A 15 años del genocidio Tutsi en Ruanda

Los autores, con conocimiento del tema, recuerdan la matanza de más de 800.000 seres humanos en uno de los genocidios más terribles del Siglo XX, y reflexionan sobre el nulo rol de la ONU y los países occidentales que permitieron la masacre.

La herida de un genocidio es muy profunda, a pesar de que un día pueda cicatrizar. El ejercicio de la memoria exige un proceso de duelo, de testimonio, de reconciliación. Hacer memoria es honrar a aquellos que han sido masacrados siendo inocentes, es recordar que cada hombre es una historia sagrada. Hacer memoria es actuar en el presente a partir de lo sucedido en el pasado. Porque la memoria es una condición previa e indispensable al ejercicio de la justicia.

Hacemos memoria por los sangrientos atentados perpetuados contra la sede de la AMIA o de la Embajada de Israel en nuestro país y pedimos justicia por sus víctimas; recordaremos por siempre las atrocidades cometidas durante la última dictadura militar en Argentina y en numerosos países de América Latina. No nos olvidaremos jamás del holocausto cometido durante la segunda guerra mundial.  Asimismo, sería un acto honesto recordar otras barbaries que se han cometido; muchas reciente o actualmente, en otros lugares del mundo.

Ruanda, país de África central ubicado en la región de los Grandes Lagos, antigua colonia alemana desde finales del siglo XIX, pasa luego de la II Guerra Mundial a ser protectorado belga hasta obtener finalmente su independencia en 1962. Su población está dividida principalmente en dos grupos étnicos, los Hutus y los Tutsis; éstos últimos concentrando el poder político y económico del país durante muchos años. Desigualdad que generó un clima de gran malestar social asociado a una creciente ola de violencia y odio.

Este 7 de abril se conmemoran 15 años del genocidio Tutsi en Ruanda, abriendo la página más negra de su historia. Ese día fueron asesinados la primer ministro Agathe Uwlingiyimana y 10 soldados belgas que la custodiaban, acusándolos de haber derribado el avión del presidente Habyarimana  el día anterior.

Independientemente de los motivos utilizados para perpetrar estos asesinatos, el hecho en sí tuvo una importante repercusión internacional, lo que hizo pensar a muchos que la ONU intervendría firmemente y pararía el terrible conflicto que se avecinaba. Por el contrario, se ordenó la retirada de lo cascos azules, sumada a la retirada de fuerzas occidentales y sus respectivos residentes. Esta situación dejó a la población civil sin protección y fue aprovechada por los radicales Hutus para comenzar el genocidio.

Se puso en marcha una maquinaria de la muerte que operó durante los tres meses siguientes y se cobró la vida de cientos de miles de personas, entre ellos Tustsis, Hutus moderados y líderes Hutus de partidos políticos opositores.

Se estima, ya que no se ha logrado determinar aún el número exacto, que fueron asesinados aproximadamente 800.000 Tutsis, lo que representaría un 84% de su población en 1994. Esta operación de exterminio fue liderada por las fuerzas militares y por la milicia Interahamwe ; participando también ciudadanos ordinarios.

Poca era la importancia que se daba a nivel mundial a las noticias que llegaban desde Ruanda entre abril y julio de 1994. Poco era el interés que se portaba a las frases de los enviados especiales tales como “Están pasando cosas terribles aquí, miles de personas son asesinadas con machetes en las calles”.

Actualmente, algunos de los interrogantes planteados cuestionan las condiciones que permitieron que esta masacre se llevara a cabo en un clima de indiferencia generalizada; cómo la comunidad internacional tuvo una reacción tan lenta y tardía para impedir o bien frenar los acontecimientos desencadenados.

Las causas del derribo del avión presidencial son objeto de investigación de la justicia francesa. Sin embargo, hasta hoy en día son poco claras.  A decir verdad, son muchas las zonas sombrías en la investigación de este genocidio. Por ejemplo, la responsabilidad de algunos países occidentales; ya sea formando militares ruandeses, acompañando al gobierno genocida; retrasando la resolución de Naciones Unidas que pusiera fin a este terrible suceso o bien, no colaborando para agilizar su aprobación.

¿Habrá sido sólo un error político? ¿Por qué hay aún tantos presuntos genocidas en libertad (muchos entre ellos viviendo en Francia)? ¿Cuál fue la responsabilidad de estos países occidentales?

Aprovechamos este día de conmemoración para llamar a la reflexión a partir de ciertos interrogantes. ¿Cuáles son las repercusiones actuales de este genocidio en Ruanda, en África, y en el mundo? ¿Cuál es el papel y la responsabilidad de cada ser humano frente a fenómenos de esta índole, que ocurren incluso en la actualidad? ¿Se trata de ingenuidad, desconocimiento, desinterés, pasividad? ¿Deseamos comprometernos de alguna manera?
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19 de agosto de 2017 | 09:19
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