El chino, de Henning Mankell

(fragmento)

Siempre me siento más solo cuando hace frío.

El frío del exterior me hace pensar en el de mi propio cuerpo. Me veo atacado desde dos frentes. Pero yo no dejo de oponer resistencia contra el frío y contra la soledad. De ahí que, cada mañana, salga a cavar un agujero en el hielo. Si alguien me observase desde la helada bahía con unos prismáticos, creería que estoy loco y que lo que hago es preparar mi propia muerte. ¿Un hombre desnudo en el gélido frío invernal, con un hacha en la mano cavando un agujero en el hielo?

En realidad, tal vez sea eso lo que espero, que un día haya alguien ahí fuera, una negra sombra que se recorte contra la inmensa blancura que me rodea, que me mire y se pregunte si llegará a tiempo de intervenir antes de que sea demasiado tarde. Pero no necesito que nadie me salve, puesto que no tengo intención de suicidarme.

Hace años, cuando la gran catástrofe, la desesperación y la ira se apoderaban de mí con tal violencia que, en alguna ocasión, sopesé la posibilidad de acabar con mi vida. Pero jamás lo intenté. La cobardía ha sido siempre para mí una fiel compañera. Entonces, como ahora, pensaba que la vida consiste en no cejar. La vida es una frágil rama que se mece sobre un abismo. Y seguiré colgado de ella tanto tiempo como yo mismo resista. Después me precipitaré al fondo, como todos, y no sé qué me espera. ¿Habrá algo sobre lo que caer o no existirá nada más que una oscuridad fría y dura precipitándose hacia mí?

 

 

El mar está helado.

El invierno se ha presentado duro este año, al principio del nuevo milenio. Esta mañana, cuando me desperté en las tinieblas propias del mes de diciembre, me pareció oír el canto del hielo. No sé de dónde he sacado la idea de que el hielo puede cantar. Tal vez sea algo que, de niño, le oí contar a mi abuelo, nacido aquí, en el archipiélago.

Pero el hecho es que me desperté en la oscuridad a causa de un ruido. Y no había sido el gato, ni el perro. El sueño de esos dos animales que me acompañan es más profundo que el mío. El gato es viejo y el perro está sordo del oído derecho y la capacidad auditiva de su oído izquierdo está seriamente mermada. Puedo incluso pasar junto a él sin que se dé cuenta.

Pero ¿y ese ruido?

Intenté orientarme en la oscuridad. Me llevó unos minutos comprender que debía de ser el hielo que se movía, pese a que aquí, en la bahía, tiene un grosor de varios decímetros. La semana pasada, un día en que me sentía más inquieto de lo habitual, fui hasta la frontera donde el hielo se encuentra con el mar abierto. Y se extendía un kilómetro más allá de los islotes más remotos. Es decir, que la placa de hielo no debería moverse aquí, en la bahía. Sin embargo, se elevaba y descendía, crujía y cantaba.

Presté atención al ruido aquel, y, de pronto, pensé que la vida ha pasado muy rápido. Y aquí me veo ahora. Un hombre de sesenta y seis años, económicamente independiente, con un recuerdo que es para mí una tortura constante. Crecí en medio de una pobreza imposible de imaginar hoy en este país. Mi padre, que tenía sobrepeso, era un simple camarero y mi madre hacía milagros para estirar el dinero. Yo salí trepando de ese pozo de pobreza. Cuando era niño, pasaba los veranos jugando en este lugar, sin sospechar en absoluto que el tiempo siempre va a menos. En aquella época, mis abuelos aún trabajaban, la vejez no había reducido sus vidas a inmovilidad y espera. Él olía siempre a pescado y a mi abuela le faltaban todos los dientes. Pese a que siempre se portaba bien conmigo, había algo aterrador cada vez que su sonrisa le dibujaba en el rostro un agujero negro.

No hace nada que me encontraba en el primer acto. Y ya ha empezado el epílogo.

El hielo cantaba en la oscuridad y yo me pregunté si no estaría sufriendo un ataque al corazón. Me levanté y me tomé la presión sanguínea. Estaba bien, ciento cincuenta y cinco sobre noventa; y el pulso también era normal, sesenta y cuatro pulsaciones. Comprobé si me dolía algo. Sentía cierto dolor en la pierna izquierda. Suele sucederme, pero no me preocupa. El hielo, en cambio, hacía que me sintiese abatido. Sonaba como un extraño coro de voces ambiguas. Me senté en la cocina y aguardé el alba. Las vigas crujían. Bien porque el frío tensaba la madera o a causa de algún ratón que circulaba por sus túneles secretos.

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