La sangre de la amazona, de Jesús Ferrero

-Muchos de mis caballos corrieron por mí hasta la muerte; cosa que jamás ha hecho ningún hombre. Los hombres preferirían asesinarme -le dijo Elisabeth a su dama de honor, la condesa Sztaray.
-Pensáis mucho en la muerte... -le dijo la condesa.
-Mucho -reconoció Elisabeth-, y sobre todo últimamente.

Su amiga salió de la habitación y la dejó sola. Elisabeth se acercó a la ventana y permaneció un rato contemplando el lento atardecer de Ginebra, demasiado lento para ser septiembre. Y mientras se fijaba en las nubes que sobrevolaban el lago, volvió a pensar en los caballos. Hacía algunos años, podía aguantar hasta seis horas galopando. Su yegua más hermosa había muerto reventada. Fue por mi culpa, pensó. Me obstiné en hacerla correr hasta el límite de sus fuerzas. Quería atravesar ese límite. La tarde era roja, y rojas las copas de los árboles. El bosque parecía infinito. Yo me alejaba de mí misma, de mis deseos y mis recuerdos. Sentía que estaba llevando a cabo una fuga total de mi pasado. Y lo que al principio era sólo un sentimiento se fue convirtiendo en una certeza... Era algo parecido a la locura. Y la yegua me comprendía... No era sólo un viaje por el espacio; era también un viaje por el tiempo. Huía, como mi primo Luis, de mi hora de la verdad y de mi hora de la mentira. No pensaba, sólo sentía. Y ya no tenía cuerpo; todo mi yo era una exhalación en pos de un vértigo cada vez más delicioso. Y de pronto la yegua se detuvo, y permaneció unos instantes inmóvil, rígida; hasta que se desplomó y me obligó a morder el suelo...

Extrañada por la intensidad de aquel recuerdo se alejó de la ventana y reparó en el libro que había dejado olvidado sobre la cama. Era la "Antología Palatina", su poemario preferido, su libro de cabecera. Desde hacía años estudiaba intensamente griego clásico y viajaba con frecuencia a Corfú. Mas de Grecia y la cultura griega no se podía hablar con los caballos, muy nobles sin duda, pero bastante menos sabios que los centauros. De Grecia sólo había hablado a gusto con Luis, y Luis llevaba doce años muerto. ¿Sólo doce? No, en realidad Luis había muerto antes de convertirse en cadáver, mucho antes. La enfermedad de la muerte era en él antigua, tan antigua como sus gustos, sus vicios, su locura... ¿Y si a mí me estuviera pasando lo mismo?, se preguntó llena de inquietud. Ya no siento el mundo como antes. La vida va adquiriendo a mi alrededor la patina atroz de lo irreal, y mi madre me dijo un día que cuando ocurría eso era mejor morir... ¿De qué me sirvió edificar un palacio en Corfú, rodeado de cipreses y mimosas? Los mismo delirios que Luis, el mismo aburrimiento... De ahí que en cuanto lo vi acabado decidí venderlo. Todo se me antojó de pronto una pesadilla... Mi deseo de construirlo, mi deseo de habitarlo, y el nombre que le puse: Aquileion... Corfú se convirtió en un infierno, y me fui a Malta, y después a Palermo, y más tarde a Túnez, a Argel, a Mallorca, a Málaga, a Cádiz, a Granada, a Montreux, a Territt, a Mont Fleuri, a Veytaux, y finalmente a Ginebra. El viaje aquel en la yegua se vuelve a repetir. Me quiero detener pero no puedo. Me da miedo pararme, me da terror, y la condesa lo sabe. Y son muchas las noches que e intentado descubrir el secreto de mi ansiedad, que nada tiene que ver con la pasión por los viajes y con el deseo de conocer el mundo. Más que a conocerlo, aspiro a desconocerlo cada día más, y por eso en cuanto una ciudad me parece familiar la aborrezco y me tengo que marchar.

Elisabeth se desplomó sobre la cama. Sabía que le esperaba otra noche de insomnio, llena de preguntas sin respuesta. Nueve horas de soledad en las que desfilarían por su cabeza imágenes de un pasado ya muy frecuentado por el recuerdo, odioso por demasiado personal y demasiado muerto. La tardes inglesas, en Easton Weston y en Belvoir Castle; los encuentros secretos con Luis en el lago Starnberg y en la isla de las Rosas; sus continuas visitas a los manicomios de todas las ciudades por las que pasaba. Le gustaban los locos, los amaba. La locura es más auténtica que la vida, pensó. Luis lo sabía y yo también lo sé, aunque me asuste reconocerlo.

Al las seis de la mañana se levantó, permaneció un buen rato aseándose, y abandonó con la condesa el hotel. Le ardían los ojos e iba pensando una vez más en la muerte. Al pasar ante el monumento a Carlos de Brunswich sintió un miedo repentino y un sudor frío humedeció sus sienes. Fue entonces cuando me acerqué a ella, me agaché para esquivar su sombrilla, y le clavé una lima en el pecho. Elisabeth perdió la conciencia como la pierde un borracho, lo que no le impidió seguir hablando y caminando mientras yo intentaba huir. El portero del hotel quiso ayudarla, pero ella subió precipitadamente al vapor que tenía que llevarla a Caux mientras le gritaba a su amiga:
-No ha sido nada. Apresúrate o perderás el barco.

La pasarela se elevó y el vapor se puso en marcha. Ya en cubierta, Elisabeth se desplomó. Mi lima le había llegado al corazón y el viaje que acababa de emprender era el más definitivo, por eso volvió a la tarde en que murió su mejor yegua. No estaba en Ginebra; ella nunca había estado en la ciudad del Leman, nunca. En realidad, ella seguía galopando en aquel atardecer interminable y, como entonces, no era solo un viaje por el espacio; era también un viaje por el tiempo, y la sangre que manchaba su vestido no era su sangre. Huía, como su primo Luis; y ya no tenía cuerpo, y ya no tenía voz.
-¡Elisabeth! -oyó decir.
Pero no hizo caso. Se hallaba cada vez más lejos y esta vez sabía que su yegua preferida iba a seguir hasta el final.

Y bien, yo fui el hombre que la mató, y los hechos de su intimidad que acabo de referir los he ido soñando durante mis noches en esta celda. Me llamo Luigi Luccheni, y soy anarquista.
Ya desde mi adolescencia, deseaba asesinar a alguna persona de gran relieve social, pero nunca pude imaginar que mi víctima iba a ser Sissi, ni que al matarla iba a cumplir su destino más que el mío, pues según me han dicho, ansiaba morir y soñaba a menudo en una dama blanca y desdentada. Ayer, en el palacio de justicia, el juez me dijo que había matado a una desesperada.

-No lo sabía -le dije yo-. Hasta ahora creía haber matado a alguien que gozaba de una felicidad intolerable. Yo en cambio vivo en la miseria, y ni siquiera pude comprar un cuchillo, por eso utilicé la lima. Lo siento de verdad, y estoy preparado para encajar la peor de las sentencias. Que la tierra me sea tan leve como lo fue para la emperatriz. No tengo nada más que decir; también para mí se acabaron las palabras.

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