Ligero de equipaje

Antonio Machado, poeta, republicano, tímido, amante arrebatado, catedrático ejemplar, fue uno de los más valientes defensores del régimen por lo que, acorralado por Franco, tomó el camino del exilio. Hoy es uno de los poetas españoles más leídos y amados de todos los tiempos. Ésta es su historia.

Por Ian Gibson

Antonio Machado (1875-1939) procedía de una familia sevillana intelectual con hondas raíces republicanas. Madrileño a partir de los 8 años, sin olvidar nunca su infancia en la capital andaluza, su paso por la Institución Libre de Enseñanza lo marcó indeleblemente y el París finisecular le hizo el regalo inestimable de la poesía simbolista. A partir de 1907 fue catedrático de Lengua Francesa en distintos institutos: Soria -donde se casó con la joven Leonor Izquierdo-, Baeza, Segovia, Madrid.

Aunque su primer libro Soledades (1903) apenas consiguió lectores, no ocurrió lo mismo con Campos de Castilla (1912), cuyo éxito quizá lo salvó del suicidio cuando perdió a su mujer aquel mismo año.

En 1928 se enamoró desesperadamente de la poetisa Pilar de Valderrama (Guiomar). Después participó con entusiasmo en las iniciativas culturales de la Segunda República y, a lo largo de la Guerra Civil, fue uno de los más valientes defensores del régimen. Entretanto, en Burgos, su hermano Manuel cantó las proezas de Franco. Es la desgarradora tragedia de las dos Españas.

En enero de 1939, cercano el final, Machado cruzó la frontera con su madre en condiciones deplorables. Murió tres semanas después, a los 64 años, en el pequeño pueblo francés de Collioure. Ligero, como siempre, de equipaje. Hoy es uno de los poetas españoles más leídos y amados de todos los tiempos. Ésta es su historia.

Campos de Castilla (fragmento)

¿Y la cuestión de si es romántico o clásico? El poeta no contesta su propia pregunta. Prefiere decirnos -con una comparación militar tan inesperada como las de «A orillas del Duero»- qué suerte querría para su poesía: más famosa, como la espada de un capitán, por quien la blandiera (o sea, el propio Machado) que por sus propias cualidades inherentes.

Comparación, sí, inesperada...  y también confesión. Machado, como todos los tímidos, tiene algo de exhibicionismo reprimido. No busca comparecer en público, es reacio a leer sus poemas ante la gente, pero a partir de la publicación de sus Páginas escogidas y Poesías completas, ambas en 1917, cuidará de que sus libros tengan frontispicio con un retrato suyo. Es decir, quiere que los lectores puedan contemplar una imagen suya cuidadosamente seleccionada, quiere tener celebridad...  pero a distancia.

Los versos siguientes desarrollan un concepto que será fundamental en Machado: que la esencia del ser humano reside en el deseo de superar las limitaciones del «yo» para poder abrirse al «tú», al «otro»:

"Converso con el hombre que siempre va conmigo
-el que habla solo espera hablar a Dios un día-.
Mi soliloquio es plática con este buen amigo,
que me enseñó el secreto de la filantropía".

En cuanto a los espléndidos versos finales del poema, tantas veces citados, son otra demostración del cambio que se está operando en Machado desde su llegada a Soria. También reflejan la honda satisfacción que le produce haber conseguido un trabajo responsable que, si no del todo vocacional, es digno y útil:

"Y, en suma, nada os debo: debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo; con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho donde yago.
Y cuando la hora llegue del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar".

Si, cincuenta años después, Ricardo Calvo recordaba todavía el impacto causado en Madrid por la publicación en El Liberal de este asombroso poema autobiográfico, hay que suponer que fue, de hecho, considerable. Machado no tardará en darse cuenta de la trascendencia de lo que ha conseguido, y el poema, ya titulado «Retrato», abrirá las páginas de Campos de Castilla. Hoy es una de las poesías más conocidas de la literatura española.

El poeta acaba de ser nombrado vicedirector del Instituto de Soria, y toma posesión como tal el 14 de abril de 1908. 36 Además ha empezado a colaborar en la prensa local. El 2 de mayo tres diarios de la ciudad -Noticiero Soriano, El Avisador Numantino y Tierra Soriana- se juntan para publicar un número extraordinario dedicado al recuerdo de los españoles caídos un siglo antes en la lucha contra Napoleón. Machado contribuye con un breve y combativo texto sobre la situación de la nación tras la tan reciente pérdida de sus últimas colonias. Se titula «Nuestro patriotismo y La marcha de Cádiz» (alusión a la zarzuela de este nombre de Fernando Chueca, cuyo pasodoble se hizo famoso «y se convirtió en el himno de despedida de las expediciones de soldados durante la guerra de Cuba»).

"¿Despertará ahora España, se dejará de soñar, fanfarrona, con pasados triunfos? ¿De jactarse de saber morir con valentía? ¿Afrontará la triste realidad presente y se enmendará? (...) Somos los hijos de una tierra pobre e ignorante -declara, tajante, el poeta-, de una tierra donde todo está por hacer. He aquí lo que sabemos».

Y sigue con un párrafo digno de figurar en cualquier antología de la Generación de 1898:

“Sabemos que la patria no es una finca heredada de nuestros abuelos; buena no más para ser defendida a la hora de la invasión extranjera. Sabemos que la patria es algo que se hace constantemente y se conserva sólo por la cultura y el trabajo.  El pueblo que la descuida o abandona, la pierde, aunque sepa morir. Sabemos que no es patria el suelo que se pisa, sino el suelo que se labra; que no basta vivir sobre él, sino para él; que allí donde no existe huella del esfuerzo humano no hay patria, ni siquiera región, sino una tierra estéril, que tanto puede ser nuestra como de los buitres o de las águilas que sobre ella se ciernen. ¿Llamaréis patria a los calcáreos montes, hoy desnudos y antaño cubiertos de espesos bosques, que rodean esta vieja y noble ciudad? Eso es un pedazo del planeta por donde los hombres han pasado, no para hacer patria, sino pa-ra deshacerla. No sois patriotas pensando que algún día sabréis morir para defender esos pelados cascotes; lo seréis acudiendo con el árbol o con la semilla, con la reja del arado o con el pico del minero a esos parajes sombríos y desolados donde la patria está por hacer”.

Los sorianos no estaban preparados para el contenido del artículo del nuevo catedrático de Lengua Francesa, que se presenta, de repente, como ecologista y contestatario. No saben, claro, de quién es nieto, ni de quiénes alumno ni de quiénes amigo. En cuanto a los héroes de 1808, Machado estima que el único homenaje aceptable que se les puede ofrecer en estos momentos, después de que la inconsciencia haya conseguido la pérdida del imperio, es el del trabajo y el esfuerzo. Y termina: «Convencidos de que sabemos morir -que ya es saber- procuremos ahora aprender a vivir, si hemos de conservar lo poco que aún tenemos».

No cabía duda. Soria ya cuenta no sólo con un poeta de creciente prestigio nacional, sino con un intelectual progresista y polémico dispuesto a decir en voz alta lo que piensa de la situación actual de la patria.

(...)

El principal espoleador de conciencias españolas, con todo, es Miguel de Unamuno, cuyas peripecias Machado sigue en la prensa.  Durante el verano le pide una carta que él y sus amigos puedan publicar en la prensa soriana. Unamuno sugiere, por lo visto, que utilicen extractos de las que ya ha enviado al poeta. El 21 de julio los publica Tierra Soriana bajo el titulo «Unamuno, íntimo», al lado del poema «Sol de invierno» de Soledades. Galerías. Otros poemas.

En uno de ellos Unamuno había insistido, entre otras cosas, en la necesidad de trabajar cada día con renovada ilusión. «De hecho nazco cada día y tiro a que sea mi vida un perpetuo nacimiento», declara. «El gozo de la vida es producir». Machado, que, de buen seguro, es quien ha hecho la selección de citas, no podía estar más de acuerdo con el combativo rector, a quien no ha vuelto a ver desde hace varios años.

* * *

Sería un error pensar que el poeta se encontraba muy a gusto en Soria. La realidad es que no estaba hecho para la vida en provincias, y echaba mucho de menos la capital. De modo que, cuando se entera durante el verano de 1908 -que pasa con su familia- de que hay una cátedra de Lengua Francesa vacante en el madrileño Instituto de San Isidro, no duda en expresar al Ministerio de Instrucción Pública, el 2 de septiembre, su deseo de tomar parte en las oposiciones. Y no sólo eso, sino que, como le explica en una carta a Rubén Darío, espera, una vez conseguida la cátedra, permutarla con la de Sevilla. ¡Sevilla! ¡Siempre la añoranza del paraíso infantil! No sabemos nada más acerca de aquella iniciativa. Parece ser que, finalmente, el poeta decidió no opositar. Si fue así, la razón, quizás, era que estaba ya prendado de Leonor Izquierdo Cuevas, la hija mayor de los dueños de su pensión, y no quería que nada le apartara en aquellos momentos de su pleito amoroso, bastante difícil.

¿Cómo era Leonor, que el 12 de junio de 1909 cumpliría los 15 años, edad legal entonces para poder casarse (con tal de tener el permiso paterno)? Es lamentable lo poco que sabemos de ella. Soriana por los cuatros costados, había nacido, como Machado, en un lugar insólito: el castillo de Almenar, a ocho kilómetros de la capital, antes propiedad de los condes de Gómara, en el cual estaba instalada entonces la casa-cuartel del destacamento de la Guardia Civil al que pertenecía su padre. El castillo tenía una resonancia literaria que no podía dejar indiferente al poeta, pues allí había situado Gustavo Adolfo Bécquer el inicio de su cuento La promesa, en el cual el conde de Gómara, disfrazado de paje, enamora a una muchacha del pueblo y promete que, terminada la campaña de Fernando III contra los moros de Sevilla, volverá a por ella. Pero la muerte interviene y no regresa.

(…)

«De talla, mediana; el cabello, castaño, un poco ondulado; no se ponía afeites: una niña; los ojos, morenos oscuros; la tez, más bien sonrosada; la voz, un poco aniñada. Le parecía en todo a la madre». Así recordará a Leonor su tía, Concha Cuevas. Mariano Granados Aguirre, alumno de Machado que había empezado en 1909 su primer curso de francés en el Instituto de Soria, la evocó, años después, como «morena, pero blanca, con palidez de lirio», con «unos grandes, profundos y rasgados ojos» y una mirada «como la de una gacela sorprendida». Pálida, muy pálida, era sin duda Leonor. José Posada, otro amigo de la familia, la recordaba «menuda y trigueña, de alta frente y de ojos oscuros», y que, según se decía, el poeta la seguía desde lejos por la ribera del Duero cuando salía de paseo con sus tías y hermanos, «o tras de su ventana la miraba en el balcón frontero, o escuchaba embelesado sus paliques».

Las pocas fotografías de Leonor que tenemos, sacadas el día de su boda con el poeta, nos la muestran con pelo espesísimo, profundos ojos oscuros, cara oval y -en uno de los retratos- una sonrisa encantadora. Según Pedro Chico y Rello, que llegó a Soria en 1917 para tomar posesión de la cátedra de Geografía en la Escuela Normal, y que paró en la misma pensión, Isabel Cuevas, la madre de Leonor, era una persona no sólo hermosa sino muy buena, «personificación de la auténtica dama soriana y castellana, con todas sus cualidades de dignidad, de religiosidad y de bondad; de valor heroico y una gran simpatía».

Chico, con la mayor discreción, apunta que «no tuvo suerte en su matrimonio». Mariano Granados Aguirre añade el detalle de que Ceferino Izquierdo, el marido, era «hombre autoritario, de mal genio, que se embriagaba con frecuencia», y que a él y a sus amigos les infundía «cierto pavor». Leonor, que había sido compañera de juegos de Granados, «ayudaba a su madre, soportaba las violencias del ex guardia civil, lloraba en silencio, y acariciaba desde el alto balcón en los largos atardeceres la blanca paloma de sus sueños». Si, como da a entender Granados, la muchacha «adoraba los versos», tener en casa al autor de las Soledades, de talante tan opuesto al de un padre que les hacía infelices
a todos, debió predisponerla para el amor.

Apenas sabemos nada acerca del desarrollo de la relación que, de entrada, desconcierta por la poca edad de Leonor. En la pensión, casi como uno más de la familia, Machado había tenido la oportunidad de hablar con ella cada día, de verla crecer, de irse familiarizando poco a poco con su persona. «Ojos y oídos tuvieron que iniciar un complicado debate que duró casi dos años», piensa Heliodoro Carpintero, que dedicó muchas horas de su vida a investigar los años sorianos de Machado.

Al mismo estudioso debemos una interesante hipótesis: el poeta, al principio, vería en Leonor a «una niña de 13 años que, sin duda, tuvo que evocarle a la hermana muerta».  Es posible. Como sabemos, el fallecimiento de Cipriana en 1900, a los 14 años, había sido un golpe muy duro para la familia. ¿Pero cómo, para un hombre tan tímido con las mujeres, quizás temeroso de ser rechazado, tratar de iniciar el noviazgo? Según Carpintero, acudió a un «curioso procedimiento» para cerciorarse de los sentimientos de Leonor, que era declarar los suyos en unos versos y dejarlos «con cuidadoso descuido» para que ella los leyera.

Se trataba del poema, originalmente titulado «Soledades», que terminaba, después de la evocación de una monjita espiada por el poeta, con tres versos, de divertida rima, acerca de cuya significación la pretendida no podía albergar ninguna duda:

"Y la niña que yo quiero,
¡ay! preferirá casarse
con un mocito barbero".

Leonor decidió que lo que ella prefería era casarse con el poeta -parece ser que hubo realmente un joven barbero-, y de alguna manera se lo hizo saber así. Machado luego pidió su mano a través de Federico Zunón Díaz, su colega de Instituto y compañero de pensión. Los padres, quizás algo inquietos al principio, accedieron; la madre de Antonio también dio su conformidad; y se acordó entre todos que la boda se celebrara a finales de julio de 1909, cuando Leonor hubiera cumplido ya los 15 años. Para respetar las convenciones, parece ser que el novio se cambió enseguida a otro alojamiento.

Machado expresó su euforia amorosa en un bello poema publicado aquel mayo, con otro de tema soriano («Amanecer de otoño»),
en La Lectura, donde, el mes anterior, había dado a conocer una selección de sesudos «Proverbios y cantares».

(…)

En 1909 la Pascua de Resurrección se celebró el 11 de abril, con lo cual hay que suponer que el poema refleja el jubiloso estado de ánimo de Machado en los días inmediatamente anteriores a la fiesta del renacimiento cristiano y primaveral. Tras tantos años de caminar solo, desesperado al no encontrar el amor, es por fin la alegría de un abril compartido con la mujer adorada. La resurrección es también la del poeta.
¿Comunicó Machado a Rubén Darío la noticia de su próxima boda? Es posible, dada la amistad que existía entre ellos. Por estas fechas el autor de Prosas profanas -desde 1908 ministro plenipotenciario de Nicaragua en Madrid- lee, en la prensa o en algunas cuartillas mandadas por Machado, unas declaraciones suyas sobre la patria (muy afines a las publicadas en Soria el 2 de mayo en el homenaje de la prensa a los héroes de la guerra de la Independencia). 

Impresionado, Rubén envía a La Nación de Buenos Aires un artículo en el cual reproduce trozos del texto, así como seis poemas de Soledades. Galerías. Otros poemas. El artículo termina con un elogio que demuestra la gran admiración que a Darío le suscita Machado:

(…)

Entretanto, pasado ya San Juan -que en Soria se festeja con gran fervor en el hermoso paraje de Valonsadero- se va terminando otro año académico. En su primer curso de Lengua Francesa Machado ha tenido nueve alumnos, todos varones. Los exámenes finales se saldan con un sobresaliente con opción a matrícula de honor, tres notables y cinco aprobados. Los ocho alumnos del segundo curso (hay, excepcionalmente para estas fechas, una chica) consiguen tres sobresalientes con opción a matrícula de honor, y cinco aprobados. Machado ya practica la costumbre, que será vitalicia, de no suspender a nadie, puesto que, como sus maestros de la Institución Libre de Enseñanza, aborrece los exámenes y un sistema anticuado que pone demasiado énfasis en la memorización de información a menudo inútil, y muy poco en el desarrollo del individuo.

* * *

El 12 de junio cumple Leonor los 15 años y se inician los trámites para la boda. Trámites que pronto encuentran eco en la prensa local, inevitable en una ciudad tan pequeña como Soria. El gran día está a dos pasos. El domingo 11 de julio se lee la primera de las tres amonestaciones de los novios, y amigos y familiares se acercan a la casa de los padres de la novia para expresar su felicitación. «Los invitados a la enhorabuena fueron obsequiados con pastas, dulces y licores exquisitos», refiere Tierra Soriana.

El 17, Machado, en contra de su práctica habitual, da un recital público de su poesía. Tiene lugar en la Sociedad de Obreros, que preside Pascual Pérez Rioja, director del periódico Noticiero de Soria.  El poeta-catedrático empieza con una «breve pero muy sustanciosa» charla cuyo tema, según los resúmenes de la prensa local, es «el arte con relación al pueblo». En ella rechaza con firmeza la noción de que hay un arte de minorías y otro para «las masas». Sólo hay uno y es un arte para todos. Terminada la charla recita siete poemas, entre ellos «Retrato», que provoca «grandes aplausos».

El 29 de julio, víspera de la boda, el padre de Leonor, el ex guardia civil Ceferino Izquierdo, y Ana Ruiz, la madrina -que ha llegado desde Madrid, acompañada de su hijo José- firman su consentimiento para el enlace. El padrino de la boda es un tío de la novia, Gregorio Cuevas Acebes, de profesión cirujano-dentista.

Parece ser que, en dicha víspera, tuvo lugar entre Machado e Isidoro Martínez Ruiz, el otro tío de Leonor, el siguiente intercambio.  «No olvide usted que mi sobrina es una niña». «Lo sé y no lo olvido», contestaría el poeta. Y es que la diferencia de edad de los novios llamaba la atención, y escandalizaba a más de uno. No sabían, no podían saber, que para el poeta casarse con Leonor era, en parte, recobrar los años que lamentaba no haber vivido, el casi reencuentro con «el hada más joven».

Al día siguiente, a las diez de la mañana, se celebra la boda en la iglesia de Santa María la Mayor, en la Plaza Mayor. La comitiva llega a pie por la principal calle soriana, el Collado. Son unos trescientos metros desde la casa-pensión de los padres de la novia en Estudios, 7. Leonor, según El Avisador Numantino, luce «elegantísimo traje de seda negro y magníficas joyas, cubriendo su hermosa cabeza con el clásico velo blanco prendido elegantemente y adornado con un ramo de azahar». Machado va «de rigurosa etiqueta».

Oficia el capellán (y también profesor de Religión del Instituto), Isidro Martínez González.64 Asisten, además de numerosos amigos y familiares de los novios, el claustro de profesores del Instituto. Tierra Soriana refiere que, concluido el acto religioso, todos fueron obsequiados con esplendidez en casa de los padres de la novia (El Avisador Numantino añade que el padrino, Gregorio Cuevas, aportó sidra y habanos).

(…)

¡Un catedrático de Instituto de 34 años (cumplidos unos días antes) que se casaba con una muchacha de 15! ¡Un corruptor de menores! Además, para colmo, según Carpintero, un grupo de estudiantes universitarios en vacaciones, «hijos de familias respetables y conocidas», había convertido la ceremonia en «una carnavalada», que luego siguió aquella tarde en la estación con el concurso de otros elementos chulescos.  Machado nunca olvidaría aquel martirio, aquella afrenta. El proyecto de los novios había sido pasar su luna de miel en Barcelona y ver allí a Manuel, quien, huyendo de la vida promiscua que llevaba en Madrid -si hemos de creer lo que le contó a Pérez Ferrero-, estaba disfrutando una temporada en la capital cata-lana.

Pero en Zaragoza se enteran de que, debido a la huelga general que se ha declarado en Barcelona como protesta por el envío de reservistas a África, se ha cortado la comunicación ferroviaria con la misma. Ha comenzado la Semana Trágica, de la cual será testigo presencial el hermano mayor, y en todo el país se ha impuesto la suspensión de garantías. Los novios deciden dirigirse hacia el norte y, según relatará Antonio a Pérez Ferrero, estuvieron en Fuenterrabía tras pasar por Pamplona. Luego bajaron a Madrid.

(…)

Aquel septiembre Machado entrega a La Lectura el poema «Soledades».  Es la composición en la que -según Heliodoro Carpintero- se había declarado a Leonor. Cabe pensar que lo hace para complacer a su mujer. Nada sabemos, de todas maneras, de su reacción al verse por primera vez aludida públicamente en la obra de su marido. De regreso a Soria la pareja se instala con los padres de Leonor en la calle Estudios, donde Isabel Cuevas les ha preparado dos habitaciones: un pequeño dormitorio con cama grande y una mesilla de noche, y un cuarto destinado a despacho de Antonio, con balcón a un jardín donde, en mayo, florecen unas acacias. Hay un gran espejo isabelino, «de elipse perfecta y molduras doradas, un sofá del mismo estilo, con sus dos butacas, tapizados con floreada te-la de seda. Y una mesa-ministro de grandes dimensiones, en la que se podía trabajar cómodamente». Hoy no queda vestigio ni de la casa ni del jardín. El tiempo y acaso la indiferencia de la ciudad han hecho su trabajo.

De Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado, de Ian Gibson. Madrid, Aguilar, 2006. 760 páginas.

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