El mal absoluto, por Claudio Magris

Es raro encontrar el mal puro, absoluto y gratuito, sin que lo hayan manchado esos restos de humanidad que están presentes en casi todas las acciones de los hombres, incluso en las más brutales. El gesto del asesino más abyecto y cruel se entremezcla a menudo con sentimientos, miedos, debilidades, contradicciones, coincidencias, casualidades que ciertamente no aminoran su culpa ni lo excluyen de la necesidad de una condena y de un castigo, pero la entrelazan a la incertidumbre, a la ambigüedad de la condición humana.

Con mucha frecuencia, el Mal, escrito con mayúscula, ejerce una seducción vulgar, como una telenovela en technicolor ; parece más interesante, pero en realidad es mucho más trivial y retórico que el bien, el que, en cambio, es muy difícil y azaroso, más complejo, carente de prejuicios y requiere valentía, fantasía, originalidad.

Rara vez la literatura ha sido capaz de hacer una representación adecuada del mal, con excepción, claro está, de algunos escritores, sobre todo clásicos, realmente despiadados y objetivos cuando han tenido que representar la impiedad de la vida. La literatura que pretende tomar una actitud cínica y parece chapotear complacida en la sangre y en el horror; no deja correr sangre sino jugo de tomate, y bajo la ostentosa matanza no hace más que profesar buenos sentimientos.

El otro día, casualmente, me topé con un testimonio del mal absoluto. Es una carta dirigida a Himmler, fechada el 13 de abril de 1942 y escrita por la señora Nini Rascher, consorte del doctor Siegmund Rascher, Hauptsturmführer de las SS, el médico que en el campo de concentración y exterminio de Dachau utilizaba a prisioneros -sobre todo judíos y rusos- en horribles experimentos mortales: especialmente, de compresión y descompresión atmosférica y de congelamiento, seguidos de intentos de "revivificación" al contacto con los cuerpos desnudos de detenidas que eran traídas desde Ravensbrück con este objetivo y que posteriormente eran eliminadas. Estas y otras actividades semejantes habían encontrado, por el celo con el que eran ejecutadas, un especial aprecio de Himmler, quien les envió chocolates al médico y a su familia en ocasión del día de Pascua.

En su carta, la señora Nini Rascher le agradece a Himmler los chocolates, de los que -dice- su marido es muy goloso. No es extraño, obviamente, que la esposa de un médico torturador le agradezca al torturador en jefe el envío de este sabroso regalo, raro y precioso en los duros tiempos de guerra; y, ciertamente, nadie espera que la señora eleve su voz para protestar en contra de los experimentos.

Sin embargo, uno se esperaría que la señora Nini se detuviese ahí, que le agradeciese los chocolates y formulase sus más respetuosos saludos. Nadie, ni siquiera Himmler, le pide más. La señora Nini, por el contrario, prosigue complacida con las apreciadas pruebas realizadas por su esposo, que despedazaba seres humanos durante la semana de Pascua que recién acaba de terminar y trabajando sólo en estos "experimentos -escribe- que, en cambio, el doctor Romberg realizó con demasiados límites y demasiada compasión".

Estas palabras son una epifanía del mal, puro y gratuito. El doctor Romberg también era, evidentemente, un médico nazi, dedicado a realizar esos infames experimentos y esas atroces torturas. Por lo que parece, a Romberg sólo lo asaltaban pequeños titubeos para asesinar; era un poco menos arrojado y decidido que el doctor Rascher; quizá, sencillamente, porque era de un temperamento menos exuberante, así como también entre los borrachos y los erotómanos hay quienes se cansan un poco antes.

La señora Nini escribió estas palabras en plena libertad; nadie hubiera dudado de su fe nazi si no las hubiese dicho, si se hubiese limitado a agradecer los chocolates. En este momento, ella sobresale en el mal más que todos. Es más infame que su esposo, que Himmler, que los otros esbirros del exterminio y que los asesinos que, en los más diversos lugares de la Tierra y en los más diversos momentos de la historia, manifiestan crueldad sobre sus semejantes.

El asesino, mientras realiza su delito, está en los engranajes de una máquina monstruosa; obviamente esto no lo justifica en lo más mínimo y es más que justo que, por ejemplo, el doctor Schilling, que en Dachau les inoculaba a los prisioneros la malaria, haya terminado en la horca; pero la maldad del doctor Rascher es un mysterium iniquitatis menos puro que el de su esposa.

Toda una historia -en verdad miserable y criminal- llevó al doctor Rascher a ser un verdugo peor que el doctor Romberg; las palabras de la señora Nini, en cambio, vienen directa y deliberadamente desde su corazón, de su amor radical y total por el mal. Alegrarse de un delito puede ser, a veces, peor, más vil y más gratuito que cometerlo. Si alguien, sincera y genuinamente se alegrase de las torturas que les infería Mengele a sus víctimas, incluso sería peor que él.

Misterio de la iniquidad, dicen las Escrituras. Quizás el misterio más grande sea cuando el mal alcanza tales cúspides, un total y absoluto fin en sí mismo.

Providencialmente, Rascher y su esposa fueron eliminados por los propios nazis, no por sus delitos, sino porque no eran confiables y eran unos truhanes. La cólera de Dios no es, presumiblemente, menos infinita que su misericordia. En Los hermanos Karamazov , en una conversación sobre un general que intencionalmente había azuzado a unos perros para que despedazaran a un niño, Iván le pregunta a Alioscia si Dios puede perdonar una crueldad semejante. "No -responde con pesadumbre Alioscia-, no puede."

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Opiniones (1)
6 de Diciembre de 2016|09:44
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6 de Diciembre de 2016|09:44
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  1. Respeto al obispo de Mendoza profundamente. Soy atea. Él dijo en su discurso de Pascuas que hasta el peor de los hombres puede cambiar. ¿Habrá leído a Magris? ¿Habrá leído a cientos de foristas de MDZ pidiendo la pena de muerte? ¿A esos que él bendice en masa?
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