Hablan los niños de la noche mendocina

Un libro recoge poemas, graffitis y apuntes de niños que fueron institucionalizados por la Justicia. Allí confiesan sus dolores y delinean sus exiguas esperanzas. Aquí, las voces que hay detrás de tanta sangre y violencia. O la inseguridad no documentada.

“Mamᔠy “noche” son las palabras más mencionadas en los poemas, graffitis y apuntes que más dejan escritos los chicos mendocinos que han sido institucionalizados alguna vez.

Así quedó impreso en un volumen que recoge el trabajo de una treintena de niños y jóvenes, que fue editado hace un par de años por el gobierno de Mendoza bajo el nombre “Decir marginal y…”.

La madre por su ausencia y la noche por su eterna presencia marcan cada uno de los textos en los que hay alusiones a los abusos de los que fueron víctimas, a las pérdidas de seres queridos, a los bancos de plazas que sirven de cama, al ninguneo de la sociedad, a la necesidad de trabajar, a las drogas, a los amores perdidos y a los que aun no se encuentran, a la sangre.

Precisamente “sangre” es la otra palabra que más aparece en el libro. “Sangre en mis brazos, vendas, / porque no hay cigarrillos / ni pastillas gordas. Un doctor en el hospital, en la noche / me curó las heridas en el frío. / Me fugo para volver”, escribió Walter en uno de sus poemas, “La noche trágica”.

Frustrado, alguien escribió en una pared de uno de los hogares estatales, textualmente: “Imagino una cosa y no lo puedo hacer”.

En la voz más íntima de estos niños que están pasando a ser lo que clásicamente se conoce como “adolescentes”, deben buscarse las claves de por qué la violencia y la sangre subrayan su existencia en la prensa diaria.

Damián, en un poema que tituló, irónicamente, “El futuro de mi vida”, cuenta:

Yo soy como una piedra
una piedra cerrada,
un mueble sin pintar,
una bici sin usar,
una casa abandonada.

María Alejandra Gómez se desempeñó durante mucho tiempo al frente del programa que recibe a los jóvenes derivados por la Justicia en la ex Colonia 20 de Junio y es una de las mentoras del libro, junto al realizador de la obra y operador Pablo Villarreal. “Todos poseemos un mínimo de saber” dice Gómez, para aclarar luego que se trata de “un saber cotidiano, el cual nos permite desenvolvernops en el medio al que pertenecemos”.

Villarreal, que ha convivido con los chicos en situación de riesgo, oficia de señalador en el libro que sirvió de catarsis literaria para tantos jóvenes que acumulan tanto dolor. Sostiene que “cada verso fue construido desde palabras desatadas, sueltas y pequeñas historias, anécdotas, eventos como disparadores de modos de decir que se trasladaron a la forma poética entre disputas, silencios ininterrumpidos y acuerdos en un espacio dividido por gritos, reclamos y esperas”.

Lucas sostiene en su poema “La vida es sorpresa” que “El amor es algo que se siente / muy dentro del corazón / que es bueno sentirlo cada uno mismo”. Y agrega: “El amor es parte de la vida / como la pobreza y la tristeza”.

“La amargura –escribe Cristian- es como una noche / que es angustiante y me lleno de dolor / y lo soporto”. Agrega, al final del poema: “Mi tristeza es grande como la sal ardiente / y con llamas dentro de mi”.

La ausencia paterna es lo que motiva a Damián a darse cuenta de lo que vive. Dice:

Hola padre, espero que te encuentres bien,
allá arriba, yo estoy acá internado en un instituto
yo sé que si vos estuvieras acá abajo yo
no estaría donde estoy.

Pero la historia más terrible de la que pueda dar testimonio un niño, lo tuvo a Kevin como testigo. “Los chicos violadores”, se llama el texto – denuncia – testimonio.

“Un día –escribe- en la esquina de mi casa un niño fue violado por cuatro pibes y lo mataron y la madre del niño lloraba sin parar. Al día siguiente al niño lo habían enterrado y el padre dijo yo sin él no puedo vivir. Y lloraba lentamente y dijo yo voy a buscar a esos pibes, y fue a su casa y sacó un arma y le puso dos balas y a la otra arma le puso seis balas y los buscaba en cada lugar y encontró a dos pibes y los mató y buscó a los otros dos pero nunca los encontró y fin”.

Y Gerardo, al contar la historia que denominó “Érase una vez un delincuente de ocho años” escribió la que puede ser una crónica de su propia vida, de un primo o un hermano.

Allí, dejó: “…robó, se intoxicó, se lastimó y lastimó a muchas personas pero hoy en día se arrepiente pero ya es tarde, perdió todo lo que quería y por eso hoy con catorce años y ocho meses llora y se arrepiente de todos los malos momentos que le iban a pasar a muchas personas que siempre lo quisieron…”.

El amor. O el desamor

“Mamá”, “noche”, “sangre” y también, “amor”. Esas fueron las palabras que más usaron los chicos de la noche mendocina a la hora de confesarse en poemas, graffitis y apuntes.

Para el final, el amor. Carlos, otro de los particulares autores del libro, prefirió hablar del desamor llamándolo por su opuesto.

Lo hizo así:

El amor es una rata que te come por dentro
y te mata poco a poco.
El amor es como el viento
se va sin que se de cuenta.
El amor te hace sentir bien cuando llega
y te hace sufrir mucho,
cuando se va.
El amor es como la cárcel
te quiere tener prisionero
por siempre y te puede matar cuando sea.

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