban entre los mozos que ocupaban el círculo arenado.
-A ver cómo lo hacéis... A ver si os arrimáis... A ver si los matáis bien, que son buen ganado... A ver...
Los toreros se colocaron frente al Ayuntamiento.
-¿ La música? -preguntó el matador.
-Ahora va -dijo d empleado del Ayuntamiento, que les había seguido.
Los mozos despejaron el círculo subiéndose a los carros. Gritaban. Sonó un tamboril, y luego las notas agridulcillas de dos dulzainas comenzaron un pasacaIle.
Los toreros iniciaron el paseíllo.
De la leve capa de arena del suelo de la fiesta emergía el empedrado cotidiano: reticulados caparazones, serpentinas formas escamadas, adoquines grises, verdinegros y anaranjados.
-Me lo quitáis de encima, ¿eh? -dijo el matador. Saludaron a la presidencia.
Lentamente fueron al burladero grande. La torre de la iglesia daba sombra a la plaza.
-Me lo quitáis de encima, ¿eh? -repitió el matador. -Tú, tranquilo -respondió el Chato la Nava.
Se hizo silencio. En el silencio estaban los tres solos.
Desde el brocal de talanqueras y carros les contemplaba el pueblo entero.
-Tranquilos -dijo el Chato la Nava-. Tranquilos.
Cuando salió el toro, viejo y negro, el pozo se fue llenando de su sombra.
-Tranquilos -repitió el Chato la Nava-. Tranquilos.
La gente gritaba pidiendo que abandonaran el burladero. El Chato la Nava miró a los compañeros.
-Tranquilos -dijo.
Y salió. En el brocal se hizo un silencio de campo.
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