Vidas públicas, secretos privados

Al replantear la comprensión de las relaciones de géneros, el concepto del honor, las costumbres sexuales y la ilegitimidad en la América española del siglo XVIII, vemos la dualidad de la cultura hispánica que permitía a los individuos tener distintos estatus en la esfera pública y la privada.

Por Ann Twinam

Hace más de doscientos años, en una calle de Medellín, Colombia, un oficial de la Corona española omitió el apelativo "don" al saludar a un próspero comerciante local. A pesar de ser un hijo ilegítimo, el comerciante se indignó por la omisión de ese título honorífico siempre utilizado entre miembros de la élite para dirigirse unos a otros. Inició en consecuencia un prolongado pleito, lo ganó y pudo así comprar una "cédula de gracias al sacar", es decir, un decreto oficial de legitimación que le permitía cambiar su estatus de nacimiento. El suyo no fue un caso aislado. Otras 243 peticiones llegaron a España desde todos los rincones americanos del imperio.

Todos esos documentos, conservados en archivos españoles y latinoamericanos, replantean la comprensión de las relaciones de géneros, el concepto del honor, las costumbres sexuales y la ilegitimidad en la América española del siglo XVIII, pues ilustran simultáneamente la dualidad de la cultura hispánica, que permitía a los individuos tener distintos estatus en la esfera pública y la privada, y el funcionamiento de la movilidad social y racial.

Así, Ann Twinam recorre las biografías de los ilegítimos, sus parientes, amigos y vecinos en su lucha por el ascenso social y contra la discriminación de las élites. Presenta las tradiciones y leyes preexistentes que influyeron en las actitudes coloniales ante la sexualidad, la discriminación y la legitimación civil; analiza los diferentes métodos usados por los oficiales reales para la tramitación y resolución de las peticiones e indaga si las reformas borbónicas promovieron el cambio o fueron conservadoras.

Lejos de todos los estereotipos, Vidas públicas, secretos privados revela la intimidad de la sociedad hispanoamericana colonial como más flexible, versátil y compleja de lo que siempre se la ha considerado.


I. Introducción
1. Antecedentes (fragmento)

Rara vez un autor sabe dónde nació la idea para un libro, pero el incidente que precipitó esta obra ocurrió en una calle en Medellín, Colombia, hace más de doscientos años. En 1787, don Pedro Elefalde, un oficial de la Corona recién llegado a la villa, intercambió saludos con Gabriel Muñoz, un comerciante local. Es imposible saber con precisión lo que don Pedro dijo; bien pudo ser “Buenos días, Gabriel”, pero es claro que no fue “Buenos días, don Gabriel”. Este encuentro se hizo histórico precisamente porque don Pedro no utilizó el apelativo “don”, un título honorífico invocado de manera invariable cuando los miembros de la élite se topaban unos con otros en la ciudad. Gabriel Muñoz se indignó tanto con esta omisión que inició un costoso y dilatado pleito, cuyo único propósito era obligar al funcionario real a llamarlo “don” y a mostrarle el debido respeto.

Quisiera pensar que no sonreí cuando tropecé por primera vez con los papeles que documentan este prolongado pleito. Pero como estudiante de posgrado con poca experiencia, inmersa en la investigación de datos tan “concretos” como los registros de mineros y de comerciantes, ciertamente me divirtió que un incidente tan insignificante pudiera producir una avalancha tal de documentos.  Cuando finalizó mi estadía en el archivo, era -creo yo- algo más sabia, y confiaba más en la inteligencia y el sentido común de aquellos cuyas vidas había tenido el privilegio de estudiar. A medida que pasaron los años y aprendí más acerca del mundo de Gabriel Muñoz, releí su pleito con verdadero interés y una mayor comprensión.  Mi primera intuición fue que su reclamo proporcionaba un fascinante atisbo de ese proceso a menudo soterrado por el cual los notables locales se reconocían unos a otros como pares. Don Pedro Elefalde, un funcionario real, declaró que había omitido el honorífico “no porque quisiera injuriarlo, sino porque tenía el ejemplo de otros que no lo hacían”. Su comentario ilustra claramente cómo un recién llegado podía utilizar las claves visuales y verbales proporcionadas por otros miembros de la élite local para decidir quién pertenecía a ella y quién no. En un simple saludo, podían subyacer códigos implícitos que situaban con precisión el rango de un individuo dentro de la jerarquía social.

Sólo más tarde me di cuenta de que, aunque el comentario de don Pedro Elefalde era perspicaz, el enigma mayor estaba en los argumentos del comerciante. Gabriel Muñoz no fundamentó su pleito en si era o no merecedor del título de “don”, cuya sustentación era la descendencia legítima de padres de estatus social alto. En lugar de sacar a relucir su genealogía o su partida de bautismo, basó su alegato en el razonamiento más indirecto de que era tratado como “don”, que había hecho cosas que tan sólo los “dones” podían hacer, y que por eso ciertamente debía ser un “don”. Alegó que únicamente los “dones” eran elegidos por la élite local como mayordomos de la fiesta anual de la ciudad, o para desempeñar cargos públicos, y señaló que él había hecho ambas cosas. En tono lastimero señalaba que jamás se hubiera cuestionado si don Pedro Elefalde debía ser llamado “don” o no, puesto que por el cargo que desempeñaba seguramente ameritaba el título.  Gabriel Muñoz simplemente insistió en que merecía la misma consideración, pues su servicio cívico probaba que él también era un “don”.

¿Qué ocurre aquí? ¿Por qué don Pedro Elefalde tuvo indicios, como en efecto los debe haber tenido de por lo menos algunos miembros de la élite de Medellín, de que Gabriel Muñoz no debía ser llamado don?  ¿Por qué el comerciante no demostró que era un don, sino que más bien alegó que era su participación en actividades propias de un “don” lo que lo hacía uno? ¿Qué puede aprenderse de los significados no expresados pero implícitos en esta confrontación por un correcto saludo?

En un primer nivel, la respuesta es simple, pues según los estándares tradicionales de la élite de Medellín -o de hecho, según los de la mayoría de las élites coloniales de la América española-, Gabriel Muñoz no era un don. Si bien era blanco, un comerciante relativamente próspero e hijo de uno de los hombres más poderosos de la ciudad, también era ilegítimo. Los medellinenses de la élite eran generalmente escrupulosos en negarle el tratamiento honorífico de don a aquellos de nacimiento “defectuoso”. Aunque las conexiones y la riqueza de Gabriel Muñoz aparentemente habían motivado a muchos a hacer una excepción informal en este caso, su aceptación no era universal.  Algunos notables de la localidad se rehusaban todavía a reconocerlo como un igual. Don Pedro Elefalde no hizo más que seguir su ejemplo cuando omitió el codiciado tratamiento. Por esto Gabriel Muñoz sintió que debía demandar, pues con justa razón percibió que esa omisión amenazaba su precaria posición social. En el meollo de este simple enfrentamiento por un saludo, se encontraban percepciones fundamentales respecto a cómo se podía conceder el estatus: una norma otorgaba o negaba títulos honoríficos según criterios de adscripción como el nacimiento; otra permitía una moderada movilidad social cuando el sujeto era rico o bien relacionado.  Pero esta percepción sugiere un misterio aún mayor.

Si Gabriel Muñoz era tan vulnerable personalmente, dada su ilegitimidad, ¿por qué presionó el asunto? ¿No estaba acaso claramente condenado a perder, en vista de que no se acostumbraba darles a los ilegítimos el tratamiento honorífico de “don”? Al parecer, el comerciante creía que podía sustentar su caso argumentando que su servicio cívico reflejaba otra realidad públicamente establecida. Pasando completamente por alto el asunto de la ilegitimidad, alegaba que su reputación como “don” debía ser aceptada por sus méritos públicos, y evadía la cuestión de si su persona pública debía ser la misma que su realidad privada. El funcionario real que vio el caso de Muñoz reconoció tal dualidad, pues ordenó a don Pedro Elefalde que se dirigiera al comerciante como don.  Su decisión ratificó la disparidad entre la realidad privada de la ilegitimidad y la persona pública como “don”. La resolución de este conflicto aparentemente simple ilustra una profunda dualidad en la cultura hispánica, que permitía a los individuos tener diferentes estatus en sus esferas privada y pública.

Aunque don Gabriel Muñoz ganó su pleito, quedó inquieto por la seguridad de su posición. Formuló una solicitud a la Cámara de Gracia y Justicia dependiente del Consejo de Indias, para comprar un decreto oficial de legitimación conocido como “cédula de gracias al sacar”. Este documento le permitía cambiar su estatus de nacimiento, confirmando que era oficialmente legítimo, persona de honor y merecedor del título de “don”. La élite de Medellín respondió con mayor entusiasmo todavía a esta confirmación real de su categoría, pues rápidamente fue elegido para una de las posiciones más prestigiosas del Cabildo de la ciudad, un cargo no ostentado nunca por los ilegítimos.

El problema de don Gabriel Muñoz y el decreto de legitimación que había confirmado su movilidad social y cambiado su vida captaron inicialmente mi atención. Su lucha por un saludo correcto lo había llevado más allá de su valle andino encerrado entre montañas, para intentar conseguir reparación por parte de funcionarios en España. Su búsqueda revela indicios de los procesos usualmente ocultos a través de los cuales las élites coloniales ordenaban sus relaciones sociales y construían sus mundos. Me pregunté si no habría otros como don Gabriel Muñoz con problemas similares, que hubieran buscado soluciones equivalentes y cuyas historias de vida permitieran vislumbrar las costumbres coloniales de una manera más profunda.  Resultó que don Gabriel no estuvo solo en su aspiración, pues su petición se sumó a otras 243 que llegaron a España desde todos los rincones del imperio español, a medida que ilegítimos de Florida y Luisiana, el Caribe, México, América Central y América del Sur buscaban reparación. Los detallados expedientes revelan que las decisiones de hacer las peticiones no fueron tomadas a la ligera; algunas veces pasaban años entre la primera recolección de testimonios y la presentación de la petición. 

El precio de legitimación resultó ser mucho más alto que los aranceles pagados por las gracias al sacar. La preparación de una petición detallada podía ser un proceso personal doloroso que revivía angustias y vergüenzas olvidadas: madres solteras testificaron acerca de sus compromisos rotos, sus embarazos, y algunas veces hasta incluyeron cartas de sus amantes de antaño; padres recordaron sus amoríos pasados, admitieron su rechazo de novias embarazadas o revivieron la muerte en el parto de sus prometidas; ilegítimos describieron vívidamente la vergüenza y las frustraciones que marcaban sus vidas, y algunas veces hicieron referencias específicas a esos incidentes humillantes que los motivaron por fin a solicitar una cédula. El testimonio podía abarcar varias generaciones, pues los testigos no sólo comentaban acerca de las situaciones apremiantes de los amantes, sino también sobre las de sus hijos ilegítimos, y hasta sobre las de sus nietos.

Cualquiera con conocimientos relevantes podía convertirse en participante en el proceso de legitimación. Cuando no había padres disponibles, los ilegítimos acudían a los ancianos del pueblo para vaciar sus memorias de chismes y escándalos pasados. Los miembros de generaciones anteriores se convirtieron en historiadores orales a medida que sus recuerdos se tejían en un registro que preservaba el secreto y las historias íntimas de sus comunidades. Cuando estos testimonios llegaban a España, los funcionarios reales debatían cuáles situaciones merecían reparación, y en el proceso forjaron políticas que se convirtieron en parte de ese colectivo de medidas conocido como las reformas borbónicas (1759-1808).

Tales testimonios replantean y amplían nuestra comprensión de las relaciones de género, las costumbres sexuales y la ilegitimidad en la América española. Nos permiten vislumbrar aquellos procesos que algunas veces ayudaban y otras entorpecían la movilidad social y racial en las postrimerías de la era colonial. Puesto que la búsqueda personal de don Gabriel para ser legitimado se cruza con muchos de estos asuntos, comencemos con él.

De Vidas públicas, secretos privados. Género, honor, sexualidad e ilegitimidad en la Hispanoamérica colonial, de Ann Twinam. México. Fondo de Cultura Económica, 2009. 500 páginas.

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