Raymond Chandler, el creador del duro Philip Marlowe

Mañana se cumplen 50 años de la muerte del autor, uno de los legendarios creadores de la novela negra estadounidense, cuya influencia se extendió al cine gracias al detective privado Philip Marlowe, interpretado, entre otros, por Humphrey Bogart y Robert Mitchum.

Por Antonio Martín Guirado / EFE

Si la literatura ha dado inolvidables personajes de ese estilo, Philip Marlowe se encuentra en el olimpo de los más recordados, junto al Sam Spade de Dashiell Hammett, el Sherlock Holmes de Sir Arthur Conan-Doyle y el Hércules Poirot de Agatha Christie.

Marlowe, uno de los primeros grandes antihéroes de Estados Unidos, resulta irónico, cínico y bruto a la par que encantador, todo un arquetipo de la masculinidad.

"Hizo que la corrupción y el vicio fueran extremadamente atractivos", sostiene el periódico Los Angeles Times.

Chandler tenía 51 años cuando publicó su primera novela, El sueño eterno (1939). Después llegarían Adiós, muñeca (1940), La ventana alta (1942), La dama del lago (1943), La hermana pequeña (1949), El largo adiós (1954), Playback (1958) y la inconclusa Poodle Springs (1959), que fue rematada por su admirador Robert B. Parker.

Todas ellas con Marlowe como protagonista y como extensión sobre el papel de su propio autor.

La primera adaptación al cine de El sueño eterno fue el clásico del cine negro dirigido por Howard Hawks en 1946, con Bogart en la piel del detective y Lauren Bacall como la perfecta femme fatale.

Años después, en 1978, fue Robert Mitchum quien tomó el relevo de Bogart en una nueva versión realizada por Michael Winner. El actor estadounidense repetía por entonces ese personaje, ya que en 1975 protagonizó Adiós, muñeca, de Dick Richards.

A Marlowe también lo encarnaron otros actores como Dick Powell, George Montgomery, Robert Montgomery, James Garner, Elliot Gould y James Caan, el más reciente (Poodle Springs, 1998), quienes insuflaron al papel las necesarias dosis de humanidad y hasta cierta ternura.

Además Chandler redactó más de veinte relatos cortos detectivescos -los primeros fueron publicados en las revistas pulp Black Mask y Dime Detective- así como un par de ensayos, sobre todo The Simple Art of Murder, donde nació la expresión "mean streets" ("malas calles"), usada por Martin Scorsese en una de sus primeras películas.

El cine, no obstante, fue siempre objeto de deseo para Chandler, quien colaboró en los guiones de Perdición (Double Indemnity, 1944) de Billy Wilder, y Extraños en un tren (Strangers on a Train, 1951), de Alfred Hitchcock, basada en la novela de Patricia Highsmith.

El único libreto que redactó por sí mismo fue el de la cinta La dalia azul (The Blue Dahlia, 1946), con Alan Ladd y Veronica Lake, por la que fue candidato al Oscar.

Chandler, nacido en Chicago (Illinois) en 1888, se casó en 1924 con Cissy Hurlbut, una mujer 18 años mayor que él con la que había comenzado una relación cinco años antes, cuando ésta estaba casada, y con la que nunca tuvo hijos.

Tras la muerte de Cissy en 1954, el novelista emprendió un descenso a los infiernos ahogado en alcohol, que le llevó a varios intentos de suicidio.

Cuando murió en San Diego (California) el 26 de marzo de 1959, a los 70 años, dejó todo su patrimonio -60.000 dólares y los futuros ingresos por derechos de autor- a su amiga y agente literaria, Helga Greene.

En las novelas de Chandler, además de sus personajes, el contexto cobra una gran importancia. Sus personajes se desenvuelven en un hábitat que el escritor conocía muy bien: Los Ángeles, una ciudad tan brillante en su exterior como vacía en su interior, según la novelista Judith Freeman, autora de The Long Embrace: Raymond Chandler and the Woman He Loved.

En ese libro Freeman sostiene que Chandler describió a la perfección "la soledad estadounidense", retratada en esa ciudad californiana por "gente abandonada en el paraíso, entre la abundancia y la riqueza extrema", como policías al margen de la ley, médicos drogadictos, matones ingenuos y millonarias con la intención de engrosar, de cualquier forma, su patrimonio.

Una escena de El sueño eterno, con Lauren Bacall y Humphrey Bogart (1946).

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