Nuevo elogio de la locura

De la mano de Pinocho, el capitán Nemo y don Quijote, de Stevenson, Borges, Gaudí y Van Gogh, entre otras voces, el siempre brillante Alberto Manguel critica la locura banal de nuestra cultura consumista. En el Día Mundial del Libro les ofrecemos un admirable texto para lectores y curiosos.

Por Alberto Manguel

El día en que cumplió noventa años, Bertrand Russell comentó: "A lo largo de toda mi vida, he oído decir que el hombre es un animal racional y todavía no tengo una sola prueba de que así sea".

Glosando estas palabras, y tomando como hilo conductor del libro las frases más célebres de Alicia en el País de las Maravillas, en Nuevo elogio de la locura Alberto Manguel critica la locura banal de nuestra cultura, que cifra su poder en la posesión de objetos en vez de hacerlo en la contemplación de las cosas bellas, y luego pide a los grandes personajes y autores de la literatura universal que le acompañen en busca de locuras nuevas y viejas de las que aún podamos disfrutar entre tanta tiniebla consumista.

Al hilo de anécdotas personales del autor iremos conociendo de cerca a Pinocho, al capitán Nemo y a don Quijote, pero también a Stevenson, a Borges, a Gaudí y a Van Gogh, entre otras voces convocadas.

Y, como un regalo más entre los muchos que nos entrega este libro, estas "Notas para la definición del lector ideal" donde Manguel revela, entre bromas y verdades, las claves para poder disfrutar del placer de la lectura.

Notas para una definición del lector ideal

El lector ideal es el escritor justo antes de que las palabras cobren forma en la página.

El lector ideal existe en el instante que precede el momento de la creación.

El lector ideal no reconstruye una historia: la recrea.

El lector ideal no sigue una historia: toma parte en ella.  Un famoso programa de libros para niños de la BBC siempre empezaba con el animador preguntando: «¿Estáis bien sentados? Entonces comencemos». Para leer hay que saber sentarse.  En los retratos, a san Jerónimo se lo ve inclinado sobre su traducción de la Biblia, escuchando la palabra de Dios. El lector ideal debe aprender a escuchar.

El lector ideal es el traductor. Es capaz de disecar el texto, quitar la piel, cortar el hueso hasta la médula, seguir cada arteria y cada vena y luego dar vida a un nuevo ser sensible. El lector ideal no es un taxidermista.

Al lector ideal le son familiares todos los recursos.

Para el lector ideal todas las bromas son nuevas. «Uno debe ser un inventor para leer bien.» Ralph Waldo Emerson.

El lector ideal posee una capacidad ilimitada para el olvido. Puede apartar de su memoria el conocimiento de que el Dr. Jekyll y el señor Hyde son la misma persona, de que a Julien Sorel le cortarán la cabeza, de que el nombre del asesino de Roger Ackroyd es Fulano de Tal.

El lector ideal no está interesado en los escritos de Brett Easton Ellis.

El lector ideal sabe lo que el escritor apenas intuye.  El lector ideal subvierte el texto. El lector ideal no presupone las palabras del escritor.

El lector ideal es acumulativo: cada vez que lee un libro, agrega una nueva capa de recuerdos a la narrativa.  Cada lector ideal es un lector asociativo. Lee como si todos los libros fueran obra de un autor eterno y prolífico.  El lector ideal no puede poner en palabras lo que sabe.

Después de cerrar el libro, el lector ideal siente que si no lo hubiera leído el mundo sería más pobre.

El lector ideal posee un perverso sentido del humor.

El lector ideal jamás cuenta cuántos libros tiene.

El lector ideal es generoso y codicioso a la vez.

El lector ideal lee toda literatura como si fuera anónima.

Al lector ideal le gusta usar el diccionario.

El lector ideal juzga un libro por su portada.  Cuando lee un libro de hace siglos, el lector ideal se siente inmortal.

Paolo y Francesca no eran lectores ideales, puesto que le confiesan a Dante que después de su primer beso dejaron de leer. Los lectores ideales se habrían besado y habrían continuado leyendo. Un amor no excluye el otro.

El lector ideal no sabe que es el lector ideal hasta que ha llegado al final del libro.

El lector ideal comparte la ética de don Quijote, el anhelo de madame Bovary, la lujuria de la esposa de Bath, el espíritu aventurero de Ulises, la entereza de Holden Caufield, al menos en el espacio del relato.

El lector ideal recorre los senderos conocidos. «Un buen lector, un lector importante, un lector activo y creativo es alguien que relee.» Vladimir Nabokov.

El lector ideal es politeísta.

El lector ideal es, para un libro, la promesa de la resurrección.  Robinson Crusoe no es un lector ideal. Lee la Biblia para hallar respuestas. Un lector ideal lee para encontrar preguntas. 

Cada libro, bueno o malo, tiene su lector ideal.  Para el lector ideal, cada libro se lee, hasta cierto punto, como su propia autobiografía.

El lector ideal no tiene una nacionalidad precisa.  A veces, un escritor debe esperar varios siglos para encontrar a su lector ideal. Blake tardó ciento cincuenta años en encontrar a Northrop Frye.

El lector ideal de Stendhal: «Escribo para apenas cien lectores, para seres infelices, agradables, encantadores, en absoluto moralistas o hipócritas, a quienes me gustaría satisfacer; sólo conozco a uno o dos de ellos».

El lector ideal conoce la infelicidad.

Los lectores ideales cambian con los años. El que a los catorce años fue el lector ideal de Veinte poemas de amor, de Neruda, ya no lo es a los treinta. La experiencia quita el brillo a ciertas cosas.  Pinochet, que prohibió el Quijote porque pensaba que alentaba la desobediencia civil, fue el lector ideal de ese libro.  El lector ideal jamás agota la geografía del libro.  El lector ideal debe estar dispuesto no sólo a suspender la incredulidad, sino a abrazar una nueva fe.  El lector ideal nunca piensa: «Si tan sólo pudiera…».

Escribir en los márgenes es señal de un lector ideal.

El lector ideal hace proselitismo.

El lector ideal es caprichoso sin sentirse culpable.  El lector ideal es capaz de enamorarse de al menos uno de los personajes del libro.

El lector ideal no se preocupa por los anacronismos, la verdad documentada, la exactitud histórica, la precisión topográfica.  El lector ideal no es un arqueólogo.

El lector ideal aplica inflexiblemente las reglas y normas que cada libro crea para sí.

«Hay tres clases de lectores: una, la clase de los que disfrutan sin juzgar; la tercera, la de los que juzgan sin disfrutar; y otra entre estas dos, la de los que juzgan mientras disfrutan y disfrutan mientras juzgan. Esta última clase reproduce nueva y verdaderamente una obra de arte; sus miembros no son numerosos.» Goethe, en una carta a Johann Friedrich Rochlitz.  Los lectores que se suicidaron después de leer Werther no eran lectores ideales, sino apenas sentimentales. Los lectores ideales muy pocas veces son sentimentales.  El lector ideal desea llegar al final del libro y a la vez saber que el libro jamás terminará.

El lector ideal nunca se impacienta.

El lector ideal no se preocupa por los géneros.  El lector ideal es (o parece ser) más inteligente que el autor; el lector ideal no se lo echa en cara.

Hay un momento en que cada lector se considera a sí mismo el lector ideal.

Las buenas intenciones no alcanzan para producir un lector ideal.

El marqués de Sade: «Sólo escribo para aquellos que son capaces de entenderme, y ellos me leerán sin peligro».  El marqués de Sade se equivoca: el lector ideal siempre está en peligro.

El lector ideal es el personaje principal de la novela que está leyendo.

Valéry: «Un ideal literario: finalmente no saber cómo llenar la página con nada salvo “el lector”».

El lector ideal es alguien con quien al autor no desdeñaría pasar una velada, con una copa de vino.

Un lector ideal no debería confundirse con un lector virtual.

Un escritor nunca es su propio lector ideal.  La literatura no depende de lectores ideales, sino sólo de lectores suficientemente buenos.

De Nuevo elogio de la locura, de Alberto Manguel. Buenos Aires, Emecé, 2006. 264 páginas.

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