El sexo en la Biblia

¿Cómo se enamoraban los personajes de la Biblia? ¿Cómo se practicaba el acto sexual? ¿Cuáles eran las técnicas de seducción? ¿Por qué era tan preciada la virginidad femenina? ¿Cómo se ejercía la prostitución? ¿Qué suerte corrían los adúlteros? ¿Tenía cabida la homosexualidad?

Por Marco Schwartz

El novelista y ensayista colombiano Marco Schwartz da respuestas a estos y otros interrogantes relativos al amor y al sexo en la Biblia, la obra literaria que más ha influido en la configuración de las conductas y valores de la civilización occidental.

Centrado en el Antiguo Testamento, aunque con referencias al Nuevo Testamento, El sexo en la Biblia refiere con gran precisión las concepciones eróticas de la tradición judeocristiana y lleva al lector a través de un recorrido por la intimidad y las pasiones de los personajes bíblicos, describiéndolos como seres de carne y hueso que debían cumplir con las prescripciones de la ley de Dios pero cuya voluntad en varias ocasiones se doblegaba ante sus deseos más humanos.

La desnudez

Las palabras que se intercambian los amantes del Cantar de los Cantares sugieren que las parejas, por lo menos algunas de ellas, se desnudaban por completo para practicar el acto sexual. Sólo así se explica que el novio pueda alabar los pechos y el ombligo de su amada ¿"dos mellizas de gacelas que triscan entre las azucenas" y un "ánfora en que no falta el vino", respectivamente¿; y que ella equipare el vientre del novio a una "masa de marfil cuajada de zafiros".

Esa dichosa entrega pasional contrasta, sin embargo, con la idea que la Biblia presenta de la desnudez. Esta es sinónimo de pobreza, de humildad, de desprotección, incluso de oprobio y vergüenza. La costumbre de hacer el amor por la noche quizá estaba relacionada con el sentimiento de zozobra que producía la visión de los cuerpos desnudos.

Según la Biblia, la desnudez era al comienzo el estado natural de la humanidad. Pero las cosas cambiaron cuando la primera pareja, instigada por la serpiente, comió del fruto prohibido del bien y el mal. El hombre y la mujer tomaron conciencia de su desnudez y se cosieron unos ceñidores de hojas de higuera. A partir de ese momento, la exposición de los genitales se convirtió en una especie de tabú.

La ley mosaica exige a los sacerdotes que deben "llevar calzones de lino para cubrir su desnudez, que lleguen desde la cintura hasta los muslos", de modo que nadie pueda ver sus genitales desde más abajo. El patriarca diluviano Noé maldijo a su hijo Cam y a toda su descendencia por haberlo visto desnudo cuando dormía ebrio en su tienda. En cambio, bendijo a sus otros dos hijos, Sem y Jafet, que, tomando un manto, se lo pusieron sobre los hombros "y yendo de espaldas, vuelto el rostro, cubrieron sin verla la desnudez de su padre".

Dejar desnudo o semidesnudo al enemigo es la peor humillación que se le puede infligir. Fue lo que hizo Janún, recién coronado rey de los ammonitas, con unos embajadores que le envió el rey israelita David para que le expresaran sus sentimientos por la muerte de su padre. Janún fue convencido por los jerarcas de su pueblo de que los emisarios no habían ido realmente a honrar al difunto monarca, sino en misión de espionaje. Entonces, "tomando a los embajadores de David, rapoles la mitad de la barba y les cortó los vestidos hasta la mitad de las nalgas, y los despidió". Informado del suceso, David envió gente al encuentro de sus embajadores, que "estaban en gran confusión". En una de sus soflamas, el profeta Isaías advierte a los israelitas que les afeitará los "pelos de los pies", en alusión al vello público.

Tal vez por su significado de humildad extrema, la desnudez acompaña los trances proféticos. El rey Saúl, en su persecución contra David, se encaminó hacia la ciudad de Nayot en Ramá, ciudad donde residía el profeta Samuel.

Entonces "el espíritu de Dios se apoderó de él, e iba profetizando hasta que llegó a Nayot de Ramá, y quitándose sus vestiduras profetizó él también ante Samuel, y se estuvo desnudo por tierra todo aquel día y toda la noche. De ahí el proverbio: '¿También Saúl entre los profetas?'". El libro de Isaías cuenta que este profeta estuvo tres años "desnudo y descalzo". El profeta Miqueas narra así su éxtasis: "Por eso yo gimo y me lamento, y voy descalzo y desnudo y aulló como chacal, y gimo como avestruz. Porque su desastre es irremediable, y ha invadido a Judá".

La irrupción de la cultura helenística, a finales del siglo iv a. C., provocó un cambio radical en las costumbres. Los jóvenes empezaron a cultivar sus cuerpos y a participar desnudos en juegos gimnásticos de tipo griego, para lo cual reconstruyeron sus prepucios. El escritor del libro de Macabeos da cuenta, manifiestamente alarmado, de lo que sucedía en Judea hacia finales del siglo II a. C.: "Salieron de Israel por aquellos días hijos inicuos, que persuadieron al pueblo, diciéndole:

'Hagamos alianza con las naciones vecinas, pues desde que nos separamos de ellas nos han sobrevenido tantos males', y a muchos les parecieron bien semejantes discursos. Algunos del pueblo se ofrecieron a ir al rey, el cual les dio facultad para seguir las instituciones de los gentiles. En virtud de esto, levantaron en Jerusalén un gimnasio conforme a los usos paganos, se restituyeron los prepucios, abandonaron la alianza santa, haciendo causa común con los gentiles, y se vendieron al mal".

De El sexo en la Biblia, de Marco Schwartz. Bogotá, Norma, 2008. 272 páginas.

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