Deportes

La invocación mágica

Un cuento de Lucas Pérez. Todas las semanas el deporte se transformará en un cuento, mandanos tu historia a: contacto@mdzol.com

El ser humano, aunque no se de cuenta a veces, vive invocando. Invoca a Dios, a una persona, un objeto, siempre es invocar. Cuando necesitamos una ayudita, cuando estamos por rendir y estamos en la lona, mal, invocamos, de eso se trata, de invocar. También hay invocaciones muy particulares, por ejemplo mi amigo, el Carlitos Anzorena, siempre invoca el órgano reproductor de la esposa del loro. Hasta el blondo musculoso de He-Man invocaba al “poder de Greiscol, yaaaaa tennnngo el podeeeerrrr”. El otro día estaba en casa y encontré fotos de mis amigos del barrio y en ese momento yo también invoqué.

Las imágenes de mi infancia merodean por mi cabeza de manera incesante. Son como flash backs que aparecen y se remiten a “un” momento en particular y de repente surgen y me hacen reír un rato solo. Para esto las fotos son insuperables. Situaciones inmortalizadas en una imagen que encierran un cúmulo de recuerdos y sensaciones imborrables y si no nos acordamos, lo único que tenemos que hacer es tomar la foto, mirarla y dejar que nuestra mente nos lleve a esos recovecos muchas veces inexplorados. Y gracias a las fotos, aparecieron, vaya a saber de donde, las “Invocaciones Mágicas que dan Fuerza”.

Este fenómeno, con muchos precedentes, tuvo un protagonismo destacado en la canchita en mi casa en Tunuyán. Las IMAFU no son cualquier cosa. Es una mutación interna, una transformación física y mental que te da energía cuando pensás que no vas a poder, se da en la siguiente situación: agarrás la pelota, ni bien te das vuelta, tenés dos rivales, los mirás fijo como diciendo “y bue…acá me los voy a tener que pasar nomás, perdonen chicas”. El arco está cerca, pero primero tenés que birlar a tus dos amigos. Empezás a correr y de un lado uno te agarra la remera, casi te la rompe, la lleva al límite. Del otro lado de la vereda, otro más, pero tratando de meterte la gamba para sacarte la pelota. Parece una auténtica paleteada, con dos caballos criollos morfológicamente dotados pechando con fuerza de los dos lados y en el medio, el pobre novillo, es decir, uno mismo. Y de repente…la invocación. En el barrio tenías que poner cara de gánster siciliano al que le habían piropeado la novia, sino, no valía.

El exponente de las IMAFU en mi grupete era el negro Sarmiento. Alejandro Juan José Sarmiento, nosotros le decimos Juanjo. Si tuviera que definirlo futbolísticamente al Negro, necesitaría nutrirme de muchas características de muchos jugadores y que jugaron mucho. Vamos a decir que el Negro Sarmiento era un tipo con buena pegada, iba firme siempre, sin miedo y bastante hábil. Eran de esos que si me preguntabas, yo lo quería en mi equipo, siempre. Ahora, ¡era morfonazo!, ¡de esos que la pasas la pelota y te la devuelven con olor a pata! Más zurdo que Fidel Castro el Negro, agachaba la cabeza y encaraba nomás. En fin, era el mejor. Ver al negro en plena acción cuando invocaba a su mentor en la canchita, era indescriptible. Su “Invocación Mágica de Fuerza” era Ramón Ismael Medina Bello, sí, “el Mencho” Medina Bello. Él corría con uno de cada lado y cuando pensabas que le ibas a sacar la pelota, el Negro empezaba: “el Mencho, sigue el Mencho, la tiene el Mencho, ole, ole, el Menchooo, uuhhh”. Se relataba su propia jugada. Y era de no creer, porque parecía que metía el nitro y no lo agarrabas con nada. Sacaba más potencia, los ojos fijos en la pelota y la cabeza hacia delante como si fuera un toro en las corridas cuando le muestran algo rojo. Cuando la pelota terminaba adentro del arco, era toda una fiesta. Salía trotando rumbo a la esquina con los brazos abiertos de par en par y con los ojos mirando hacia arriba y gritaba: “gooolll de River, el Mencho, Ramón Ismael Medinaaaaa Beeeeello”. Era una inyección de pura potencia, ni todas las bebidas energizantes, ni los complejos vitamínicos que vienen ahora te dan “eso” que te generaba invocar a tu jugador preferido cuando jugás con tus amigos. Creo que a veces me quedaba mirándolo, porque para el Juanjo Sarmiento nombrar a Ramón Ismael Medina Bello, era lo mejor que le pasó cuando jugábamos todos juntos.

Pero el fenómeno trascendió y cada uno de nosotros adoptó a un jugador como bandera. Si bien el Negro Sarmiento fue el precursor, ninguno estaba en condiciones de quedarse atrás. El que se sumó rápidamente fue el gordo, Horacio Salinas. Siempre al arco y cuando salía a jugar, era para quilombo y hasta terminábamos medios peleados. Rebelde si los hay el gordito, él atajaba, o sea, hacía lo que podía. Hasta que un día se descolgó con la camiseta del “Mono” Navarro Montoya. Esa amarilla, muy colorinche, que aparecía el jugador manejando un camión en el pecho. Era horrible. Y en el cuerpo del gordo, peor. Cada pelota que tocaba bajo los tres palos se escuchaban sólo dos palabras: “el Mono”. Y cuando sacaba un chulminazo difícil tiraba la gran: “el Moooonoooo, impresionanteeeee”. A partir de la compra de la camiseta el gordo levantó su nivel, no hacía falta que le dijéramos:
- Dale, gordo, si vos atajás bien Horacio, en serio, dos goles y salís, te lo prometemos - Solito, obediente, hasta responsable, el gordito encaraba hacia el arco hecho con troncos de álamo y desde ahí gritaba, mientras aplaudía con unos guantes de lana que solía ponerse:
- ¡vámo eh! A ver…haceme unos tiritos, pero sin fulminar, acá despacio-  Eso era actitud innata de querer hacer las cosas bien y tenerse fe, aunque era consciente que en cada partido le llenaban la canasta de pepinos.

En ese momento la voz oficial de los partidos era Marcelo Araujo y reconozco que gran parte de este fenómeno se dio gracias a sus relatos y comentarios. A veces veo un partido de esa época y para mí los relatos de Marcelo Araujo y los comentarios de Enrique Macaya Márquez eran lo mejor. Y los partidos en la canchita se transformaron en un relato de Araujo, por un lado el Negro: “Ramón Ismaeeelll” y el gordo contestaba: “Carlos Fernando Navarro Montoya”. Siempre fue así. Era el duelo por excelencia, como en la cancha de verdad. Luego de un tiempo, todos teníamos nuestra “Invocación”. Y aparecieron muchos jugadores: José Omar “el Turu” Flores, Walter “Cucurucho” o “Cuki” Silvani, Alberto “Beto” Acosta, entre los más recordados. Claro que lo único que se escuchaba eran los sobrenombres, “el Turuuuu” o la gran “Silvaniiiiii, te lo devoraste Cuki”.

Yo no me terminaba de identificar con ninguno. Los invocaba muchísimo, siempre, a todos por igual, pero tenía que encontrar el mío, el jugador que al momento de invocarlo, me de “eso” que necesitaba. Un día, haciéndole unos tiritos al Gordo, apareció. Así de repente. Como tenía que pasar, sin buscarlo ni mucho menos, tenía que salirme de muy adentro. Tomé carrera y cuando fui a patear dije: “José Tiburcioooo” y la pelota se metió abajo, pegadita al palo, el gordo, bien gracias. Quedó como estatua. Corrí y festejé, no sólo el gol, sino el haber descubierto que mi “Invocación” era José Tiburcio Serrizuela, el mismo. De ahí en más todo fue más fácil. Cada vez que me apuraban y tenía que reventar: “José Tiburcioooo” y la pelota viajaba muchos metros. Y ni hablar cuando quedaba perfilado para pegarle al arco, era infalible, infaltable, era “mi” Invocación de Fuerza. Hoy lo seguimos recordando, si bien no nos vemos mucho con los chicos, por cuestiones de la vida, vaya a saber uno, pero es infaltable la gran:
- ¿te acordás el Negro con el Mencho? Para mí que gustaba de él - tiraba alguno. Y del otro lado saltaba otro:
- si, ¿y vos? Con el cuki Silvani, era horrible ese.

A veces creo que nunca he perdido la capacidad de asombro, de dejarme llevar por situaciones tan comunes y corrientes, pero que para mí son tan significativas. Lo cierto es que los años pasaron y el otro día cuando regresaba a mi casa, me desvié y pasé justo por donde estaba nuestra canchita, ahora hay casas y asfalto por doquier. Me quedé parado unos segundos debajo de un alumbrado público y observaba con detalle todo lo que me rodeaba. Y recordaba ese momento en particular, el momento en que mis amigos y yo invocábamos a esos jugadores para poder ganar un partido o hacer un gol. Y creo que esta profesión, el periodismo, hizo su aporte. Porque si no hubiese sido por los relatos tan particulares de Marcelo Araujo y la identificación que produjo en nosotros, a lo mejor no hubieran tenido ese condimento los partiditos.

El Mencho, el Mono y el Tiburón, nuestras “Invocaciones Mágicas de Fuerza”, a ellos, les doy las gracias por permitirnos compartir y fortalecer una relación tan fraternal y, hasta por momentos, inocente y llena de compañerismo. En donde los denominadores en común fueron el fútbol y los amigos. Y a mi amigos…gracias, ustedes son, realmente, mis “Invocaciones Mágicas que me dan Fuerza”.


Para ustedes, Raúl Sebastián “Chivato” González, Juampi Domizi, Alejandro Juan José Sarmiento, Horacio “el Gordo” Salinas, Roberto Sebastian “Pirulo” Sarmiento, Carlitos Anzorena y Esteban Leonardo Quiroga. La banda del Pircas II. 1997     
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