Georg Friedrich Händel: un genio odioso

Una exposición en la casa que ocupó el artista durante 36 años y en la que compuso sus óperas y oratorios más célebres, entre ellos "El Mesías", marca el 250 aniversario de la muerte del gran músico alemán del barroco. La muestra pone de relieve sus virtudes, defectos y contradicciones.

Por Joaquín Rábago / EFE

La casa museo de Händel, un edificio de estilo georgiano en la calle Brook, constituye un pequeño remanso de paz a pocos metros del bullicio de la siempre concurrida Oxford Street, principal arteria comercial de la capital británica.

En la casa adyacente a la de Händel (1685-1759) pasó unos meses de 1969 el músico norteamericano Jimi Hendrix con una novia inglesa, algo que recuerda una placa colocada en la fachada.

Óleo de Händel realizado por Philip Mercier.

La exposición dedicada a Händel, que incluye objetos de la propia colección así como préstamos de museos británicos y de colecciones privadas, ha sido comisionada por Christopher Hogwood, uno de los principales impulsores del llamado movimiento de música antigua y biógrafo además del compositor.

"Handel revealed" (Händel revelado) investiga diferentes aspectos de la vida del músico alemán, a quienes los británicos, que quitan siempre la tilde a su apellido, consideran un compositor propio.

Según explica Hogwood, hay dos imágenes contrapuestas del músico: la negativa le presenta como un individuo irritable, misógino, intolerante y pomposo, sin reparos a la hora de plagiar a otros músicos.

La favorable muestra, por el contrario, a un creador genial y generoso, abierto, honrado, cosmopolita, sociable y religioso además de un gran filántropo, como lo demuestra cuanto hizo a favor del asilo londinense para niños de la inclusa, otro de los lugares de peregrinación de sus admiradores a lo largo de este año.

La exposición y los textos que acompañan a los objetos que en ella se exhiben trata de responder a las preguntas que muchos se han hecho sobre sus hábitos de comida y de bebida, sus enfermedades, sobre la gestión de sus negocios como empresario de sus propias creaciones, sobre sus amistades y otros aspectos biográficos.

Se sabe por ejemplo que nunca se casó aunque se cree que tuvo dos jóvenes y ricas admiradoras deseosas de llevarlo al altar. La cosa no funcionó porque se opusieron sus madres: una de las familias llegó a poner como condición para consentir el matrimonio que Händel renunciara a su profesión.

Entre las anécdotas que se cuentan en la exposición está la de su duelo en 1704 en Hamburgo con otro compositor, el también alemán Johann Mattheson, con quien se había disputado sobre quién debía tener prioridad en el foso de la orquesta.

Según la versión que dio este último, a su rival lo salvó milagrosamente un botón de la casaca que desvió la trayectoria de la espada.

Según documenta la exposición, Händel fue también un hábil hombre de negocios. Tuvo una cuenta en acciones y efectivo en el Banco de Inglaterra y logró evitar el impacto de la crisis financiera que estalló en Gran Bretaña en 1720 a consecuencia de la llamada Burbuja de los Mares del Sur, iniciada nueve años antes.

También se proporciona información sobre los achaques del músico: su obesidad, fruto, entre otras cosas, de su extraordinaria voracidad, motivo favorito de algunos caricaturistas, sus episodios recurrentes de parálisis, que se atribuyen al envenenamiento por el plomo disuelto en las bebidas alcohólicas almacenadas en recipientes de ese metal, y su ceguera final.

A pesar de la gravedad de sus males y de la pérdida de su visión, Händel siguió supervisando hasta el final las interpretaciones de sus oratorios bajo la dirección de su asistente, John Christopher Smith, en el Theatre Royal del Covent Garden.

Händel falleció en la casa de Brook Street el 14 de abril de 1759 a los 74 años de edad, 49 de los cuales los había pasado en su patria de adopción, un país sometido por aquel entonces a fuertes cambios sociales y trastornos políticos con la aparición de los primeros partidos políticos: los whigs y los tories.

Inglaterra le dedicó un funeral multitudinario en la abadía de Westminster, donde se erigió un monumento a su memoria: una estatua esculpida por el francés Louis-François Roubillac.

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