La admirable trayectoria de un líder: Güemes

Por Beatriz Bragoni

Este libro recupera un personaje clave de la independencia y restituye un proceso de movilización política popular inédito como consecuencia del colapso español en América y la formación de la Junta Provisoria de Gobierno en 1810.

Los gauchos de Güemes. Guerras de independencia y conflicto social, de Sara Emilia Mata. Buenos Aires, Sudamericana, 2008, 210 páginas. $35.

Sara Mata interroga la experiencia histórica salteña conmovida por la revolución y guerra después de haber incursionado magistralmente sobre la sociedad y la economía colonial; ese bagaje intelectual anclado en la historiografía agraria hispanoamericana y andina, gravita decididamente en el relato explicativo que ofrece sobre las vicisitudes de una comunidad envuelta en la guerra, y que por ella, se ve constreñida a un violento proceso político caracterizado por la militarización de las milicias gauchas, la redistribución de recursos y la construcción del liderazgo social y político del salteño Martín Miguel de Güemes.

La narración que ofrece Sara Mata dista de las versiones canónicas que desde Mitre a Bernardo Frías hicieron de Guemes el arquetipo heroico de la frontera norte de la revolución rioplatense en más de un punto. Ante todo, porque su objetivo no sólo reside en contextualizar las características del liderazgo guemesiano en relación a las condiciones locales de su emergencia; el propósito que persigue consiste también en analizarlo de cara a las direcciones inesperadas del desarrollo de la guerra de independencia, y al delicado equilibrio que reguló las relaciones de cooperación y conflicto con las jefaturas militares del gobierno revolucionario con sede en la lejana Buenos Aires, y con las elites propietarias salto-jujeñas en el breve aunque decisivo lapso de su  predominio político.

Como en otras jurisdicciones del antiguo virreinato rioplatense, el despertar revolucionario salteño exhibe los pormenores de una convulsión política que despliega las tensiones sociales acumuladas en los últimos tramos del orden colonial conmovido por las rebeliones indígenas altoperuanas, la resistencia de las elites urbanas a los nuevos funcionarios borbónicos que cercenaron las autonomías locales, y la crisis de los circuitos mercantiles que hizo tambalear la prosperidad de los clanes familiares enriquecidos con el comercio mular. Será justamente la vinculación comercial, social y familiar con el espacio altoperuano la que facilitó el avance de las tropas realistas a Salta en el curso de 1812, el restablecimiento del pendón real y la jura de la constitución gaditana al despuntar 1813. El casi inmediato triunfo del ejército de Belgrano en la célebre batalla del 20 de febrero no sólo introdujo un giro decisivo a favor de la revolución sino además activó un proceso de movilización miliciana inédito que envolvió a la plebe urbana y alcanzó el paisanaje rural. Esa experiencia política colectiva y la resistencia campesina ante al despojo de sus bienes por parte de las tropas dirigidas por el jefe realista Joaquín de la Pezuela, no sólo estaría destinada a consolidar la opción revolucionaria entre los sectores plebeyos urbanos y rurales sino que además convirtió –por instrucción de Manuel Dorrego- la guerra de guerrillas en estrategia eficaz para esmerilar el poder realista en Salta y su área de influencia, y a Güemes en su único jefe militar.

El ascenso de Guemes a partir de 1814 resulta entonces correlativo a la movilización miliciana y a la afirmación del poder revolucionario en la flamante provincia. Convertido por orden del coronel José de San Martín en comandante de Avanzada del Ejército auxiliar, el líder salteño activó los vínculos con vastos contingentes de hombres movilizados que incluía a negros, mulatos y pardos, algunos esclavos, tributarios indios de procedencia altoperuana, “españoles” o blancos pobres y mestizos. Al tiempo que esa inclusión política y militar plebeya creaba zozobra y malestar entre los grupos propietarios – amparados en los cabildos de Salta y Jujuy- el poder de Guemes resulta condicionado tanto por la densa red de jefaturas militares, sociales y territoriales intermedias como también resulta tributario de las concesiones o beneficios que vertebraban las complejas relaciones de mando y obediencia entre el líder y sus bases gauchas.

Sara Mata discrimina los móviles que estimularon y mantuvieron la movilización, y destaca que el goce del fuero militar (que permitía eludir la justicia ordinaria), la expectativa de ascenso social a través de la carrera militar, el acceso a tierras o eludir el pago de arriendos constituyeron estímulos primordiales de la insurgencia gaucha. Esa dimensión material y simbólica de la movilización salteña no parece haber sido excluyente: la autora postula que el margen de autonomía desplegado por la maquinaria miliciana local frente a los oficiales del ejército porteño, se convirtió en un motivo de atracción adicional de adhesión a Güemes.

Y si esa autonomía gravitó favorablemente en el episodio de Puerto de Marques, el éxito patriota habría de ser aprovechado por Güemes para crear un cuerpo de milicianos fieles a su órbita – la División de Gauchos de Línea Infernales- con absoluta independencia de la cadena de mandos militares instituido por el gobierno revolucionario, y que estaría destinado a constituirse en cantera de profesionalización militar para curas, pequeños productores, jueces rurales, estancieros vecinos, jefes de milicias locales e incluso esclavos, peones y arrenderos.

El accionar de Güemes en esa esfera no resulta ajeno al momento político que atravesaban las Provincias Unidas en los primeros meses de 1815, y esa coyuntura es la que optimiza las condiciones para transformar la jefatura militar en jefatura política de la provincia: mientras la sobrevivencia del Directorio pendía de un hilo, Güemes resultó electo gobernador por aclamación de las milicias gauchas en el corazón de la ciudad, y esa unidad de mando es la que brindó condiciones favorables para que Salta enviara sus representantes al Congreso soberano celebrado en Tucumán.

La incertidumbre de la revolución, y la amenaza latente de la plebe militarizada es la que hace soportar a las elites no sólo el liderazgo de quien les ha arrebatado el gobierno y la justicia, y les impone periódicamente confiscaciones y contribuciones forzosas para sostener la guerra, sino también las condiciones del ejercicio del poder guemesiano que toleran pero no aceptan: esa hostilidad es la que alienta la reunión de voluntades para conspirar contra el líder que incluye a antiguos subalternos del cuerpo de infernales, corroído por rivalidades y las dificultades de cumplir con los servicios milicianos.

Ni Jujuy ni tampoco Salta dejaron de representar un espacio estratégico para quienes bregaban por sofocar a los “insurgentes porteños”: ello explica no sólo el liderazgo del salteño en el espacio altoperuano posterior a 1817, sino también la última incursión realista en la jurisdicción salteña en 1820. Pero para ese entonces el clima es distinto: la pulverización de las Provincias Unidas, la precariedad fiscal para soportar los costos de la guerra, la creciente oposición de las elites salto-jujeñas urgidas por restablecer el orden social en la campaña y el comercio con el Perú, y la deslealtad de antiguos compañeros de ruta en la carrera de la revolución desmenuzaron las bases de su poder, y determinaron el quiebre definitivo de una veloz y fascinante trayectoria política y militar que, iniciada en las heroicas jornadas porteñas que rechazaron al invasor inglés, había sido radicalmente modificada por la insurgencia popular que acompañó el curso de las guerras de independencia en la jurisdicción salto-jujeña.

 

 

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