La vida en danza

La más completa biografía de Julio Bocca recorre una infancia marcada por la ausencia del padre y la pasión por el baile y desemboca en la conquista de la gloria profesional refrendada tanto por los más exigentes críticos de la danza clásica como por su capacidad de convocar multitudes.

Por Angeline Montoya

Julio Bocca. La vida en danza es una pesquisa minuciosa que arroja luz sobre los rasgos menos conocidos de la personalidad de un artista, dueño de un virtuosismo técnico y una voluntad obstinada, que se ha convertido en un mito del ballet comparable con Rudolf Nureyev, Vladimir Vassiliev y Mijaíl Baryshnikov.

La investigación, rigurosamente documentada, implicó a lo largo de cinco años, la búsqueda de antecedentes y testimonios en Estados Unidos, Rusia, Venezuela, Brasil, Cuba, España, Italia, Francia, Dinamarca y Argentina.

Esta exhaustiva biografía descubre, detrás del ícono, al hombre que ha sabido desbordar los límites de su disciplina para convertirse en un artista integral.

Porque, como definió un crítico frente al bailarín adolescente que ya deslumbraba a especialistas y neófitos, “Bocca no tiene nada en común con otros bailarines actuales. No será el sucesor de ninguno porque en él se inicia, multiplica y cristaliza su propia dinastía”.

Capítulo 1 (fragmento)

ADN de una pasión

Julio Adrián Bocca nació sin padre, el 6 de marzo de 1967, en la localidad de Carapachay, en las afueras de Buenos Aires. Su madre, Nancy Bocca, fue quien lo anotó en el registro civil. En el espacio destinado al nombre del progenitor colocó una simple raya.  Nancy se había enamorado de José Fernández, el padre de Julio, durante el proceso de divorcio de su primer marido, José Furon. Fernández era un vecino del barrio de Munro -donde vivía la familia Bocca- que solía acompañar a Nancy en automóvil para hacer los trámites de la separación conyugal. “Teníamos que hacer una serie de viajes, y al único que conocíamos en el barrio que pudiera manejar era él. Lo conocía de antes, pero ahí tomamos más contacto”, cuenta Nancy.

Cuando quedó embarazada, hacía tres años que Nancy y José Fernández mantenían una relación amorosa. La situación no era fácil: Fernández tenía otra familia e hijos grandes, y el vínculo con Nancy no era formal. No convivían y si bien la sociedad argentina de finales de la década de los sesenta no era ya tan conservadora, tampoco estaba bien visto que una mujer divorciada estuviera embarazada de su amante.

En el barrio, “todo el vecindario sabía que la relación de este señor con la madre de Julio no era normal”, cuenta una vecina. Sin embargo, Nancy decidió tener al bebé. El padre, por su parte, se esfumó al nacer el niño, aunque reapareció varios meses después, cuando Julio ya caminaba.

El día del parto, Nancy dio sus clases de danza en el estudio que había montado en su casa hasta las seis y media de la tarde. Cuando comenzaron las contracciones, fue sola en taxi hasta la casa de la partera y a las 22:15 dio a luz a un robusto y saludable varón que pesó tres kilos setecientos gramos.  Nancy, que ambicionaba para su hijo un porvenir lleno de gloria, había decidido llamarlo Julio César Adrián, en alusión a los dos emperadores romanos. Pero en el momento de inscribirlo, la funcionaria consideró que tres nombres era un exceso. Nancy no se resignaba a elegir cuál eliminar y propuso a la mujer que descartara un nombre al azar. Quitó César y anotó, con una letra regular: “Julio Adrián”.

Cuando José Fernández volvió a aparecer, Nancy se negó a que reconociera al niño: “Cuando uno no quiere algo desde un principio, es que en el fondo no lo quiere de verdad”, considera. También temía un escándalo con la familia legal de José y prefirió no alterar el statu quo.

La versión oficial ofrecida en su autobiografía indica que Julio nunca conoció a su padre. Sin embargo, Nancy mantuvo una relación regular con el genitor de su hijo hasta su muerte ocurrida en 1973: el niño tenía seis años. Julio afirma haber vivido durante un año con la madre de su abuela materna Teresa, para evitar las murmuraciones del barrio, hasta que su abuelo Nando vino a buscarlo, indiferente a las habladurías. La versión dada por Nancy es otra: la bisabuela de Julio vivía entonces en Carapachay, a pocas cuadras de la casa de la partera. “Al día siguiente, en vez de irme para Munro, me fui a lo de mi abuela: la tenía al lado. Y ahí estuve unos días, hasta que volví para Munro”, explica.

Lo poco que se sabe de José Fernández es que era un hombre treinta años mayor que Nancy. “Era un señor muy bien puesto, muy buen mozo, elegante diría, y con bastante cultura”, recuerda la vecina. Teresa Repetto de Bocca traza un retrato mucho menos halagador: “No lo voy a negar, tenía su buen porte, [pero] fue un sinvergüenza que convirtió nuestra casa en un infierno”. Después de jubilarse de su trabajo en la aduana, se dedicó a manejar ómnibus escolares. Nancy y Julio solían viajar con él. De hecho, el único recuerdo que Julio dice tener de su padre es la de un hombre corpulento vestido con un pulóver azul que conducía un autobús.

El hecho de que José Fernández no viviera con Nancy y que se vieran sólo de forma esporádica explica por qué Julio no guarda un recuerdo más nítido de su padre. En 1972, cuando el niño tenía sólo cinco años, José fue internado por un problema de presión. A partir de ese momento, Julio no lo vio más: “Yo lo llevaba”, cuenta Nancy, “pero a su edad, no podía entrar a los hospitales”. José no abandonó el nosocomio hasta su muerte, un año más tarde. La madre de Julio le cuidó hasta el final.

Después de la muerte de José Fernández, Nancy rehizo su vida sentimental con su antiguo profesor de folclore en la Escuela Nacional de Danzas (END): José Abelardo Lojo Vidal (el tercer José de su vida), cofundador de la END, un hombre apasionado por las tradiciones gauchas que la inició en los secretos de las zambas y el malambo. Vidal estaba profundamente enamorado de Nancy. Incluso después de jubilarse en 1984, iba a buscarla a la Escuela con un ramo de flores en la mano. Se sentaba en la entrada del edificio y la esperaba durante horas. Decidieron ir a vivir juntos en 1974 -aunque se casaron sólo dieciséis años después- y en 1975 nació su hija Nancy.

Durante treinta años, compartieron su amor por la danza y, más específicamente, por el folclore argentino. José Lojo solía presentarse como el papá de Julio, al que adoptó cuando tenía catorce años; lo mismo hizo con Rubén Oscar, el hijo mayor de Nancy, para que todos se sintieran parte de una misma familia. Una decisión unilateral que desagradó a un adolescente que todavía buscaba sus raíces, intentaba definir su personalidad y se consideraba lo suficientemente grande como para que lo consultaran antes de tomar una decisión de tamaña trascendencia.

Un día, su madre le trajo simplemente su nuevo documento de identidad con su nuevo nombre: Julio Adrián Lojo Bocca. “Lo sentí como una imposición, no me gustó que no me hubieran consultado, que no me hubieran hablado”, recuerda.  Nunca aceptó totalmente su nuevo nombre y no dejó de presentarse como Julio Bocca, el apellido del abuelo materno, quien asumió el papel de figura paterna e imagen masculina durante su infancia.

José Fernández marcó para siempre la vida de Julio Bocca. O, más exactamente, fue su ausencia la que lo consumió. En realidad, Julio se enteró siendo ya adulto de que su padre no lo había reconocido. Hasta ese momento, su familia hizo todo lo posible por ocultarle la verdad, sumiéndolo en una gran confusión. Le contaban, sin entrar en detalles, que su padre había muerto cuando era un niño. Obsesionado con el tema, el chico de siete u ocho años hacía la misma pregunta, una y otra vez, a Teresa Ferreyra, la auxiliar de la Escuela de Danzas: “Teresa, ¿sus hijos tienen padre?”. Borró por completo de su memoria casi cualquier recuerdo anterior a sus seis años. El hecho de que durante largos años desconociera la verdad sobre su padre biológico seguramente no fue beneficioso durante el período de conformación de su personalidad.

La versión de que su padre había muerto durante su niñez, omitiendo el dato de que no lo había reconocido, contuvo su curiosidad durante bastante tiempo. Hasta que, en su juventud, la fantasía de que todavía estuviera vivo empezó a obsesionarlo al punto de que se enemistó con toda su familia, convencido de que le habían ocultado la verdad: de hecho, llegó a pensar que su padrastro, José Lojo, era en realidad su padre biológico. Nancy tuvo que solicitar la partida de defunción de José Fernández y mostrársela para convencerlo de la muerte de su padre. Y Julio se desplazó hasta el cementerio de Chacarita para ver su tumba. “Quiero saber quién es mi papá”, repetía hasta el cansancio. Pero sólo recibía respuestas contradictorias.

En 1985, después de ganar la medalla de oro en el Concurso de Moscú, la herida aún no había cicatrizado, y fue en esa época cuando se figuró que su padre no había fallecido.  En las primeras notas que le dedicaron a la incipiente estrella, Lojo, que se presentaba como su padre, explicaba que Julio simplemente había escogido el apellido materno. Más tarde, otra versión, más próxima a la realidad aunque todavía incompleta, indicaba que su padre había fallecido y que su padrastro lo había adoptado. Esta explicación, que omitía el detalle del no reconocimiento, fue la que imperó durante muchos años en las entrevistas que Julio daba a los medios, sencillamente porque desconocía la verdad.

En 1993, Nancy atribuyó el hecho de que Julio usara su apellido de soltera a no haber realizado “con el padre de Julio los arreglos necesarios”. Julio, precisaba, “siempre supo que José [Lojo] no era su papá biológico pero lo llamó siempre ‘papᒔ. Y para corroborarlo, suele enseñar una agenda de Julio en la que había anotado las fechas de cumpleaños de sus seres queridos y en la que figuraba la palabra ‘Pa’ el día del cumpleaños de Lojo. “Mi madre cuenta que en los primeros años me llevaba bien con mi padrastro, pero yo no me acuerdo. Siempre lo respeté porque ella estaba contenta, se la veía feliz con él, pero siempre hubo una distancia y nunca lo llamé ‘papᒔ, refuta Julio. “Le decía ‘José’ o ‘mi padrastro’. Siempre fui cortante con eso”. 

Cuando se enteró de la verdad, Julio estaba tan molesto con el tema y con que su familia le hubiera mentido durante tanto tiempo, que sus declaraciones a la prensa se volvieron un tanto descabelladas: por ejemplo, en 1991, sin la menor vacilación, sostuvo ante una crítica de danza norteamericana que su padre había sido un gitano. “De ahí te viene tu musicalidad”, interpretó la periodista. Fue solamente a partir de la publicación de su autobiografía -lanzada cuando Julio tenía 28 años- y en un intento por aclarar la verdad malversada, cuando Julio logró empezar a serenarse con el tema.

La historia de Julio empieza mucho antes de su propio nacimiento, en la provincia piamontesa de Alessandria, en el norte de Italia, de donde son oriundos sus abuelos maternos, Fernando Bocca y Teresa Repetto. Y de su padre, aquel que no figura en su partida de nacimiento, Julio no quiere saber nada: siempre se ha empeñado en borrarlo de su genealogía. “No lo extraño porque nunca lo tuve”, dice. Su nombre es Julio Bocca.  Con ese apellido destacó como una promesa de la danza en Moscú. Con ese apellido ha figurado siempre en los programas de las compañías que lo contrataron.

De Julio Bocca. La vida en danza, de Angeline Montoya. Buenos Aires, Aguilar, 2007. 417 páginas.

¿Qué te pareció la nota?
No me gustó9/10
Opiniones (0)
4 de Diciembre de 2016|03:31
1
ERROR
4 de Diciembre de 2016|03:31
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
    En Imágenes
    Una vida en imágenes: Fidel Castro, 1926-2016
    28 de Noviembre de 2016
    Una vida en imágenes: Fidel Castro, 1926-2016