Delirios argentinos

Con humor, el periodista Sergio Kiernan desgrana las fantasías políticas más irreales de la historia argentina que alinearon a numerosos seguidores, incluida una conspiración de todos los Rodríguez del mundo destinada a ocultar la supremacía racial de los morochos sobre los rubios.

Por Sergio Kiernan

Una internacional socialista que debate sobre la sociedad sin clases en otros planetas. El Obelisco circuncidado simbólicamente con la sangre de un militante nazi.

El Partido Comunista que previene al dictador Videla en plena dictadura militar sobre el riesgo de “pinochetizarse” y le advierte sobre grupos paramilitares. El partido maoísta que asegura que el verdadero imperialismo no es el norteamericano sino el ruso, con agentes locales tan impensados como Amalita Fortabat.

La Patagonia como tesoro codiciado por los judíos que planean instalar allí su segundo estado con “heladera” antártica incluida y por los gringos que ahora “vienen por el agua”.

Cualquier semejanza con la realidad es más que una casualidad. Sin embargo, todo esto se sostuvo y se sigue sosteniendo en la Argentina. Disfrazado de discurso político se trata, simplemente, del delirio, el disparate empaquetado con dosis desiguales de solemnidad, paranoia, racismo, chauvinismo, secreto y ansias de grandiosidad.

Andrew Graham-Yooll escribe en su prólogo: “Los capítulos de Sergio Kiernan obligan a estas reflexiones a la vez que también invitan a la risa incrédula del lector. ¿Esto sucedía entre nosotros? Increíble. Pero, sí. Ocurrió y todo lo que aquí se lee estaba entre las fantasías más corrientes, que disfrutaban de curso casi legal”.

Entremés: el peligro comunista
TFP se toma el bondi

El rol del Partido Comunista en la política argentina nunca fue central, excepto en el sentido de darles a los izquierdistas un eje desde el cual dividirse y en darle a la derecha truculenta un cuco. Por una cuestión que tal vez no sea de rigor pero ciertamente de verosimilitud, los regímenes militares y la derecha peronista raramente hablaban del PC y etiquetaban a su cuco, con conveniente vaguedad, como “el comunismo”. Sustantivo al que le seguían adjetivos como apátrida o ateo. De hecho, peronistas y generales aceptaron activa o pasivamente la presencia del Partido, en aras de frentes populares o del comercio con la URSS. Era como si los comunistas no fueran “el comunismo”, cosa abstracta que no residía en la sede de la avenida Entre Ríos sino en el limbo de los peligros metafísicos o en Cuba o Nicaragua.

Hubo, como en todo, una excepción: el pintoresco grupo Tradición, Familia y Propiedad, “entidad civil apolítica” que se pasó décadas metiéndose en política y que cada tanto reaparecía con sus chicos de traje oscuro, pelo corto, capita púrpura y estandarte rojo sangre con leones dorados, invariablemente sostenido en la punta de un largo y pesado caño por un fornido de alquiler, visiblemente más pobre y morocho que los militantes reales.

Aunque TFP siempre se preocupó más de peleas incomprensibles como la del lefebrismo contra la Iglesia “moderna”, produjo una abundante cuota de delirios ideológicos, como llamar a una cruzada mundial contra el islam en razón de la apertura de la mezquita saudí en la avenida Bullrich. Es que el grupo fundado en Brasil y sostenido desde tiempo inmemorial por el longevo duque de Braganza, heredero del trono imperial, siempre tuvo su corazón político, que asoma en los momentos graves de la Patria.

Por muchísimos años, el líder argentino de TFP fue Cosme Beccar Varela (h), un hombre personalmente muy agradable e inteligente que está sinceramente convencido de que los problemas de este mundo comenzaron cuando los Borbón reemplazaron a los Austria en la corona española, por no hablar de la revolución francesa.

Beccar Varela es abogado, hijo de un abogado longevo como un Braganza, un apasionado católico y un incesante escritor, que cuando se quedó sin su partido -en la derecha también hay cismas y divisiones- la siguió por varios años con un sitio de Internet. Es que a Beccar Varela evidentemente le cuesta quedarse quieto: cuando era un hombre joven, allá por los sesenta, se transformó en una de las cruces del obispo de San Isidro, su barrio de toda la vida, por su campaña personal contra la “misa nueva”. Resulta que el obispo había vuelto lleno de entusiasmo del Concilio Vaticano II y decidió dar el ejemplo de nuevo ritual en su bella catedral. Además de vaciarla y arruinarla como edificio, el obispo cambió el altar de lugar y comenzó a dar la misa mirando a su grey. Cada vez que el obispo miraba al público, veía levantarse la larga figura de Beccar Varela que lo miraba fijo y luego se daba vuelta, dándole la espalda como protesta.

No se sabe si fue este personaje o un conjunto de circunstancias o personas lo que le dio a TFP la tendencia a tomar literalmente la realidad, sin el menor espacio para lo que el común de la gente llama “la política”. Un ejemplo, que a la distancia permite apreciar el nivel de análisis de la realidad del grupo, es un panfleto distribuido en febrero de 1983 y firmado por Beccar Varela. El documento, de una hoja a doble faz ornada con un león y flores de lis, se titula “CONTRA EL CAOS que los actuales hombres públicos no saben sino agravar, la TFP propone oír a la Argentina cristiana en un debate nacional”.

Para febrero de 1983 se estaban por cumplir siete años de dictadura y uno de la derrota militar de Malvinas, malgobernaba Reynaldo Bignone y el país estaba en puntas de pie esperando las elecciones que a fin de año pondrían en el poder a un gobierno civil. Beccar Varela hacía una crítica del régimen militar curiosamente coincidente con el del PCR maoísta, señalando que “los gobiernos militares [...] continuaron la política peronista de enfeudamiento de nuestro comercio exterior a Rusia”. También criticaba la masacre realizada, al decir que erraron “el procedimiento para combatir el terrorismo (especialmente bajo Videla), que debió reprimirse con la ley y tribunales militares (que no tienen las lentitudes y las formalidades que se les achacan a los tribunales civiles), cosa que hubiera evitado a muchos obedientes y buenos miembros de las Fuerzas Armadas el sufrir hoy amenazas de los políticos, por su actuación en la guerra que salvó al país de los asesinos a sueldo de Moscú”. Salvando la curiosa contradicción de que la dictadura hubiera “enfeudado” el país a Rusia y a la vez hubiera salvado al país de los asesinos que Rusia financiaba, el documento finalmente se quejaba de que Bignone se apuraba en llamar al voto, “como si el poder le quemara las manos”.

¿Cuál era el problema? Que el último dictador no percibía que “nada está preparado para las elecciones, excepto el PC y los políticos de siempre, pasados de moda, sin ideas claras, y por eso fácilmente influenciables por la izquierda”.

Para TFP la zarpa comunista se expresaba en el “creciente caos” de manifestaciones, en los congresos políticos que “se expresan por slogans seleccionados en las antologías de lo anodino o de la izquierda”, en los políticos de siempre que ya “amnistiaron a los terroristas en 1973”, en la confusión y desorientación. La excepción es “un solo partido que está coherentemente organizado y sabe dónde va, el Partido Comunista.

El acto que realizó en el Luna Park el 3 de septiembre de 1982 mostró una numerosa concurrencia, especialmente de jóvenes de ambos sexos. Sus slogans apelaban a la juventud y se insinuaban como precursores de una sociedad de moral libre, de expoliación de las clases pudientes, de ruptura con las potencias occidentales y de acercamiento a los países obedientes a Moscú, esto último, con fuertes connotaciones nacionalistas, aprovechando la frustración causada por la derrota de Malvinas”.

TFP cae en la habitual tentación de exagerar el poder del enemigo que eligió: “Un partido que cuenta con esas bases, que controla directa o indirectamente un número de agitadores suficiente como para provocar motines como los que se han visto últimamente en Buenos Aires, a partir de la guerra de Malvinas, que tiene fuentes casi inagotables de financiamiento derivadas de la ‘asociación’ argentino-soviética en el comercio externo, cuya disciplina interna es un rito, que posee una filosofía falsa pero coherente, que hace de la política una ciencia de la subversión estudiada en las universidades, que dispone de la complicidad de una buena parte de la prensa nacional o internacional, que ya tiene afiliados suficientes como para ser un partido nacional (más de 36.000, según noticias procedentes de Moscú), un partido así, influirá decisivamente en estas elecciones y podrá ser el heredero del caos actual, directamente o a través de coaliciones o de ‘compañeros de ruta’”.

Aunque los comunistas solo podían soñar con semejante poder, Beccar Varela se preocupa sobre cómo detener a enemigo tan poderoso y mañero. “No serán los políticos convencionales, solo duchos en las maniobras de comité, o los neo-politizados inexpertos, quienes podrán neutralizar a ese partido, maestro de la dialéctica marxista, que puede tanto provocar un motín callejero, cuanto cometer un acto de terrorismo, lanzar una huelga o un escándalo periodístico para denigrar a quien quiera que sea, organizar un acto multitudinario o un debate de intelectuales y, sobre todo, a ese partido que cuenta con el apoyo y la dirección efectiva de la segunda potencia mundial, que es Rusia, y con todas las complacencias entreguistas de la primera, que es Estados Unidos”. Ciertamente, ¿quién podría detener a ente tan potente? La historia chica demuestra que bastó con la figura de Raúl Alfonsín para ganar por aluvión la elección de ese año, y que el PC volvió a su habitual oscuridad impotente.

TFP muestra la hilacha en la segunda parte del panfleto, donde se dedica a la “otra fuerza organizada ante la cual los políticos y los militares quedan inermes”, que es el “progresismo cristiano profundamente enquistado en las filas del clero católico en todos los niveles”. Beccar Varela ve a este grupo como usando la “autoridad que otorga la investidura sacerdotal” para controlar una “vasta organización” de parroquias, centros educativos y editoriales, desde los cuales puede “mover a vastos sectores del país y de neutralizar a círculos aun más amplios”. Estos progresistas, si bien no son estrictamente comunistas, son igualmente organizados y peligrosos. Para TFP, esta iglesia aprovechó los años de veda política para preparar “cuidadosamente a sus bases y sus líderes” haciéndolos marchar a Luján en “ejercicios de activismo”, adoctrinando a los jóvenes en colegios y universidades, creando células en parroquias bajo la forma de comunidades de base y aprovechando el trabajo de caridad para “inocular activos resentimientos en ciertos sectores pobres de la población”.

No hay que olvidar, exige el panfleto, que estos progresistas católicos “tampoco desdeñan la propia organización del terrorismo” y recuerdan que “el fundador de los Montoneros fue el padre Alberto Carbone, condenado por su vinculación con el asesinato del Gral. Aramburu”, y que hubo sacerdotes que hasta fueron ministros en el gobierno revolucionario de Nicaragua, lo que demuestra “cómo miembros del clero a través de un método aparentemente inofensivo de difusión de la palabra y de concientización, llevan inflexiblemente al derrocamiento, aun violento si es necesario, de los regímenes occidentales latinoamericanos y a la implantación de una dictadura socialista, que tenderá inevitablemente hacia el comunismo”.

A la hora de las propuestas concretas, el panfleto de TFP caía en las vaguedades usuales: exigir que los medios de comunicación publiquen lo que dice “la opinión pública”, que esta se movilice para evitar “el caos”, que el Gobierno no llame a elecciones y que la Señora de Luján aparte a la Argentina de la “confusión actual que reina en el país y en el mundo”. Buena receta.

De Delirios argentinos. Las ideas más extrañas de nuestra política, de Sergio Kiernan. Buenos Aires, Marea, 2006. 200 páginas.

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