Deportes

Sí, los ángeles transitan en bicicleta

Un cuento de Pablo Pérez. Todas las semanas el deporte se transformará en un cuento. mandanos tu historia a: contacto@mdzol.com

Debe estar ahí, seguro. Contándoles a todos que ya es tío. Que el hijo de su hermano Mecha es igualito a él - si hasta en la sonrisa se parece – les debe decir; si, seguro.

A esos nuevos inquilinos en la casa de las nubes, que ese chiquitín que corretea por las pendulares calles de su Barrio de siempre, es su más idéntica imagen de benevolencia terrenal. Y les aseguro que se los dice, porque nunca se guardo nada, solo resultó egoísta una vez, cuando se fue y no nos aviso.

Negro no me digas que lo sabe ya hasta San Pedro, porque no te creo. Con tu intensidad pasional, has descripto todas tus semejanzas con ese purrete, hecho a la medida de nuestro amor por vos.

A todos esos inmortales que te rodean hoy y que desde el cielo igual ven y mejor, les habrás contado también, que tu sobrinito se llama Máximo, y que claro, lo más importante para tí: Es hincha del Globo.

De quien otro sino. De tu Globo. Del que acompañaste cada tarde de hastío y de frió. De ese que apañaste en las mayores frustraciones. De esos viajes indescriptibles por los azarosas canchas del terruño nativo que terminaban por ser una gran historia. Historias sin fin. Que solo el negrito sabía contar.

Debe estar cerca de ese Dios, que lo rescató de los mortales para sumarlo a sus huestes de ángeles caídos. Y desde allí les recordará.

Esa vez que no tenías un austral y me pediste a mí para ir hasta Rivadavia. A la cancha del “naranja” enclavada en ese bosque inconfundible. Era un domingo más, la Hilda había preparado los ñoquis del 29 y el Marcelo leía el Mendoza Hoy. El Mecha dormía – como siempre ajeno al fútbol – y no laburaba, era chico, ahora cuida de nuestro bebé.

Estabas desesperado desde el sábado anterior, por cumplir con tú religiosa visita al templo del gol. El Globo andaba por la mitad de tabla, y desde la tribuna repetían siempre lo mismo: “Nos bombean viejo, siempre nos cagan, no quieren a Huracán…”.

El grupete que era tu segunda familia había decidido gastar el mango flaco en probar suerte con las minas en Probeca, te acordas?. Vos no lo podías creer, y me acuerdo patente esas palabras que me apuntaste.

Gordo: “ahora es cuando mas hay que estar, si ganamos allá, nos prendemos y después bajamos a la Lepra”. Yo te dije si, pero además me acuerdo que también te negué el austral para el bondi, porque era el que cuidaba para salir con la Lorena, te acordás la Lorena?. Esa morocha, que le llevaste la carta cuando me estaba por ir al fin del mundo?.

Y ya era domingo negro, a la madrugada, y en la “cucheta” no dormías. Me despertaste con la almohada y me confesaste: “Yo me voy como sea a Rivadavia”.

Y esa mañana en la que amasaba la vieja y el viejo visitaba a la abuela Antoniana y al Félix, pediste permiso y te marchastes a la cancha.

Te lo dieron, con los recaudos de siempre por delante. Nadie sabía, excepto yo, que no había ni monedas mugrientas para el viaje al Este.

Y con la sonrisa picarona de siempre, agarraste la "aurorita amarilla" que estaba pegada al calefón y te subiste. Tu última pedaleada fue apenas unos minutos antes que saltara el Globo a la cancha.

Llegaste con un suspiro y casi sin aliento, pero llegaste.

En esa “bica” compinche, mostraste tu incondicional pasión por los colores. Ese día, de vuelta y por la noche, con la victoria de los lasherinos y una preocupación lógica de todos, te decidiste a armar el trapo, pintado con las fibras de la escuela, rezaba: “Globo sos una pasión inexplicable”. Estabas feliz. Cual feliz estabas.

Y sí, el trapo te merecía.

Ahora nada cambia negro, te cuento, pero seguro que nos ves.

Se fueron todos a la Europa o con lo yankis. El Piti, el Gata, el Tito. Y la “cleta”, acordate la cambiaste vos antes de dejarnos, por la de "media carrera", que después la hicimos plata, para que tuvieses tu primera moto. Maldita moto.

Esa que te llevó y nos dejó moribundo. Pero por tu valor, tu valentía y tu magia, nunca aflojamos. Te perdimos, pero te encontramos en cada gesto del “Mo”. Así le decimos. Tú sobrino, que es de Huracán. Y ya tiene una bicicleta y una camiseta. Y se fotografió con Curuchet.

(A la memoria de Fernando Agustìn Pérez)
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