A 120 años del nacimiento de Gabriela Mistral

El 7 de abril de 1889 nacía la poeta chilena y Premio Nobel de Literatura, una de las voces formadoras de la identidad latinoamericana, junto al cubano José Martí, al nicaragüense Rubén Darío y el mexicano Juan Rulfo. En en su país, la reconocieron diez años después de recibir el Nobel.

Por Mauricio Weibel / dpa

Sus versos de "americanidad profunda" y su mirada femenina la distinguen entre sus pares, planteó el poeta y académico chileno, Jaime Quezada, estudioso de su obra, premiada por la Academia Sueca en 1945 (foto).

"Fui criatura estable de mi raza y mi país, escribí lo que veía o tenía muy inmediato, sobre la carne caliente. Desde que soy criatura vagabunda, desterrada voluntaria, parece que no escribo sino en medio de un vaho de fantasmas", diría difusa ella sobre su obra.

Pero para Quezada su aporte es vital y claro. "Ella descubre para Europa el mundo americano" con líneas de dolor desgarrado, de misticismo infinito, regalados en Desolación, Tala, Lagar y Ternura, sus obras en vida.

Además para el poeta y premio Cervantes chileno Gonzalo Rojas, la clave de Gabriela Mistral es que encontró América en su propia tierra, sin tener que ir a Machu Picchu, como su alumno y también Premio Nobel, Pablo Neruda.

Los poemarios de Gabriela Mistral, nacida como Lucila Godoy, son además obras labradas por años y construidas en los parajes más desolados de su tierra y alma, cargada de dolores inconfesables.

"Ella era preciosamente áspera y sana", rememora Rojas, destacando la solidez de su obra, surgida siempre en la soledad y sin el "atarantamiento de otros escritores", añade Quezada.

De hecho, una hacienda perdida en las tierras más australes de América, entre cóndores y caballos, además de una pieza rural en su Elqui natal son algunos de los testigos de su pasión literaria, que fue siempre un viaje a sí misma y la universalidad que la rodeaba.

Nacida bajo la mirada de las montañas andinas, su vida es una travesía social, femenina y literaria por escuelas pobres de desiertos polvorientos, gélidas y ventiscosas estepas patagónicas, además de salones diplomáticos y académicos que le parecían lejanos.

Fue también una odisea por los dolores insuperados del abandono de su padre, Juan Godoy, de una violación a los siete años, la muerte juvenil en Brasil de Yin Yin, su supuesto hijo, el suicidio del obrero Romelio Ureta, quizás su mayor amor masculino, y su sospechado romance con Doris Dana, su secretaria.

Su vida también fue la relación pendular que mantuvo con su país, donde el vulgo y los intelectuales cuestionaron su falta de estudios universitarios, la excluyeron de antologías poéticas y le otorgaron el Premio Nacional de Literatura diez años después de recibir el Nobel.

Por ello, quizá vivió fuera de Chile, pero con los ojos clavados en sus orígenes.

"La tierra de América y la gente mía, viva o muerta, se me han vuelto un cortejo melancólico, pero muy fiel, que más que envolverme me forra y me oprime y rara vez me deja ver el paisaje y la gente extranjeros", diría en sus años finales, antes que el cáncer acabara con su vida.

Ello ocurrió mucho antes que el mundo descubriera miles de versos inéditos que su parquedad y exigencia le impidieron publicar en vida.

Escritos ocultos por años sobre América Latina, historias de locos y locas, naturaleza, guerra e incluso poemas dedicados a personalidades políticas como el líder nicaragüense Augusto Sandino.

Toda una obra escondida en cajones que no hizo más que confirmar que su seño adusto y su misticismo profundo sólo admitían compartir con el mundo los versos más dignos de sus plumas y abismos.

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