Una muerte perfecta, de Daniel Herrera

Hoy no tengo ganas de hablar. Siempre empezaba así sus charlas, sólo que a las que él proponía le agregaba "pero tengo algo que decir". Cuando deseaba cortar cualquier discusión, apuntaba que ya había dicho que no tenía ganas de hablar.
­ Abuelo, quería hablarle de Barrabás.
Las conversaciones con el abuelo, pese a su laconismo, a veces se tornaban largas; es que antes de cada comentario se tomaba su tiempo, no sé si pensando en lo que iba a decir, o para probar la paciencia de su interlocutor.
­ ¿Che, cazzo succede con Barrabás?
­ Que no ve nada, y tiene más males que la tía Victoria.
­ La Vittoria no tiene males. Se los cree.
­ Bueno, pero Barrabás está achacado en serio.
El perro, como sabiendo de qué hablábamos, se levantó, dio una sacudida y rodeó la silla del abuelo para echarse del otro lado.
­ ¿Y qué con que esté achacado?
­ Se trata de una cuestión de humanidad. ¿Usted ha visto cómo vuelve cada vez que salen a cazar? Todo lastimado.
­ Ya no me entusiasma ir a cazar.
­ No abuelo, no me diga una cosa por otra. Usted no sale a cazar últimamente porque también ha notado cómo vuelve el Barrabás ­el perro levantó las cejas, me miró, y otra vez cerró los ojos­, usted no sale a cazar porque no quiere causarle daño.
Se tomó su tiempo y agregó:
­ ¿Y está muy mal que no salga a cazar por eso?
­ No abuelo, lo...
­ ¿Qué querés, que salga y lo deje aquí?
­ No, no sé...
­ ¿Qué lo deje atado, llorando, lastimándose el cuello con el forcejeo, para que no se clave una espina?
Nunca tuve mucho tacto. De hecho, cuando había que hablar algo con el abuelo, en la familia todos se oponían a que fuera yo el que llevara la voz cantante. Aunque siempre sentí que el abuelo me respetaba y que apreciaba el que yo fuera directo y dejara las vueltas de lado.
­ Lo que estoy diciendo es que llega un momento en que a los animales hay que sacrificarlos.
­ Figlio da putana ­dijo en voz baja, de inmediato, sin tomarse su tiempo para elaborar la frase. Pero ahí nomás agregó:
­Con perdón de la Francesca, que era una santa.
Dejé que corriese el tiempo prendiéndome un cigarrillo. Sentí que a él también se le había cruzado por la mente mi propuesta, porque no me cortó con aquello de que no tenía ganas de hablar.
­ Abuelo ­continué­, sabe, yo pienso que hay muertes... inoportunas y..., y muertes perfectas. Las inoportunas por prematuras o por tardías, son las que ocurren cuando alguien no tiene que morirse, si a uno se le va un hijo, o como cuando murió mi vieja, abuelo, la mami no tendría que haberse muerto, no era justo. Pero pasó, y ya está. Pero hay muertes perfectas también, aquellas en donde uno se muere rápido, sin sufrir largas enfermedades, sin someter a una carga terrible a los que lo rodean, que llegan de pronto cuando uno está con lo suyo vivido, habiendo cumplido. Bueno, el Barrabás... no está sabiendo morirse. Y creo que hay que ayudarlo­ concluí, conforme con mi diplomacia.
El abuelo sacó un papel, lo dobló entre sus dedos y espolvoreó suficiente tabaco en la concavidad. Lamió uno de los bordes y fue enrollando con lentitud hasta dejar un acabado cilindro. Nunca pude hacerlo. Le ofrecí fuego con mi encendedor, pero me miró con desdén y sacó de un bolsillo una caja de Ranchera. Hacía años que no las veía. Echó unas bocanadas y hurgó entre sus labios buscando una hebra de tabaco.
­ Lo de Barrabás no es vida­ agregué, más que nada para interrumpir los silencios con los que el viejo sometía a sus interlocutores­. Está completamente ciego, no sé qué tiene en la piel que se le cae el pelo en un costado, tiene el culo medio salido para afuera.
­ In questa casa l¹unico che maledice sono io.
Y cuando el abuelo hablaba algo en italiano, no se podía transar.
­ Está bien, pero usted me entiende. Usted ha dejado de ir a cazar por el
Barrabás, ir a cazar, que siempre fue su pasión, su única pasión.
­ Mi pasión fue tu abuela.
Esta vez hice yo la pausa.
­ Bueno, ahí tiene ­proseguí­. Cuando se nos fue la abuela Pilar, fue una muerte perfecta, cuando le vinieron los males, nos dejó en una semana, sin que ella sufriera ni...
­ Stai zitto, mascalzone.
­ Disculpe abuelo, por ahí soy...
­ Pilar... ­me cortó, levantando la vista a las montañas­ la enterré detrás de aquel monte porque ese fue el lugar que elegimos cuando nos asentamos, pero teníamos problemas con el agua, por eso terminamos levantando la casa acá, ¿sabías eso?
­ Sí, abuelo.
­ Pero aquel era nuestro lugar. Muchas veces no voy a cazar. Voy y me instalo ahí, con Barrabás, a hablarle a mi Pilar.
Hizo una larga pausa que no me atreví a interrumpir.
­ ¿Sabés cómo lo encontré a Barrabás?­ el perro levantó una oreja y abrió los ojos­. Un puma había destrozado a la madre y a algunos cachorros, tres, cuatro, no sé, ¿alguna vez te conté esto?
­ Sí.
­ Barrabás se había escondido debajo de un zarzal y ahí estaba, gimiendo; supongo que el puma se sació con la madre y los hermanos, no creo que hubiera tenido demasiado inconveniente en destrozarlo si se lo proponía.
Pero ahí estaba el cachorro de no más de tres días: sin la madre, aterrado, todo pinchado.
Me miró a los ojos, cosa que normalmente no hacía. Dio una última pitada y arrojó la colilla.
­ Yo lo vi nacer.
­ Eso no cambia nada. No se justifica que usted lo deje viviendo una vida de porquería, el veterinario le dijo que lo del trasero no tenía cura y que había que sacrificarlo y que no iba a vivir más de tres meses, pero el Barrabás es tozudo. No sabe lo que es una muerte perfecta.
Comenzó a liarse otro cigarrillo.
­ ¿Sabías que este perro me salvó la vida?
­ Sí, abuelo ­dije con desgano, aunque sabía que igual me lo contaría otra vez.

­ Cuando me caí en esa hondonada, porcha miseria, fue Barrabás el que comprendió que yo no la contaba y se vino hasta acá y se hizo entender y no se perdió, y a mí me sacaron dos días después. ¿Eso no cuenta?
­ Sí cuenta, abuelo. Pero usted sabe que le duele, usted sabe que lo del trasero le duele, todos lo escuchamos gemir de noche, nosotros cuando venimos, pero usted siempre... Toda la noche, todas las noches, eso no me lo puede negar.
Así seguimos. Entre silencios, bocanadas de humo y comentarios nostálgicos, entre titubeos y pequeñas concesiones. Al fin, ya de noche y refrescando, después de que Clara se asomara un par de veces a ver cuánto nos faltaba, el abuelo aceptó.
­ Si quiere, lo hago yo ­le propuse­. Así usted no se ve sometido a ese ingrato momento.
­ No, hijo, no. Si alguien tiene que hacerlo debo ser yo.
­ Está bien abuelo­. El paso que iba a dar no era nada sencillo, y aunque el abuelo no era de arrugar, pensé que podía echarse atrás, así que agregué:
­¿Quiere que el fin de semana que viene me caiga por acá, y aunque lo haga usted, estoy al lado para acompañarlo?
­ Venite el fin de semana que viene, solo, no te traigas la conejera. Vamos a ir hasta detrás de la colina, donde está Pilar, lo voy a enterrar al lado.
La Pilar también lo quiso mucho al Barrabás.
Siete días después me aparecí temprano. El abuelo me esperaba, vestido como solía hacerlo para salir a cazar, con la escopeta colgando del brazo y Barrabás a sus pies, echado. Cuando el perro me vio bajar de la camioneta ladró una sola vez, no sé si fue un saludo, o un reparo.
El abuelo no quiso que fuéramos caminando, dijo que no iba a poder aguantar la vuelta. Subimos los tres a la camioneta, mientras nos despedía la Basilicia con cara de circunstancia, como oliéndose algo anormal, aunque sé que el abuelo no le habría adelantado nada. Si el viejo pecaba de algo, era de callado. Cuando llegamos al pie de la colina me pidió que me detuviera, que desde allí seguiría solo, con Barrabás. No quería testigos de lo que iba a hacer.

Los vi subir el monte, trastabillando, deteniéndose cada tanto para recuperar el aire, pero con constancia, como fue toda la vida del viejo.
Detrás suyo avanzaba el perro, esquivando arbustos después de atropellárselos. Al fin se perdieron más allá de la colina.
Esperé unos diez minutos, tal vez quince, o veinte; me dije que no debía ser fácil apretar el gatillo y le concedí más tiempo. Unos tres cigarrillos después, sin haber escuchado un disparo, arranqué la camioneta y rodeé el monte. Los encontré al lado de la tumba de la abuela Pilar. El abuelo,sentado en el suelo polvoriento, con una mano en el pecho, entre los pliegues de la camisa y la espalda apoyada en el mismo árbol que alguna vez eligiera para que su amada tuviera sombra en la última morada. A un lado estaba la escopeta, semienterrada en el polvo sutil; del otro, Barrabás, echado, lamiéndole la mano inerte a su amo. Una muerte perfecta. Eso pensé en ese preciso instante, una muerte perfecta; sin embargo, hasta el día de hoy no puedo aventar completamente la sensación de que de algún modo contribuí a que las cosas ocurrieran así.
A Barrabás no hubo modo de sacarlo de ahí. La familia entera se hizo presente y trajimos un cura amigo que comprendió los arraigos y afectos en juego. Lo enterramos a un metro de la abuela Pilar.
Yo regresé al otro día, a insistir inútilmente en traerme al perro y tuve que volver también al día siguiente. No hubo caso. A Barrabás lo enterré al lado del abuelo.
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