Deportes

Golpes, trampas y poco fútbol en Argentina

No hace falta un título de técnico de fútbol para aseverar que en la Argentina se juega, con o sin motivo, cada vez peor.
Un ilustrado en la materia podría argumentar innumerables excusas de forma para justificar, perdonar o disimular los horrores que los hinchas ven domingo a domingo, que solo el amor por la camiseta logra diluirlos en la nebulosa de las pasiones.
Pero la historia no pasa por pizarrones y sistemas.
El promocionado superclásico del fútbol argentino fue un ejemplo contundente de la chatura.

El promocionado superclásico del fútbol argentino fue un ejemplo contundente de la chatura: si Boca y River se precian de tener los mejores y más caros planteles, a alguien habría que reclamarle para que devuelvan el precio de las entradas, porque lo que ofrecieron fue una vergüenza.

Porque ya no alcanza con tener a los mejores para lucirse. Hoy, con poco (y hasta con poquito), se puede dar pelea, que es precisamente a lo que se juega, o sea, lucha, garra y mañas, un fenómeno creciente que se llevó por delante las buenas costumbres del sencillo mandato de jugar a la pelota.

Se pueden enumerar algunas razones de la actual mezcolanza de codazos, forcejeos y esférico revoleado, como por ejemplo los campeonatos cortos rebosantes de presiones con mediáticos DT que desde el primer partido ponen la cabeza en una guillotina. Con alta probabilidad que se las cortan.

Camadas de jovencitos que, sin siquiera madurar, volaron a mejores horizontes, vaciando la tan mentada cantera.

Los nuevos manuales de las divisiones inferiores donde hay menos capítulos para el estilo y más para el codazo y la trampa.

Está instalado como un axioma que los clásicos tienen que ser una guerra y aquella remanida frase de "hay que ganar como sea", se traduce después, casi inexorablemente, en la cancha.

Bancos desde los que se planifica científicamente como sacar provecho no ya de una zurda mágica, sino de una artimaña antirregametaria.

La tiránica organización de la TV que impone horarios insólitos. Arbitros portadores de apellido, cargados con aerosoles, intercomunicadores y peinados a la moda, que hacen la vista gorda a los golpes más escandalosos.

Jugadores que hacen un arte -y una constante- de la simulación, expertos calificados en pedir tarjetas amarillas.

Hay cada vez más caudillitos de bolsillos gruesos que dedican más tiempo a conspirar contra el técnico que a responder por sus sus jugosos salarios.

Hay más, mucho más.

Pero parece suficiente este deliberado anárquico repaso para reflejar cómo los vicios del fútbol argentino, a veces espasmódicos, otras veces cínicamente preparados, conducen a lo que se ve fecha a fecha. Y que no tiene diagnóstico de mejorar.

Hay honrosas excepciones, ovejas negras que escapan a la generalidad. Valga un homenaje para ellos. Pero sea el lector el que le ponga los nombres.
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