La tornasolada desgracia de Jacinta, de Ángela Becerra

En esa bochornosa mañana, en una esquina de la pared de la sala se la encontró extendida y jubilosa. Inspeccionó con su mirada ventanas, puertas y rendijas. ¿Por dónde había entrado si todo permanecía cerrado?¡Una desgracia! Era una desgracia y no estaba preparada para recibirla. Corrió desesperada a la cocina en busca de la escoba. Lo que siempre hacía cuando un extraño irrumpía en su apartamento sin autorización. Tenía que matarla, destruir el maleficio que desde las alturas se exhibía triunfal como una tenebrosa promesa.

Cuando estaba a punto de asestarle el primer escobazo, se detuvo en seco y la examinó de nuevo desde abajo. ¿Era negra... o marrón? Porque si era negra, no había lugar a dudas, pero... ¿y si era marrón? Su madre había olvidado decirle qué pasaba si era de otro color.

No tenía con quién hablarlo. Estaba sola frente a esa difícil decisión. ¿Y si la mataba y resultaba que dejándola libre, en lugar de una alegría insípida se perdía de una desgracia sublime?
No podía equivocarse. Necesitaba observarla desde más cerca. Se alejó y minutos más tarde regresó con una silla que a modo de escalera colocó junto a la pared.

Una lupa. Ahora necesitaba encontrar una lupa. Rebuscó entre cajones y estanterías, vigilando que la desgracia no escapara. La mancha oscura se mantenía adherida a la pared.
—Quédate ahí quietica, mi amor —le dijo Jacinta, tratando de distraer su angustia—. Ahora vuelvo.

Se perdió por el pasillo y regresó vanidosa, sintiéndose la mujer más lista de la Tierra; arrastrando sus tacones rojos a los cuales no renunciaba ni para dormir desde que había cumplido los cincuenta. “Si muero en cualquier momento, quiero morir elegante, ¡carajo!”, se había dicho a sí misma en el día de su cumpleaños, después de colocar en su armario los diez pares de zapatos recién comprados.

—¿Lo ves? Ya estoy aquí —le comentó, acercándose con el “arma” en la mano; observándola desde el cristal de aumento que la convertía en un gran cíclope escapado de un cuento—. Esto no te va a doler.

La vecina que había sentido los pasos activos de Jacinta, se apresuró a llamarla por teléfono.
Al escuchar el insistente timbre que interrumpía su tarea investigadora, Jacinta se molestó.
—Ya voy, ya voy. No la dejan a una disfrutar en paz su desgracia –murmuró, mientras levantaba el aparato.
—¿Te pasa algo, mija? No paras de moverte.
—Es una desgracia que se ha colado en la casa.
—¿Una desgracia? ¡Bendito sea Dios!... Qué suerte. ¿Me dejas verla?
—Ahora no; está muy quieta. Creo que se ha quedado dormidita y me da pena despertarla.
—¿Y más tarde? —insistió la vecina con curiosidad infantil. Nunca había visto una desgracia tan de cerca.

Jacinta se deshizo de la llamada y se subió a la silla, acercando el voluminoso lente de cristal a la desgracia. El color creció ante sus ojos. No parecía negra ni marrón. Era más bien de un tono mestizo e irradiaba una especie de brillos tornasolados que iban, en escamas minúsculas, del violeta al gris humo. Su impresionante belleza era indiscutible. Se sentó delante de ella y durante toda la mañana no dejó de observarla, imaginando el tipo de desgracia a la cual debía pertenecer su estirpe. No podía matarla por temor a acabar con una especie en vías de extinción. Hacía muchos años que no aparecía por esos alrededores ninguna desgracia.

Sin saber qué camino elegir, durante días y días decidió no moverse del lugar ni siquiera para ir al baño. Si decidía matarla, era posible que el pueblo la tildara de asesina. Si en cambio decidía dejarla libre, su vida podía convertirse en un infierno al no saber a ciencia cierta si aquella desgracia había influido en su porvenir. La escoba permanecía altiva, apoyada en la pared, como testigo mudo de su indecisión.

Mientras tanto, en el barrio se había ido extendiendo la noticia de que Jacinta escondía en su casa una gran desgracia y se negaba a mostrarla a la gente.
A la entrada de la puerta se acumulaban decenas de hombres, mujeres y niños, un interminable tumulto venido de pueblos vecinos, todos en romería para ver la desgracia que escondía Jacinta.

—¡Egoísta! —gritaba uno desde afuera.
—No te pertenece —vociferaba una vieja, escupiendo la pulpa de la caña que masticaba.
—Si apareció en el pueblo, es de todos.
—Sí, tiene razón. ¡Es de todos!
—Deberíamos tirar la puerta abajo —comentaron los más audaces.
—No, no podemos forzar a que salga de ahí. Dicen que la desgracia siempre elige dónde estar y no se la puede obligar a abandonar el sitio que ha escogido para vivir.

El cura del pueblo llegó con una botella de agua bendita y, rezando unas extrañas letanías, fue rociando las escaleras hasta la entrada, mientras el dueño de un circo itinerante balanceaba una jaula de oro adornada de piedras preciosas y hacía cuentas alegres de lo que podía ganar si lograba atraparla para exhibirla en la carpa. A veinte mil pesos la entrada, contando que nadie de los alrededores había visto una desgracia en mucho tiempo, con absoluta seguridad en seis meses se habría hecho millonario.

Al ver la multitud, que empezaba a levantarse enfurecida, el alcalde del pueblo convocó una manifestación en la plaza. No podía permitir que los ciudadanos se descarriaran por culpa de una simple desgracia. Estaba bien que tuvieran curiosidad por conocerla, pero que el pueblo entero gastara su tiempo en esos menesteres no iba a consentirlo.

Dentro del apartamento, Jacinta luchaba con sus párpados, tratando de mantener los ojos fijos en la pared. “Si no dejo de mirarla, tal vez ella decida por mí lo que hay que hacer” se decía, domando sus bostezos a fuerza de lágrimas. Pero la desgracia parecía no darse cuenta y se mantenía impasible. “¿Y si nos hacemos amigas?”, pensó Jacinta. Durante varios días, desde el amanecer hasta el anochecer, se dedicó a contarle con lujo de detalles los últimos aburrimientos vividos en plena alegría, sin sobresaltos ni angustias, tratando de interesar a la desgracia sin ninguna respuesta.

Fueron pasando las horas y los días hasta que Jacinta sucumbió al cansancio, al sueño y al hambre. Los labios se le deshidrataron y la lengua se le evaporó con la última palabra. Las tripas se le habían pegado a la espalda y las ojeras dibujaban una sombra violácea en su rostro. Su cuerpo se encogía lentamente. Un antifaz le regalaba el anonimato de los muertos. Sus zapatos de charol rojo relucían sobre el negro mosaico, a la espera del último vals.

Así la encontraron los vecinos, una vez lanzaron abajo la puerta y cayeron en jauría sobre la sala. Unos encima de otros, el carnicero, el cartero, la violinista, el afilador de sueños, la modista, el poeta, la cantante, el ilusionista, el realista, el propio alcalde, el cura piadoso, la dentista, el doctor, todos se abalanzaron sobre Jacinta buscando encontrar en ella la desgracia y tomarla para sí, pero al no haber visto nunca una, nadie fue capaz de reconocerla.

En la rebatiña, los trajes y las carnes empezaron a volar por los aires. Los unos despedazaban a los otros en una enfebrecida danza, tratando de hacer suya una desgracia invisible. En medio de aquel festín de avaricia y locura colectiva, y aprovechando el descuido y la matanza general, la desgracia decidió salir volando en busca de otros horizontes. Total, no dejaba de ser una enorme mariposa solitaria venida de muy lejos que había caído, por culpa de un viento despiadado, en las entrañas de las minas de carbón de Barrancas, y sus iridiscentes y coloridas alas habían acabado revolcadas de hollín, vistiendo un riguroso luto que en nada le pertenecía.

—Qué desgracia de pueblo –murmuró, antes de emprender su majestuoso vuelo.

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