Para compartir la confusión general

"Investiga, lector, en lo más oscuro de tu interior. Analiza tu alma, esa muda limpia que te dio tu madre y que tú, de tanto usarla, has llenado de lamparones...". La primera y hasta ahora única novela de Álex de la Iglesia refleja, en papel, el mismo humor negro y corrosivo que impregnaba "Acción Mutante" o "El día de la Bestia". Y no deja títere con cabeza.

Por Elena Box

Payasos en la lavadora, de Alex de la Iglesia. Barcelona, Seix Barral, 2009.

Rescatada por Seix Barral doce años después de su primera edición, Payasos en la lavadora sigue estando tan vigente como entonces, pese a que en todo este tiempo haya cambiado la manera de ver el mundo y la manera que el autor tiene de ver "su" mundo.

Sin embargo, Álex de la Iglesia decidió no modificar ni una sola coma: la novela goza de una ingenuidad y una incorrección política que ahora no serían posibles.

"Justo en el momento en que el diálogo debería ser más evidente es cuando menos se puede hacer", lamenta el cineasta. Ahora "soy más 'perro apaleao', sé que hay cosas que no se deben decir". Lo peor del paso de los años es que "he adquirido una increíble capacidad para ser hipócrita, con mucho esfuerzo", afirma el escritor.

Escrita de forma que remite a la tradición literaria del manuscrito hallado, Payasos en la lavadora explora todos los recovecos del atormentado cerebro de Satrústegi, un poeta fracasado, sin empleo y sin pelos en la lengua, alter ego de De la Iglesia. En su delirio creativo, el protagonista confunde ficción y realidad y se ensaña sin pudor con todo lo que le rodea, asestando ácidos golpes por doquier.

En este sentido, volver a leer la novela para su reedición no sólo fue un viaje al pasado, sino todo un ejercicio de encuentro consigo mismo: "Descubres esa inquina, ese odio a todo en el que no hay salida, 'o eres idiota o te haces el idiota'... Todo eso me resulta ahora asombroso. Ya no soy tan Satrústegi como antes", reconoce.

Tampoco el Bilbao en que se enmarca la novela es el de hoy en día. Ya lo advierte en el prólogo: "La ría no parece Cola-Cao caliente" y "el terrorismo ya no es lo que era". Antes, cruzar el puente de Deusto para ir a la universidad a leer Aristóteles "era una batalla", recuerda De la Iglesia.

De niño, jugaba con los casquillos de las balas que encontraba en el suelo, a las puertas del colegio, frente a una tienda de golosinas. "Era un caos aceptado", la rutina lo había hecho "confortable". Y la confusión que eso genera en un mundo donde "todos quemábamos cajeros o queríamos quemarlos" es la que plasma en el protagonista de su novela, un misántropo desquiciado incapaz de adaptarse a aquello que se considera "normal".

"Ascopena", la repugnancia mezclada con "la tristeza de saber que eso que tienes delante existe y que tú no puedes hacer nada por remediarlo", le siguen produciendo al autor "las ganas de quedar bien", el respeto "a nosotros mismos y nunca a los demás" y "la mezquindad y el cretinismo profundo de las personas que realmente manejan el cotarro".

De ahí Payasos en la lavadora: "En el fondo, todos somos como payasos de circo que damos vueltas y vueltas en una especie de lavadora universal, que sólo consigue revolver y jamás limpiará las manchas de nuestro traje de colores", afirma con cierto tono de resignación.

Las alusiones a la cultura pop que se desprenden ya del mismo título del libro (sacado de un anuncio de detergente), pasando desde el hombre rata hasta el flag golosina, se mezclan en esta frenética y anárquica narración con referencias que saltan del cine de Antonioni a los hermanos Calatrava, pasando por la filosofía de Horkheimer ("del que nadie se acuerda") o Marcuse y las composiciones de Ligeti.

Con todo, lo último que pretende es aleccionar. "Mi ilusión es compartir mi confusión con los demás", escribe De la Iglesia.

Fuente: dpa

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