Historia de la homosexualidad en Argentina

En el principio fue pecado, luego enfermedad y por último delito. Pese a todo, la homosexualidad estuvo presente antes de que el país soñara con serlo. En esta primera historia integral sobre este tema en nuestro país, el periodista Osvaldo Bazán logra un documentado relato de esta minoría sexual.

Por Osvaldo Bazán

La conquista y la colonización españolas y el choque entre la moral aún medieval de los conquistadores y misioneros con las costumbres sexuales de los pueblos aborígenes constituyen el punto de partida de esta extensa investigación. Que continúa en tiempos de la guerra por la Independencia y de la Organización Nacional, en los que se fraguó un país donde los “sodomitas” no tenían cabida.

La Generación del 80, con su política higienista, puso a los “invertidos” bajo la lupa de la ciencia y terminó convirtiendo en delincuentes a todos los “pederastas” del bajo fondo, ese sustrato social alimentado por anarquistas, inmigrantes rasos, malevos, compadritos, linyeras y tangueros: todos pasaron a ser sospechosos en la Buenos Aires de comienzos del siglo XX. Con el surgimiento del nacionalismo oligárquico y el militarismo, en los años treinta, los homosexuales se convirtieron en claros enemigos de la Patria y, por tanto, fueron condenados al ocultamiento.

Recién en la década del 60, pese a la cruzada oscurantista de Onganía y el prejuicio y rechazo sociales, los homosexuales comenzaron tímidamente a reaccionar, a agruparse, a defender su derecho a existir, a reivindicar la diferencia sexual. Aires de cambio que se materializaron al despuntar el movimiento del rock nacional y, en los 70, con la militancia revolucionaria abruptamente segada por la última dictadura militar.

La restauración democrática, en 1983, echó a rodar la rueda de un proceso lento, con marchas y contramarchas, pero irrefrenable, en busca del espacio que los homosexuales ocupan hoy con pleno derecho.

Atravesado por increíbles revelaciones, sostenidas por documentos, anécdotas y testimonios, este libro es una obra imprescindible para comprender a una minoría negada por la historia oficial.

EL MALEVO CEPEDA

¿Te acordás hermano, la Rubia Mireya, que quité en lo de Hansen al loco Cepeda?

Tajo corto, rápido, rojo y rápido. Supo –y no dijo, podrían haber sido sus últimas palabras pero no, los tangos hablarían de eso– por qué el cuchillo se le hundía en la ingle. La placita de México y Paseo Colón quedó desierta.

Rápida, roja y corta la extrema discusión. Todavía no eran las seis de la mañana del 30 de marzo de 1910. A los cuatro que venían con él se les hizo fácil perderse en la ciudad antes de que el sol los delatase. Dos se fueron por México hacia el oeste. Los otros dos, entre los que iba el matador, se perdieron por la zona de los diques. Habían salido, minutos antes, del café La Loba Chica donde habían pasado toda la noche.

Los tres marineros ingleses que pasaban por ahí de casualidad, vieron todo y nunca sabrían el porqué de esos insistentes cuchillazos buscando la ingle del adversario. No había un lunfardo que les explicase que esa era la costumbre que tenían los homosexuales cuando, debido a cuestiones de honor, protagonizaban una pelea con cuchillo.
A la ingle.
A la sangre del sexo.
Los ingleses le avisaron a Juan Quintana, vigilante de la esquina de Venezuela y Paseo Colón. Cuando Quintana llegó corriendo encontró el charco de sangre, a él en el medio y enseguida supo que estaba frente a Andrés Cepeda.
Lo había visto en innumerables rondas de reconocimiento. Andrés era uno de los fichados por el “manyamiento”. Respiraba, todavía, Cepeda, pero la vida se le iba de a borbotones. Quintana preguntó nombres, motivos, datos.
Andrés respiraba difícil, pero respiraba. Sin embargo no habló, su mano izquierda se abrió por última vez. Cayó el cuchillo.
Había muerto.

“La muerte, según el informe médico expedido por el doctor Carlos de Arenaza, se produjo por una herida cortante en el tercio superior externo del muslo izquierdo, lo que le provocó una grave hemorragia externa. En el parte policial consta que ‘tenía 40 años, era alto, delgado, trigueño y tenía una cicatriz en el lado izquierdo de la cara; vestía saco negro, chaleco de fantasía color oscuro con pintas verdes, pantalón gris a rayas, zapatos de cuero amarillo y sombrero ‘Orión’ negro. Entre sus pertenencias se hallaron: el citado cuchillo, que era de cabo negro con tres remaches amarillos, hoja de 20 centímetros marca ‘Bianco’; una vaina de cuero negra; una revista literaria; un pañuelo de color lila a cuadros y otro blanco con guardas de color; dos cartas;  un portamonedas de cuero colorado con dos pesos, moneda nacional; dos facsímiles de billetes de banco; una etiqueta de cigarrillos ‘La Paz’; una cartera de color marrón con 45 centavos en monedas, una corbata de seda color gris con pintas granates, y estaba registrado en Defraudaciones y Estafas con el Nº 635’. Hasta aquí, la letra fría del sumario instruido por la comisaría 2ª, única documentación válida encontrada.”

Lo que los ingleses no supieron entonces era que presenciaron la muerte de “el divino poeta de la prisión”, uno de los primeros poetas del tango argentino, amigo de Carlos Gardel, de Fray Mocho, de Gabino Ezeiza, de José Razzano: de hombres que de alguna manera marcaron para siempre la cultura argentina.

A cien años de su muerte, todavía un grupo de investigadores discute acaloradamente sobre los detalles de la vida de Andrés Cepeda. Di Santo publicó su trabajo en el 2000, descalificando en parte investigaciones anteriores de Miguel Angel Lafuente y José Barcia, quienes escribieron sendas comunicaciones sobre Cepeda para la Academia Porteña del Lunfardo.
También descalifica a Luis Soler Cañas, quien investigó al poeta y publicó sus trabajos en la prensa, y a Víctor Barrenechea, autor de Andrés Cepeda, su drama y su poesía. Vidas azarosas. De los asilos a las cárceles, hoy prácticamente inhallable. ¿Por qué tanto debate por un delincuente con más entradas en la cárcel que poesías?

Seguramente por la fascinación que provoca aún hoy un hombre que podría haber sido estrella de la época y prefirió ser fiel a sus inquietantes convicciones. Pese a tantas discusiones, pese al disfraz bienintencionado de la época, que buscó e inventó romances con mujeres, ningún investigador pudo eludir el tema de la homosexualidad. Aunque les hubiera gustado. Andrés no les dio oportunidad aunque también se encargó de dejar un montón de pistas falsas sobre su personalidad.

Eran purretes. Andaban por el Once, por el Paseo Colón, por las rancherías de Pompeya, por Boedo. Eran inseparables, los chicos. Andrés había conocido a Gabriel Alnoy4 y desde ese día habían compartido aventuras. Hasta que ambos decidieron escaparse de sus casas. Juntos, como los chiquitos que retrataba Cambaceres; revoltosos, como los describía Ingenieros; homosexuales, como los determinaba De Veyga.

Los cafés vieron a Andresito con su cajón de venta de cigarrillos, con su cajoncito de lustrabotas, con su caterva de amigos canillitas que vivían en la calle, en las chozas que armaban cerca del puerto. Había nacido en 1869 y después de varios años de pandilla entre el Paseo de Julio y la recova del Once, a los quince cayó enfermo. Alguien lo llevó entonces de vuelta a la vieja casa paterna. El padre de Andrés ya había fallecido. Andrés se quedó ahí, en el barrio de San Cristóbal, escuchando a su hermana Zulema que le leía poesías criollas de la revista uruguaya El Fogón, muy popular en ese entonces.

Se despertó el poeta del chico de la calle. Quiso saber las letras, el alfabeto, su mágica juntura.
Ya tenía veinte años en 1889 cuando conoció a Enrico Malatesta, quien lo invitó a que se sumara junto con Gabriel al trabajo del local donde se imprimía La Hoja Obrera. A partir de los 24 años, Andrés fue detenido una y otra vez. Di Santo hizo un registro extenso de esas detenciones y demostró que en ninguna de ellas el motivo declarado por la Policía para detenerlo fue la militancia anarquista.

La primera vez, el 1º de abril de 1894 en la esquina de Belgrano y Caridad, a las 20.30 horas, por contravención al edicto que no permitía llevar armas. Lo que mandó a Andrés a la comisaría fue un pequeño cuchillo de mango negro de madera. Después, el 13 de diciembre del mismo año, lo llevaron acusado de robarle un reloj de pared a la señora Catalina Bares, de la calle Rioja 2.280, cerca de la calle Caseros. Lo describieron como “argentino, de 25 años, soltero, blanco, pelo castaño, de bigotes ídem, ojos castaños, cigarrero, lee y escribe”.

El 7 de abril de 1895 fue detenido en la esquina de Bulnes y Gorriti. Lo mandaron al Depósito de Contraventores acusado de ebriedad y desorden. Dos meses después. Medianoche de junio. Andrés estaba en un almacén ubicado en Soria 530 escuchando a un cantor y guitarrero. Entró el vigilante y les indicó que debían retirarse. Pequeña batahola, dos de los parroquianos fueron asaltados y lesionados por cinco personas entre los que, dijo la Policía, se encontraba Cepeda. Preso. Al mes, en un almacén de Liniers y Venezuela, otra vez detenido por ebriedad y portación de armas. El 10 de noviembre se agarró a trompadas con un tal Félix Gallo, en Zavaleta y 92. Le dejó un ojo en compota mientras el otro le lanzaba cuchillazos a la ingle. Fue detenido y acusado de lesiones.

El 3 de abril de 1896 lo llevaron por hurto pero fue sobreseído. Tres meses después, el 20 de julio, protagonizó una de esas grescas míticas del arrabal. Entró con tres amigos al almacén de Independencia y Castro Barros. Pasó a la trastienda del lugar, en donde unas diez personas compartían unos tragos de ajenjo y de ginebra. Entró resuelto Andrés, encaró a dos o tres del grupo y les comenzó a gritar. Como en las películas, uno se paró, agarró un banco y lo lanzó a los visitantes. La riña terminó en desbande cuando llegó la Policía, que solo encontró a los que no pudieron fugar: “Tres del bando ofendido, con diversas heridas; uno con un hachazo en la cara, otro con las dos manos tajeadas y el más grave con una profunda herida en el vientre”. La marca sexual de la ingle que ya no se podría borrar. Andrés escapó aunque recibió dos balazos. Lo encontró grave la Policía al día siguiente en su casa de la calle Oruro. No le pudieron sacar una sola palabra de lo sucedido.

Así arreglaban sus cosas los hombres. Un mes después ya estaba repuesto y el 22 de agosto a las once de la noche, en Europa y Soria, los de la comisaría 28 lo detuvieron, borracho. Como no pudo pagar la multa, lo mandaron a la alcaldía 2ª.

El 4 de enero de 1897 como a las once de la noche, Andrés y su pandilla entraron al café de San Juan y Alberti, directo a discutir acaloradamente con un parroquiano al que Cepeda terminó cacheteando. El otro quiso sacar un arma pero Andrés, más rápido, lo acuchilló y salió corriendo. Dos meses y medio estuvo prófugo, hasta que cayó en la madrugada del 20 de marzo, cuando según la Policía intentó asaltar a una persona en Deán Funes y Constitución, donde lo detuvieron.

El 4 de mayo a la una de la madrugada participó de una pelea entre varios en Pasco entre Cochabamba y Constitución. Lo detuvieron por lesiones. En octubre otra vez adentro, por ebriedad y portación de armas. Ahí se abrió un período de 18 meses de tranquilidad pero en 1899 volvió a las comisarías: el 26 de abril por sospecha de hurto; el 8 de octubre por complicidad en intento de estafa; y el 12 de noviembre por tentativa de estafa: seis meses de arresto.

Con el nuevo siglo le fue aún peor. El 29 de abril de 1900 fue detenido por estafa y “sospechamos que a partir de este hecho comenzaron los problemas para Cepeda”, dice Di Santo, como si hasta ahora Andrés hubiera pasado sus días en un lecho de rosas. Lo había admitido De Veyga, la Policía utilizaba los códigos y edictos, alegaba contravenciones para crear un “delincuente reincidente” y entonces pedir su “vigilancia activa”. Y Andrés Cepeda era justo el candidato para requerir “vigilancia activa”. La esencia del mal según De Veyga.

La comisaría de investigaciones avisó: “Este sujeto es conocido por los nombres de Manuel González o Rufino o Rogelio Domínguez y como es un individuo peligroso y carece de bienes ni ocupación alguna, soy de la opinión que debe ser conocido por el personal de la repartición”. Firmaba la nota el comisario Carlos J. Costa y significó para Andrés ser detenido arbitrariamente durante los próximos diez años, los últimos de su vida, cada vez que lo encontraba un policía. “Un verdadero vía crucis”, sintetiza Di Santo.

El 19 de marzo de 1901, en Cabrera y Bustamante, lo detuvieron y lo enviaron al departamento acusándolo de desertor a la Ley de Enrolamiento. Declaró que no se enroló porque la autoridad se lo impedía siempre lo detenían. El 17 de enero de 1902 la causa alegada para arrestarlo fueron amenazas de muerte a un vigilante.

Nada calmaba la ira existencial de Andrés. Iba caminando con cuatro amigos a las once de la noche del 17 de marzo de 1903 por Independencia, entre Pozos y Sarandí. Estaban un poco ebrios. Una vez más se iba a dar la secuencia de “grupo caminando amistosamente riña entre ellos”. Nadie contó por qué Andrés y “Barberito” (Salvador Lavera), que venía en el grupo, comenzaron la pelea.

Todos sabían que la cosa venía de largo. Andrés arrancó del enrejado de uno de los árboles de la calle una varilla de hierro. No fue un altercado menor. Andrés tiró al piso a Barberito con un fierrazo que le pegó en la oreja izquierda. Una vez en el suelo, le siguió pegando.
Los gritos en la noche porteña avisaron al botón de la esquina y los detuvieron. En la comisaría 28 aseguraron que entre las ropas de Andrés encontraron una nota que decía “Magdalena, yo creo que me van hacer causa porque lo lastimé al barbero, después te informaré al respecto”. Andrés no solo rechazó ser el autor de la nota, sino que aseguró no entender qué hacía ese papel ahí. Negó conocer a Magdalena8 alguna.

Los investigadores, siempre tan dispuestos tanto a creer en la heterosexualidad de Andrés como a desechar indicios de homosexualidad, aseguran que convivía con Magdalena Deuconte, en Salcedo 2933. Se basan en ese papelito y en otro encontrado más tarde que Andrés siempre desmintió.

Es cierto que Andrés falsificaba habitualmente los datos sobre su vida, pero sus biógrafos aseguran sin demasiadas pruebas que, siendo adolescente, se enamoró de una chica y por la traición de esta se dedicó a la bebida y la mala vida. Y como no les parece suficiente dato para hablar de la deseada heterosexualidad de Andrés, juran también que su amor imposible fue una chica de clase alta y que al no poder concretar ese romance se entregó a los vicios.

Sus biógrafos parecen no querer asomarse al abismo de la personalidad de Cepeda. Aducen que sus poesías siempre se dedican al amor heterosexual. Otra vez aparece el problema de cómo dialogar con la historia de la homosexualidad en épocas que si bien parecen haber podido convivir con los diferentes sexuales, nunca hubieran permitido el registro de afirmación homosexual.

Eso era tan impensable como que Carlos Gardel hubiera escrito sobre el amor entre hombres y hubiera podido cantar y publicar esas canciones. Muchos años más tarde, el amigo y compositor de Carlos Gardel, José Razzano, muy amigo de Andrés, diría que a Cepeda lo encerraba la Policía por anarquista, en un intento por limpiar su imagen, quizás culposo por haberse quedado con los derechos de sus composiciones. Es más romántico un anarquista que un ladrón pendenciero. Es tan poco confiable el registro policial, tan proclive a inventar causas, que poco es lo que puede asegurarse al respecto. Lo más probable es que haya sido una mixtura lunfarda, un personaje bohemio del bajo fondo que podía reunir todas las características.

En la detención del 9 de junio de 1904 por la comisaría 2ª, fue acusado de agresión a la autoridad y lesiones. Eso se puede deber a que estaba borracho, a que le gritó una consigna anarquista al vigilante de la esquina o a que el policía lo quiso detener para otro manyamiento y Andrés se resistió. O como dijo un diario de la Capital “por estafar a un chacarero de Chacabuco”.

Lo que parece estar fuera de toda duda es que Andrés no dejaba las cuentas de honor sin saldar. El 4 de febrero de 1905 iba caminando por Viamonte, mirando el piso, y al llegar a Rodríguez Peña sintió algo en el ambiente. Se paró en seco. Levantó la mirada. El laberinto que habían ido tejiendo en la ciudad por casi un año, finalmente los convocaba en ese punto vacío de una Buenos Aires que dormía la siesta del verano. Se reconocieron sin palabras.

Ahí estaba el Barberito. No tardó nada en brillar en la mano del Barberito un cuchillo; en la de Andrés, un puñal. Eran las cuatro de la tarde y no hubo testigos de los insultos, de las miradas fieras, del dolor antiguo. El Barberito sintió el tajo en la cara al tiempo que Andrés perdía para siempre la posibilidad de usar el pulgar izquierdo y el meñique derecho. Cuando llegó la Policía, los lunfardos dieron clase de caballerosidad. Dijeron que eran amigos, que pasó un desconocido que agredió a Cepeda y que Barberito sólo quiso ayudar. Podían ser cualquier cosa, menos “batidores”.

Demostrando la arbitrariedad de la represión, Barberito fue a parar por este hecho menor, sin testigos ni acusador, siete años a la penitenciaría. Andrés estuvo preso durante nueve meses.
Pero ya en 1906 la ciudad era para Andrés una cárcel continua. La persecución era sistemática. Si cruzaba de una jurisdicción a otra era detenido para el manyamiento. Estaba enfermo, triste y sentía al mundo como una enorme pata de elefante que le aprisionaba el pecho.

(...)

Demasiado ingenuo, el anarquista peleador esperó una respuesta de Falcón quien, como vimos, tres años después hablaría de “ciertos focos de patología social inasimilables a nuestra personalidad colectiva”. El 4 de noviembre lo encontraron a las tres de la mañana intentando robar en una casa de la calle Victoria 2520. Es la última entrada por delito registrada, ya que todas las demás son por el manyamiento.

Cuando a Gardel le acercaron en 1925 el tango Tiempos viejos, un éxito que José Muñiz cantaba en La maravillosa revista de Manuel Romero y Luis Bayón Herrera, el morocho del Abasto puso como condición para interpretarlo que se le cambiase la estrofa “¿Te acordás hermano, la Rubia Mireya / que quité en lo de Hansen al loco Cepeda?”, porque sentía que esa mención no le hacía honor a su amigo. Por eso en su versión se escucha “que quité en lo de Hansen al loco Rivera”.

En las primeras grabaciones que realizó Gardel, en 1912, de catorce temas, cinco son de Cepeda: Me dejaste, La mariposa, El almohadón, A mi madre, y Yo sé hacer. Lola Membrives también incluyó en su repertorio trabajos de Andrés, como El pingo del amor, que se convirtió un éxito en su voz.

Hay algunos otros datos sueltos, en general contradictorios, sobre la vida de Andrés. Cuenta el payador Francisco Bianco que Andrés era “un paisano del pueblo de Brandsen, aventurero por cierto, le dio por recorrer los paisajes del gran Buenos Aires, en donde se puso a tono con amigos orilleros de todo ambiente. Todas sus poesías las escribió hallándose preso y se difundieron y popularizaron por la voz de los viejos troveros de los barrios porteños”. Hay quien afirma que su gran compañero “en la vida y en el arte” fue el payador Luis Galván, hecho que no corrobora ningún otro biógrafo.
Y entonces, la muerte.

Di Santo dice: “El origen de la pelea jamás fue develado oficialmente, ya que ninguno de los intervinientes pudo prestar declaración, ni se detuvo a los testigos del hecho. La versión que circuló por décadas, fue que se trató de un arreglo entre homosexuales, opinión, que si bien nunca fue avalada, tampoco fue desmentida”. No se entiende por qué Di Santo asegura que la
versión “nunca fue avalada” ya que él tenía conocimiento de las dos comunicaciones de la Academia Porteña del Lunfardo, que ampliamente avalaban la “versión” de la homosexualidad: la de Miguel Ángel Lafuente en donde consta: “Parece confirmarse, empero, la versión de que Cepeda era homosexual activo. Días pasados, con los señores académicos Alposta y Bossio, visitamos al anciano poeta Martín Castro, con quien conversamos acerca de viejos escritores populares. Al referirse a Cepeda nos ratificó Castro que aquel tenía inclinaciones sexuales aberrantes. Un individuo vejado por Cepeda se habría convertido en motivo de burla para sus compañeros y conocidos. Por esa razón emigró a Montevideo, pero tiempo después, al regresar a Buenos Aires, se vengó de Cepeda infiriéndole una puñalada. Esta es, en síntesis, la versión de Martín Castro” y la de José Barcia, que decía:

“Hablé con un viejo malandrín. Lo había conocido y más de una vez compartieron el cuadro en la leonera. Me aseguró que la muerte de Cepeda fue el epílogo de una disputa por la posesión de un muchacho maricón, porque tanto Cepeda como su matador eran bufarrachos”. Castro aseguró, según Lafuente, que a Andrés Cepeda le gustaban los “jopendes”.

Si fue por venganza o disputándose un lindo “jopende” como trofeo sexual, será difícil saberlo. Lo que se conoce es que al asesino no le fue tan bien. Poco tiempo después en Palermo, en la calle Tagle, cerca del ferrocarril, murió acuchillado. Las deudas del arrabal siempre se pagan.

Andrés tuvo oportunidad de denunciar a su asesino segundos antes de la muerte, cuando el oficial Quintana se lo preguntó. No lo hizo y ese gesto inspiró más tarde dos tangos que cantaría Carlos Gardel.

Apenas disfrazando algunos nombres, la “gesta” de Andrés quedó grabada en Sangre maleva, con música de Dante Tortonese y letra de Juan Miguel Velich y Pedro Platas: “Por Boca, Avellaneda, Barracas, Puente Alsina, / Belgrano, Mataderos y en todo el arrabal / paseó sus gallardías el zurdo Cruz Medina, / que fuera un buen amigo, sin grupo servicial. / Templado en el suburbio, fue taita entre matones,/ vivió tejiendo sueños allá en el callejón, / en donde por las noches ondaban los botones / y en el café del barrio gemía el bandoneón. / Era un
malevo sin trampas, sin padrinos y sin gloria; / sin miga de tanta historia, pero buen mozo y de acción. / Caseros lo vio jugarse sin aflojar ni un chiquito, / y en la nueve queda inscripto su coraje de varón. / Pero una noche oscura, guapeó en Avellaneda, / y en una rinconada del trágico arrabal / sonaron tres balazos y sobre la vereda / caía un hombre herido blandiendo su puñal. / Se oyeron los auxilios, corrió la Policía, / y en un charcal de sangre, sonriendo al taita halló, / que herido mortalmente, rebelde en su agonía, / con voz de macho entero, sin pestañear habló; / No me pregunten agentes, el hombre que me ha herido, / que será tiempo perdido porque no soy delator. / Déjenme, nomás, que muera, y esto a nadie asombre, / que el varón para ser hombre, no debe ser batidor”.

Otro homenaje en clave está en el tango No fue batidor, con música de Enrique Mora y letra de Germán Rienda: “Los barrios porteños, lo vieron pasearse / luciendo su estampa en toda ocasión. / Y allá en Mataderos, buscó refugiarse, / sentando su hombría de guapo en la acción. / Por hombre derecho llegó a conquistarse, / no solo gran fama, sino un corazón, / por quien una noche llegara a jugarse / la vida en un duelo, frente a otro varón. / Sin padrinos ni testigos / se encontraron los rivales / y el silencio de la noche un disparo interrumpió. / Y el malevo en desventaja / por las armas desiguales / con el pecho ensangrentado como un macho allí cayó. / De pronto un auxilio, y allá en la cortada / tendido en la calle se ve aquel varón... / que ayer entre taitas bien fuerte tallaba, / y al que hoy un cariño, sus manos pialó. / Rodeao de botones, se aguanta rebelde, / no afloja ni un pucho y en tanto dolor, / con gesto de rabia, los labios se muerde, / pa’ no dar el nombre de aquel que lo hirió. / Y el malevo ya vencido, / palpitando su agonía, / mirando a la Policía, / suplicaba en su dolor: / “Déjenme morir tranquilo, / sin que deschave su nombre / que el hombre para ser hombre / ¡No debe ser batidor!”.

Impresiona gratamente la falta de prejuicio de los autores que obviamente conocían la homosexualidad de Cepeda o al menos el mito de su existencia y, sin embargo, hablan no solo de su “coraje de varón”, su “voz de macho entero”, su “hombría de hombre de acción” sino que además lo erigen como ejemplo de masculinidad al no ser “batidor”. Cumple el “deber ser” no por su sexualidad sino por su actitud honrosa ante la vida. Si bien no fue un dato muy difundido el hecho de que tanto Sangre maleva como No fue batidor estuvieran inspirados en Andrés Cepeda, los iniciados sí sabían de qué se trataba. Para ellos era un homenaje bastante claro a un anarquista reputado como delincuente y homosexual. Menos optimista podría ser pensar que los autores cubrieron al poeta difunto con loas a su masculinidad para disfrazar su homosexualidad. Sin embargo, en ninguna de las dos canciones se utiliza el subterfugio de la mujer por la cual habría muerto el muchacho, lo que le daría cabalmente su interpretación heterosexual que ninguno de los autores estuvo dispuesto a hacer.

Andrés, rubio, picado de viruela, con bigotazo enorme, vivió rápido y murió a los cuarenta. Sus poesías son tristes, muy tristes. Tuvo la virtud, la desgracia, de ser el cometa que encarnó el espíritu del paso de un siglo a otro.

Brilló, repartió fuego, desapareció. En su velorio, más que simbólicamente, la Policía entró y se llevó a casi toda la concurrencia según le contó Raymundo Bianco, “el argollero de Constitución” a su sobrino Francisco. Con su muerte se iba también una Buenos Aires lunfarda que de allí en más soportaría demasiadas traiciones. Y así como Andrés no figuró en las canciones que escribió y que se siguieron cantando en todo el siglo XX, el barro que le dio origen también sería negado. La Policía se los llevó a todos.

De Historia de la homosexualidad en la Argentina. De la Conquista de América al siglo XXI. de  Osvaldo Bazán. Buenos Aires, Marea, 2009. 408 páginas.

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  1. En la película la Mireya da a entender en una parte que el malevo llevaba los cubiertos en el bolsillo.
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