Martín Güemes, el héroe y su leyenda

Lucía Gálvez narra la historia del caudillo desde su nacimiento en una rica familia salteña y sus primeros pasos en la defensa del Buenos Aires durante las Invasiones Inglesas, hasta la concreción de su verdadera epopeya y revela el misterio de su figura con estatura de mito.

Por Lucía Gálvez

Güemes frenó siete veces el avance de las fuerzas españolas en el Norte de nuestro país, con un grupo de gauchos mal armados e implementando tácticas de guerrilla.

Lucía Gálvez, historiadora e investigadora de reconocido prestigio, narra la vida pública y privada de Martín Güemes: su nacimiento en el seno de una rica familia salteña; los primeros y audaces pasos en la defensa de Buenos Aires durante las Invasiones Inglesas; el ascendiente que supo ejercer sobre sus hombres, capaces de dejarse matar por él; la bravura con la que enfrentó a las fuerzas invasoras y la determinación con la que rechazó las intrigas de sus pares y de algunos gobernantes; su deseo de ser el colaborador de San Martín en la liberación de todo el continente, que una temprana y trágica muerte truncó.

Martín Güemes. Baluarte de la Independencia nos introduce en el misterio de esa figura con estatura de mito que todavía hoy los norteños recuerdan y veneran como a uno de sus ídolos más entrañables.

Una familia hispanocriolla. En tiempos del Virreinato (fragmento)

La familia Güemes en Salta. Nace Martín Miguel

En 1783, al fundarse la Intendencia de Salta del Tucumán, las Cajas Reales de Salta pasaron a depender de Güemes Montero. Hacia allí viajó el Tesorero con su familia. Precisamente el 8 de marzo de ese año había nacido en Jujuy el primer hijo de Gabriel y Magdalena, llamado Juan Manuel.

Desde el siglo XVII, Salta había tenido un papel des-tacado en el comercio ganadero y textil con el Alto Perú, que a fines del siglo XVIII acusó un gran incremento. Ello se debió al “auto de libre internación”, como se llamó al tratado de comercio de 1778, que permitía al puerto de Buenos Aires establecer relación con todos los puertos de España y algunos de la América hispana, lo cual dotó al nuevo virreinato de la indispensable puerta para dejar salir sus mercancías.

El monopolio de Cádiz y Sevilla sufrió un duro golpe; en cambio, los hacendados del virreinato, grandes o pequeños, empezaron a enriquecerse con la venta de sus cueros, sebos y grasas, y sobre todo con el tráfico de mulas, que hacían su recorrido desde las pampas rioplatenses hasta los valles cordobeses, tucumanos y salteños, donde invernaban y se preparaban para cruzar punas y quebradas hasta dejar sus huesos a orillas del Pacífico.

No sólo Salta, también Córdoba y Mendoza vieron incrementadas sus ganancias y continuaron su progresivo adelanto urbano. El monto de las dotes da una idea de la riqueza de algunos estancieros comerciantes, que llegaron a constituir una sociedad económicamente fuerte.

Se desarrolló el crédito mercantil, sobre todo en el rubro mular y efectos de Castilla, lo que ilustra la condición de Salta como excelente plaza comercial para los peninsulares. La ciudad donde se instalaron los Güemes fue progresando y embelleciéndose con casas de dos plantas, puertas bellamente talladas, rejas voladas y balcones de estilo limeño. Si bien no era “la mejor ciudad del virreinato”, como proclamaba más de un entusiasta salteño, sus casas señoriales, cómodas y espaciosas, cobijaban entre sus anchas paredes y amplios patios a padres, hijos, abuelos, tíos y agregados, servidos por un ejército de esclavos africanos y algunas “chinitas”, como se llamaba a las mujeres aborígenes o mestizas.

“Si la casa era de altos -afirma Frías- tenía su ancho y grande balcón con techo, sostenido por columnas torneadas de madera o de hierro. Ventanas con rejas cerradas o balcones se sucedían a uno y otro costado del balcón principal. [...] Los patios eran amplios, generalmente sombreados por un árbol frondoso. Eran dos: el primer patio y el traspatio, siguiendo luego la huerta, a veces de media cuadra, si el solar lo era de una. El primer patio era de razón, más cuidado y completo. El costado que daba frente a la puerta de calle era ocupado por la sala, ancha y larga, donde estaba el estrado. [...] De la sala seguía el comedor, el aposento y la alcoba, que tenía su ventana sobre el patio. [...] Todo cuanto la familia habría de necesitar durante el año se preparaba en casa: velas, jabón, grasas, carnes saladas, fiambres y embutidos de cerdo.”

De estas características era la gran casona perteneciente a Manuel Antonio Tejada que, alquilada desde 1789 hasta 1807, fue sede de las Cajas Reales y vivienda del Tesorero Güemes, quien vivió allí con toda su familia. La casa estaba situada en la actual calle España, entre Balcarce y 20 de Febrero.

El segundo hijo de los Güemes, Martín Miguel, nació en la ciudad de Salta el 7 de febrero de 1785. El bautismo se celebró dos días después, en la iglesia de La Merced. Sus dos nombres eran un homenaje al abuelo materno. El matrimonio Güemes Goyechea tuvo después otros siete hijos. En 1787, nació Magdalena, la famosa Macacha, que estaría ligada a su hermano desde la infancia por un afecto muy especial y por un acendrado patriotismo. Con intervalos de dos o tres años fueron llegando los demás: Francisca, José, Gabriel, Juan Benjamín, Manuel Isaac y Napoleón, nacido en tiempos en que la figura del famoso corso gozaba aún de la simpatía y admiración de muchos españoles. 

El mayor, Juan Manuel, hizo sus estudios jurídicos en Córdoba y Charcas y llegó a ser regidor del Cabildo de Salta. José, con sólo doce años, se incorporó a las milicias de su hermano y trabajó a las órdenes de San Martín, Belgrano y Pueyrredón. En cuanto al menor, Napoleón, fue quien más acompañó a doña Magdalena en su larga y conflictiva vida, sirviéndole “de paño de lágrimas”, según lo reconoce ella en su testamento dictado en 1853, poco antes de morir, a la edad de 90 años.

La infancia de Martín transcurrió, como la de casi todos los chicos de su condición, entre la ciudad y las fincas de su familia, alternando sus estudios en el ex colegio de los jesuitas con el conocimiento empírico de la tierra y su gente. Desde niño sintió el afecto de “esos hombres mansos pero recios y curtidos que introducen al ‘patroncito’ en las maneras y costumbres de su vida”. De ellos aprendió todas las tareas del campo: enlazar, arrear ganado, domar un potro o atravesar a la carrera los tupidos montes, como correspondía a todo buen hacendado o estanciero.

En cuanto a la educación formal, pronto la escuela pública quedó chica para las curiosidades de Martín, razón por la cual sus padres contrataron al doctor Antonio José Castro, quien a partir de entonces se encargó de su ilustración. Castro era un brillante intelectual, filósofo y abogado egresado de Córdoba y Charcas, universidades fundadas por los jesuitas en el siglo XVII.

Aunque ya habían pasado cerca de cuarenta años desde su expulsión, los hombres de la Compañía de Jesús habían dejado su impronta en las instituciones fundadas por ellos y sobre todo en las mentes de sus alumnos y seguidores. Las autoridades no habían podido expulsar su legado espiritual e intelectual. Así como hubo continuadores de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, hubo también estudiosos de las teorías igualitarias de Francisco Suárez, que tanto chocaban con el absolutismo reinante, al afirmar que el poder no lo concedía Dios directamente al Soberano sino al Pueblo, y era éste quien lo delegaba en el Rey. Estas ideas y otras de distintos orígenes llegarían después a los hombres de Mayo a través de sus estudios y lecturas, sobre todo los relativos a la independencia de los Estados Unidos y a la Revolución Francesa.

La tierra y su gente: hacendados y “gauchos”

En el Río de la Plata, la condición de terrateniente y latifundista no otorgaba estatus por sí misma. Hasta mediados del siglo XIX, en Buenos Aires daba más estatus ser un rico comerciante, abogado o militar. En las ciudades del noroeste, por el contrario, algunos encomenderos adquirían tierras no sólo para enriquecerse sino para sumar cierto atributo señorial, dado que, para su mentalidad, la posesión del suelo era una fuente de poder y de prestigio. Instalados en valles rodeados por montañas, en ciudades fundadas desde Perú, Alto Perú y Chile, a mediados del siglo XVI, tenían, en general, pretensiones de nobleza, acentuadas por el hecho de ser dueños de “vasallos” (como algunos llamaban a los indios de sus encomiendas), una situación que no era frecuente en el Río de la Plata.

Tanto en el litoral como en las provincias norteñas o “arribeñas”, cuando el patrón vivía en el campo, rodeado de sus peones, era una especie de primus inter pares, como los caballeros feudales. Así se fue formando cierta actitud igualitaria entre quienes compartían las mismas circunstancias, aunque se reconocía rápidamente a los patrones por la calidad de su ropa y los arreos de su caballo. 

Todos vivían austeramente y estaban expuestos a los mismos peligros, además de pelear a la par contra el indio. Bernardo Frías, con cierta dosis de idealismo, afirma que entre patrones y paisanos “jamás llegaron a asomar disidencias por antagonismos de razas, ni ambiciones o envidias por jerarquías sociales o de fortuna”. Lo cierto es que, cuando debieron combatir a los invasores realistas, los peones y paisanos, convertidos en soldados milicianos, respondieron con entusiasmo y abnegación “capitaneados por la voz de aquellos patrones que los costeaban con su propio peculio”. El patrón estaba muy cerca de sus peones y éstos se sentían seguros con un jefe que parecía uno de los suyos.  Por eso siguieron a Güemes, sin titubear, desde el momento en que fueron convocados. De ahí también que hayan sido inmortalizados como “sus gauchos”. 

Aunque existen muchas acepciones del término “gaucho”, que, en ciertas épocas y lugares han tenido un matiz peyorativo, lo primero que acude a nuestra imaginación al evocar su figura es la estampa de un personaje noble y viril, honesto y patriota. Su origen se remonta a aquellos bravos “mancebos nacidos en la tierra” de los primeros tiempos de la conquista; algunos, como Hernandarias, de padres españoles, pero la gran mayoría mestizos, hijos de india y español. En el sur se los llamaba “gauderios”, y se consideraba “vagos y mal entretenidos” a los que no ejercían ningún oficio y se dedicaban a cabalgar por los campos y las dilatadas llanuras, pobladas de ganado cimarrón, matando una vaca cuando tenían hambre y contentándose con tener poncho, sombrero y facón, caballo, yerba para el mate y la música de su guitarra.

En 1790 aparece por primera vez en la Banda Oriental el término “gaucho”, con sentido más bien despectivo, aplicado a estos hombres que vagan por las pampas orgullosos de su libertad. A diferencia del litoraleño, el gaucho del noroeste no era afecto a la vida errante sino que estaba fijado a la tierra por las actividades agrícola-pastoriles.  Su vida era precaria pero a la vez independiente.

Emilio Coni, en un ya clásico ensayo, afirma que “fueron los indios sedentarios y agricultores quienes formaron la matriz étnica de la que debería salir el paisano norteño, con un poco de sangre española. […] El medio físico serrano o selvático no era como la pampa. No existieron allí vaquerías con su fomento de instintos carniceros, en ningún lugar se vio la escuela gauchesca del vagabundeo.  Un régimen mixto agrícola-ganadero fue el fundamento social del paisanaje del Norte, que siempre tuvo una casa, un hogar estable, campos que cultivar, tejidos que hilar, flores para adornar sus patios y estampas para colgar en las paredes blanqueadas con cal”.

Estos detalles, que denotan una mayor laboriosidad y calidad de vida, revelan el callado papel de la compañera del paisano norteño, que recién entrará en la historia en los momentos de crisis, cuando se la necesite para suplir el trabajo de los gauchos que peleaban en las guerras, haciendo de espías, llevando mensajes, o en otras tareas de ayuda en las que, como está documentado, se destacaron las mujeres salteñas y jujeñas.

Toda la región oriental de la Intendencia de Salta, desde Tarija hasta Santiago del Estero, estaba formada por dilatados valles de exuberante vegetación dedicados al pastoreo y cría de ganado vacuno. En general, los paisanos eran arrendatarios o peones de las haciendas, pero había también entre ellos pequeños propietarios que tenían contacto con las ciudades. Según Frías, “el gaucho de Salta amaba la sociedad y sus instituciones como amaba su provincia, de cuyas lindes temía siempre salir; y reconocía y veneraba en el patrón, en su familia y en la gente de aquella clase, la autoridad, el ejemplo, la enseñanza, la protección, la justicia”.

No obstante, entre los paisanos del norte y los del litoral había muchos rasgos en común, como el uso del caballo, la guitarra y la yerba mate. El caballo era imprescindible para la supervivencia y el gaucho que más valía era aquel que demostraba más destreza en las tareas ecuestres. Hombres, mujeres y niños aprendían a montarlo a partir de los seis años y aun antes. Casi todos eran maestros en el arte de arrojar el lazo, habilidad que, durante las guerras de la Independencia, les fue muy útil.

La vestimenta de los gauchos era muy similar en las distintas regiones: poncho, botas fabricadas con el cuero de las patas del caballo, chiripá que dejaba ver el calzoncillo “cribado”, ajustado por la rastra o “tirador”, espuelas y un gran cuchillo o facón cruzándole la cintura. En las tierras selváticas y boscosas del noroeste, el complemento obligado para defenderse de las ramas y espinas fue el guardamonte. Este arreo consistía en “dos grandes alas de piel fuerte de toro que, sujetas a la parte anterior de la silla y cuya anchura en ese punto correspondía al resguardo de las caderas, bajaban ensanchándose y en forma más encartuchada a más abajo del pie”.

Otra característica de los gauchos era su religiosidad, matizada en las provincias de arriba por un sincretismo con costumbres y mitos que venían de sus ancestros. Los gauchos solían llevar una crucecita colgando del cuello y en casi todos los ranchos había una pequeña imagen o cuadro religioso.

Hay que tener en cuenta, sin embargo, que entre el paisano de las regiones orientales y valles centrales de Salta, y el de la región calchaquí, existían grandes diferencias.  En los Valles Calchaquíes era notable la raíz indígena en el culto a la Pacha Mama, en la música, costumbres y creencias y hasta en su manera de vestir. Después de las guerras de 1650, en aquellos encantadores valles se instaló un verdadero feudalismo que contrastaba con el estilo respetuoso pero más igualitario de los paisanos de Tarija, Anta u Orán.

Las características que pasarían al imaginario colectivo de todo nuestro territorio rescatan para la figura del gaucho ideal el ansia de libertad, la lealtad, la generosidad -que dio origen a la palabra “gauchada”-, la austeridad de vida, su temple y su valor. Lo imaginamos sobre su caballo “señor de todo lo que mira, cabeza erguida, aire resuelto y grácil”, como escribió un viajero inglés. Fue ésta la índole de los futuros “gauchos de Güemes”.

De Martín Güemes. Baluarte de la Independencia, de Lucía Gálvez. Buenos Aires, Aguilar, 2007. 216 páginas.

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6 de Diciembre de 2016|13:04
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  1. uno de los patriotas mas grandes de la historia. Un hombre del pueblo traicionado por las oligarquías. Hay muchos libros interesantes. SU papel el la independencia es enorme
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