Pura anarquía

Sólo un genial humorista como Woody Allen podría concebir un musical en torno de la Viena de "fin de siècle" en el que Alma Mahler "intima", sucesivamente, con Gustav Mahler, Walter Gropius, Oskar Kokoschka, Franz Werfel, Gustav Klimt, Egon Schiele, Ludwig Wittgenstein y Karl Popper.

Por Woody Allen

El viacrucis por el que pasa un incauto que confía las reformas de su casa a un contratista sospechosamente sensato; un delirante intercambio epistolar entre el director de unas colonias de verano y el padre de uno de los niños (bastante zoquete, todo sea dicho) que pasa allí las vacaciones; las vicisitudes de un hombre que, en plena moda New Age, aspira a levitar pero que se lanza a practicar sin dominar la técnica... Éstas son algunas de las desternillantes situaciones que describe Allen en su nuevo libro.

Además de psiquiatras que acaban peor que sus pacientes, y desdichados actores dispuestos a hacer lo que sea para poder comer, desfilan por estos relatos sociedades estrafalarias, como la empresa que subasta en eBay oraciones para que se cumplan deseos... sin demasiadas garantías, e ingenuos a los que les quieren vender trajes que exhalan olores, proveen de agua o recargan el móvil con sólo frotarlo contra una de sus mangas.

Veinticinco años después de su último libro de relatos, Woody Allen vuelve a hacernos reír con sus historias: desde la policía hasta los gourmets, pasando por Mickey Mouse, los detectives privados o las guarderías, nada escapa a las ácidas burlas de Woody Allen en estos dieciocho relatos.

Calistenia, urticaria, montaje final

Habida cuenta de que, cuando yo era niño, cada verano me anestesiaban y me arrastraban por la fuerza a distintas casas de colonias con nombres indios a orillas de algún lago, donde me esforzaba por aprender a nadar al estilo perro bajo la mirada torva de los capos, también conocidos como monitores, hace poco llamó mi atención un anuncio en las últimas páginas del New York Times Magazine. Entre los habituales vertederos donde los padres acomodados podían aparcar a su llorona progenie para disfrutar así de unos comatosos meses de julio y agosto, se incluían ofertas de especialidades tan de moda como los campamentos de baloncesto, de magia, de informática, de jazz y –acaso el más deslumbrante de todos– de cine.

Por lo visto, en algún lugar entre los grillos y la ambrosía, un adolescente interesado en el montaje podía dedicar plácidamente sus vacaciones a aprender cosas como la escritura de diálogos merecedores de un Oscar, los ángulos de cámara adecuados, interpretación, montaje, mezcla de sonidos y, por lo que sé, incluso la mejor manera de comprar una casa en Bel Air con aparcacoches y todo. Mientras otros adolescentes menos soñadores buscan puntas de flecha, cierto número de Von Stroheims en ciernes hacen sus propias películas originales, un proyecto de vacaciones más moderno y con más estilo que, por ejemplo, trenzar un cordón para colgarse la llave del monopatín.

Esta costosa evocación parece muy alejada del Campamento Melanoma, supervisado por Moe y Elsie Varnishke en Loch Sheldrake, donde a los catorce años me aburrí como una ostra jugando a matar con la pelota y contribuyendo a mantener saneada la industria de las lociones de calamina para la urticaria. No era fácil imaginar a una pareja de papás como los Varnishke dirigiendo algo de apariencia tan chic como un campamento de cine, y sólo los efluvios de un pescado ahumado que a la sazón yo deconstruía en el Carnegie Deli indujeron en mí moléculas alucinatorias suficientes para evocar la siguiente correspondencia.

Querido señor Varnishke:

Con el advenimiento del otoño, que tiñe la vegetación con su sublime paleta de colores óxido y ámbar, debo interrumpir mis quehaceres cotidianos aquí en Wall & William para darle las gracias por proporcionar a mi preciado vástago Algae un verano rico y productivo en su rústico paraíso, tradicional y sin embargo innovador. Sus relatos sobre excursiones a pie y en canoa sorprenden por su parecido con las descripciones que sir Edmund Hillary y Thor Heyerdahl hicieron de sus travesías. Añaden ese toquecillo sabroso a esas horas intensas y diligentes que mi hijo pasó con usted aprendiendo las diversas técnicas cinematográficas. El hecho de que la película de Algae, rodada en ocho semanas, sea una obra tan lograda y apasionante que Miramax nos ofrece dieciséis millones de dólares por los derechos nacionales excede lo que cualquier padre podría haber soñado, por más que su madre y yo siempre hayamos sabido que el chico estaba ungido por las musas.

Ahora bien, lo que sí me sorprendió, aunque sólo durante un nanosegundo, fue la carta en la que insinuaba usted que el cincuenta por ciento del antedicho anticipo debería llegar de algún modo a su bolsillo. Es inconcebible que una pareja tan encantadora como la formada por la señora Varnishke y usted albergue la psicótica fantasía de que tienen el más mínimo derecho al fruto de la creatividad de mi hijo. En pocas palabras, permítame asegurarle que, por más que la obra maestra de Algae alzara el vuelo entre las ruinosas chabolas presentadas en su folleto como el Hollywood de los montes Catskill, a ustedes les corresponde un diezmo del cero por ciento sobre las imprevistas ganancias de la sangre de mi sangre. Supongo que lo que intento decirles de una manera considerada a usted y a esa salamandra avariciosa que comparte su lecho y que, como por causalidad he sabido, es la impulsora de esta estafa por correo, es esto: váyanse a tomar viento.

Cordialmente,
Winston Snell


Mi querido señor Snell:

Muchas gracias por su pronta respuesta a mi nota y por la honrosa admisión de que la película de su hijo se lo debe todo a nuestro idílico centro de recreo campestre, descrito como «chabolas» en lo que, le aseguro, pronto será la Prueba A. Por otro lado, y a propósito de Elsie, le diré que no hay mujer más extraordinaria, pese a ciertos comentarios vulgares que usted dejó caer cuando vino de visita, llamando la atención sobre sus venas varicosas, cosa que no arrancó las risas ni siquiera de los mozos de comedor, que la odian como al raticida. Antes de abrir la boca para aludir jocosamente a esa a la que usted llama salamandra, debería saber que mi esposa es una abnegada mujer que padece una maldición conocida como síndrome de Ménière y créame si le digo que todas las mañanas, cuando se levanta de la cama, acaba chocando contra el armario. Debería tener usted una enfermedad así, seguro que entonces no jugaría al tenis con tanta agilidad cada semana en el club con sus compinches de pantalones de pinzas, todos ellos a punto de comparecer ante el juez. Yo, personalmente, no gano fortunas especulando con las pensiones ajenas. Dirijo un honrado y agradable campamento de cinematografía, que mi esposa y yo fundamos con el dinero ahorrado en la época en que teníamos una tienda de golosinas. Por aquel entonces, si vendíamos unos cuantos pares más de labios postizos quizá nos alcanzaba para comer carpa una vez por semana.

Entretanto, la película de su hijo se realizó bajo la supervisión o, mejor dicho, con la colaboración de nuestro personal, unos profesionales fuera de serie que –se lo dice Monroe Varnishke– ya querrían para sí los grandes estudios: si contaran con ellos no producirían siempre esa basura para edades mentales inferiores a diez años. Da la casualidad de que Sy Popkin, quien inculcó, y personalmente, los conceptos básicos al pequeño plasta de su hijo, es uno de los grandes talentos no reconocidos de Hollywood. Podría haber ganado cincuenta Oscars si no lo hubiesen sorprendido en México, una única vez, saliendo con Trotski y dos chicas, coincidencia que lo excluyó para siempre de las nóminas de esos tarados que a la mínima se acoquinan. También tenemos una asesora teatral, Hydra Waxman, que renunció a una prometedora carrera cinematográfica para consagrarse, y gratuitamente, a enseñar a estos gamberretes. Esta buena mujer –que en paz descanse, pero más adelante, cuando muera– dirigió, también personalmente, al reparto de aficionados que actuaron en la película de su hijo, arrancando hábilmente a ese hatajo de gallitos sin talento hasta la menor pizca de aptitud histriónica mientras su pequeño bastardo se quedaba de brazos cruzados entre bastidores contemplando el trabajo de Hydra y respirando dificultosamente por esa nariz suya llena de vegetaciones.

Por último, señor gerifalte de Wall Street, contamos con Abe Silverfish, un hombre galardonado con premios al mejor montaje en prestigiosos festivales cinematográficos de Tanganika y Bali. Éste –y que mi mujer perezca en una bañera de ácido si miento– guió y aleccionó a macha martillo al torpe de Algae, a quien, si quiere un consejo, debería usted administrarle un poco de Ritalin de vez en cuando, y quizás así dejaría de moverse como si tuviera el baile de San Vito. Silverfish, por supuesto personalmente, estuvo al lado del equipo de montaje Avid y le enseñó dónde debía insertar cada unión. Dicho sea de paso, el chico utilizó todo nuestro material, y como buen manazas que es, estropeó la cámara Panavision recién estrenada: ahora, cuando aprieto el botón, emite un sonido semejante al que se oye al girar lentamente la manija de madera de esas carracas que mi mujer llama tarabillas. Así y todo, no le cobraré por eso, ya que estamos a punto de asociarnos en una nueva empresa.

Con todos mis respetos,
Monroe B. Varnishke

Querido señor Varnishke:

Insinuar que el personal que usted ha reunido se halla en un punto más alto de la escala evolutiva que una manada de dingos es una hipérbole delirante. ¡¿Asociarnos en una nueva empresa?! ¿Es que ha sufrido usted una embolia cerebral silente? En primer lugar, quiero dejar bien claro que la idea del guión de Algae fue concebida única y exclusivamente por mi hijo y está basada en una experiencia real que vivió la familia cuando el director de la funeraria del barrio creyó por equivocación que había ganado el premio Nobel. Afirmar que un traidor como Popkin, que debió de pasar secretos atómicos a Trotski entre ración y ración de tacos, haya aportado siquiera una coma al guión de mi niño prodigio merece la misma credibilidad que las historias sobre el monstruo del lago Ness. En cuanto a la borracha de la señorita Hydra Waxman, he sabido por Internet que no ha salido en una sola película de más de ocho milímetros, y en éstas sólo bajo el seudónimo de Cara Melo. Por cierto, ¿sabe que su Silverfish fue despedido cuando montaba una película en Hollywood porque Henry Fonda aparecía varias veces del revés? Algae nos contó también que la cámara que le proporcionó, lejos de ser nueva, funcionaba a trompicones desde que usted se la lanzó a una socorrista de diecinueve años por rechazar sus proposiciones. ¿Le parece bien a la señora Varnishke que persiga usted a las empleadas? A propósito, le pido disculpas por denigrar el sistema circulatorio de su esposa con la precisión a veces excesiva de mi ingenio. Dado el sinfín de afluentes azules que surcan su topografía, no pude por menos que comentar su parecido con un mapa de carreteras.

Por último, deseo que con ésta concluya todo contacto entre nosotros. Toda correspondencia futura deberá remitirse directamente al bufete de Vomit y Vomit, Abogados.

Au revoir, zopenco.
Winston Snell


Mi querido señor Snell:

A Dios gracias, tengo el sentido del humor necesario para encajar alguna que otra pulla sin salir corriendo a comprar una de esas revistas de armas en que se ofrecen asesinos a sueldo. Permítame que le haga el favor de aclararle unos cuantos detalles. En cuarenta años jamás he mirado a una mujer excepto a Elsie, cosa que no ha sido fácil, ya que, soy el primero en reconocerlo, no es lo que se dice un bombón, a diferencia de esos curvilíneos monumentos nórdicos que posan en Dios sabe qué posturas para las revistas que probablemente usted espera babeando en los muelles mientras llegan los barcos de Copenhague.

En segundo lugar, y sólo por curiosidad: ¿de dónde ha sacado la peregrina idea de que ese cernícalo de hijo suyo es un niño prodigio? Sólo se me ocurre una explicación: debe de ser usted el típico experto financiero, siempre con un puro entre los labios, rodeado sin cesar de pelotilleros que le dan la razón en todo y le llenan la cabeza de esos cuentos de vieja que a usted tanto le gusta oír, hasta que sale de la habitación y entonces, créame, alzan la vista al cielo, hastiados. Cuando Elsie y yo teníamos la tienda de golosinas, trabajaba para mí un pobre cretino, encargado de servir los refrescos. Lo contraté por pura bondad, pues su madre, que llevaba un implante de cadera, acabó con el hígado de un chino a causa de un error médico. Pero el caso es que ese pobre infeliz, el servidor de refrescos, con su coeficiente intelectual de dos cifras, tenía la talla mental de Isaac Newton en comparación con su Algae.

Por cierto, aquel mismo verano, Benno, el sobrino de Elsie, ganó el concurso de ortografía. Supo cómo se escribía «mnémmotécnica», y eso a los ocho años. A eso lo llamo yo un chico listo, y no su rubio hijo, esa criatura inhumana de ciencia ficción que parece salida de Los cuclillos de Midwich y que ha gozado de todas las ventajas en todos los colegios privados, con profesores particulares caros, pero que a pesar de eso no sabría decir cómo se llama sin mirarse la etiqueta de la camiseta.

Mientras tanto, en lugar de amenazarme con demandas, diga a sus picapleitos que, si lo analizan bien, verán que usted sólo dispone de una copia de la cinta que impulsó a los dos hermanos Weinstein a salir corriendo como un par de especuladores inmobiliarios para ofrecerle dieciséis millones de pavos, en tanto que nosotros tenemos aquí, guardado en una cabaña, el único negativo original. Ruego a Dios que no le pase nada, aunque siento decirle que la señora Varnishke ha manchado ya la primera toma con grasa de pollo.

Moe Varnishke […]

De Pura anarquía, de Woody Allen. Buenos Aires, Tusquets, 2009. 192 páginas.

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