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Apretadas, temerosos y cobardes entre nosotros

El halo de impunidad que transita sin cuarteles por la hasta ayer ciudad más segura y menos sucia del "bastardeado" país que amamos abre capítulos sin piedad en cada uno de nuestros quehaceres diarios.

El fútbol que supimos conseguir deja en evidencia esta careta de impunidad que desestabiliza y embarra a un deporte tan apegado a nuestros afectos más sensibles.

Hartos de estar hartos. Este sentimiento de convivencia estrecha que lamentablemente mantenemos con los “traidores de la redonda” nos está agotando.

Le debemos decir no solo a estos desbordados delincuentes, sino a aquellos que protegen su estadía en esta mueca triste del destino, que no requerimos de sus servicios de desinteligencia para quitarnos una de las contadas situaciones que nos dan una sonrisa en el dibujo de nuestra cara.

Esta Mendoza de infinitos vaivenes de convivencia, con caras y caretas paseando sus bienestares por las atiborradas villas de los miserables que pisotearon alguna vez, debe erigirse por cuenta propia y por cuenta de cada uno de sus transeúntes, de estas ruinas que han sembrado un temor sin confines.

Este fútbol de aquí, con historias plagadas de éxitos, a fuerza de potreros rebosantes surgidos en centenares de espacios dispuestos a descubrir sueños por venir, debe volver a ser, regresar a su epistemología y no dejarse avasallar por tórridas construcciones con escaleras al cielo o monumentos de cartón con olor a ofertas súper-embusteras.

Estamos perdiendo la esencia definitivamente y a su lado crecen agigantadamente los opositores a una sociedad sana y pensante.

La pelota les da por las pelotas. Por eso la pinchan antes que gire en busca del gol de la libertad.

Los clubes sufren arrebatos de valores, pierden interés y olvidan las tradiciones. Son cercenados vilmente de su máxima expresión en su esforzada creación y las espaldas son apuñaladas hasta dejarlos agonizantes. Nos estamos quedando sin ellos y sólo asentimos con nuestra inacción.

Los hinchas de pañuelo en cabeza o de gorritos por costosos pesos de ayer ya no están. Dejaron de estar. Y llegaron estos – algunos, cada vez más – disfrazados de colores que sólo imitan al camaleón, par instalarse en paradas bravías en defensa de ningún consumidor. Ellos dominan en el miedo, en el sosiego y se apersonan en la semana para ejercer su lado más oscuro y tenebroso.
 
¿Pidiendo qué? Ganar a costa de todo, como si nadie hubiese jugado antes y supiera que sólo eso puede pasar con “El Víctor” o con Mémoli o con el Chalo Pedone, ellos pudieron hacerlo, pero sin matones ni bravucones al lado, solo por talentos innatos, de esos que hablamos ya no aparecen por si solos, porque a nadie le importa formarlos.

¿Qué exigen?, cuando ni siquiera de sus bolsillos rellenos con corridas, son capaces de dar. Nunca dieron, siempre quitaron. Y su hombría bastarda se sienta sólo sobre “fierros o hierros”, sin ello en mano son bocones de pacotilla.

¿Dónde se encuentran en esas visitas asesinas los vestidos de dirigentes? Algunos sentados cerca y mirando otro costal, otros escondidos lejos y sin mirar.

Nadie hace nada, porque creen no estar designados para ese fin. Entonces que se vayan, que huyan, que dejen paso a los que cuenten con ideas para virar un cambio. Y si nadie está para defender a sus huestes que pongan un candado.

Recuerden que es el club que representan, el de los multiplicados triunfos, ese que juran sostener desde su amor de pibe.

Pero no están, no denuncian, son tan cobardes como los agresores, aunque no mortifican. Quizá desde su ineptitud para prestarse al diálogo con sus hombres dentro de la cancha, creen que habilitando a los matones encontrarán la fórmula. No todos lo hacen, pero sucede.

Nos ha pasado tanto en el último tiempo, que contar esas apretadas de capones es sólo un número tenebroso.

Sólo un efímero repaso de memoria: pasó en Independiente, en Gimnasia, en las tribunas de Godoy Cruz, en Guaymallén, en Maipú, en Argentino, en San Martín, en Huracán Las Heras, en Luján y sigue pasando.

Sin denuncias certeras, sólo por pocos que se animan a contar sabemos algo de este lado oscuro que se ha cimentado.

Y la seguridad para esos hinchas verdaderos queda expuesta en un santiamén por este grupito de escrupulosos, al que quizás le quitaron la esperanza algún día, pero las culpas no son de aquellos a los que atacan. Nunca un justo debe pagar por un pecador.
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2 de Diciembre de 2016|15:07
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