Deportes

Aquel picado en la calle Almafuerte

Un cuento de Ariel Fernández, para iniciar la lista. Todas las semanas el deporte se transformará en un cuento. Mandanos tu historia a: contacto@mdzol.com.

- Che, Lucas, tenemos que prepararnos esta semana de alguna manera. No sé, salir a correr por el barrio o armar algún picadito acá en la calle entre nosotros. El viernes tenemos el desafío contra los de la calle Almafuerte y no podemos perder. Le comenté a uno de mis amiguitos del barrio, el menor de los hermanos Córdoba, que vivía a la vuelta de mi casa, enfrente de la vieja que nos pinchaba la pelota.
Faltaban seis días y era lo único que pasaba por mi cabeza. No me importaba nada más, sólo ese picado que se programó luego de que le ganamos 1 a 0 a los del barrio Parque. Los de Almafuerte estaban ahí, en la canchita de los postes de luz, así le llamábamos,  y ahí nomás nos desafiaron. Era el clásico, que por algunas trompeaderas no habíamos jugado más.
La canchita de la calle Almafuerte era realmente complicada, muy chiquita. Sobre uno de los cordones de cemento estaba la casa de doña Pocha, con su perro Bombón, aunque de dulce no tenía nada. En cada jugada por ese rincón el perro desgarraba sus mandíbulas en busca de la pelota, casi no queríamos jugar por ese sector. 
Era el choque que esperábamos, se acercaba fin de año y por lo menos hasta dentro de unos meses el partido desquite se iba a hacer esperar.
Ellos tenían a su figura, el Chelo, que era un par de años más grande que yo, e igual que Ramón, el mayor de los Córdoba. Los demás acompañaban en ese equipo.
La última vez que jugamos fue empate 1 a 1, comenzamos a las 5 de la tarde y a las 9 tuvimos que suspender por falta de luz.
Nuestro arquero era Rodrigo, Rorro para nosotros, sin muchas luces, pero era quien siempre estaba disponible a la hora de sacar una pelota de su casa. Además no éramos tantos como para andar buscando suplentes.
Organizamos con Lucas una juntada, luego de las 5 de la tarde y salimos a correr por una de las calles que todavía quedaban de tierra.
Jorge Córdoba, el hermano del medio, no quiso venir, a él mucho no le importaba esta historia del picado, aunque a fin de cuentas siempre se sumaba.
Yo por lo general jugaba de delantero, Rorro en el arco, Jorge y Lucas defendiendo y Ramón en la mitad. No era el equipo más dúctil, pero nos conocíamos bien y eso complementaba las falencias.
Cuando quisimos acordar sólo quedaban tres días.
Hacía unos meses, el padre de los Córdoba, don Jorge, nos había conseguido cuatro camisetas usadas de fútbol, verdes, de acetato, calurosas, pero que por lo menos nos diferenciaban de “aquellos”.
Y llegó el día, a las 5 nos juntamos en Posadas y Ortiz y emprendimos el camino hacia la Almafuerte. Quedaba a unas tres cuadras, pero difícilmente pasábamos alguna vez por ahí, el contacto con esos pibes era sólo futbolístico.
Llegamos y la canchita lucía genial, los rivales la habían pintado y habían colocado unos arquitos de madera. Ya estaba todo listo.
- ¿Empezamos?-, pregunté sin saludar.
- Esperemos un ratito que nos falta uno-, dijo Chelo.
Esta era una fija, siempre había alguno que por una cosa u otra caía tarde. Como a la media hora lo vemos aparecer, era el Cachito, un zurdito que la movía bien, jugaba pegado al cordón. Ese no tenía problema, era el vecino de doña Pocha y el mastín a él no le hacía nada.
El cotejo fue disputado, más patadas que otra cosa, aunque a veces hilvanábamos alguna que otra pared para quedar mano a mano con el arquero de ellos, el Hugo.
Jugamos el primer tiempo y nada, 0 a 0, con más lesionados que jugadas destacadas. Pero ahí no importaban mucho las lastimaduras, sólo volver a la casa con una sonrisa de oreja a oreja.
Ya estábamos terminando. José, un vecino del barrio nos controlaba el tiempo, dos de 30 minutos, él siempre estaba en la puerta mirando vaya a saber qué, pero en fin, a nosotros nos servía.
Cuando ya no quedaba mucho tiempo, Pepe, el más flojito de ellos se resbaló y le quedó a Ramón para definir. ¡Ganamos uno a cero y a cobrar! Ellos no lo querían terminar, pero José ya había dicho: “Listo chicos, terminó el tiempo”. Pateamos la pelota y la alegría fue eterna.
Nunca más volvimos a jugar con los de la calle Almafuerte.

El autor: Ariel Fernández es redactor de MDZ. Nació en 1982 en Godoy Cruz, Mendoza.
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Opiniones (3)
6 de Diciembre de 2016|12:55
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6 de Diciembre de 2016|12:55
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  1. obviamente es historia en cada barrio menduco y me recuerda a algunas siestas de Panquehua, en la calle Uruguay y Casique Guaymallen...Les envio un recuerdo a los muchachos que por entonses formabamos el ATLETICO URUGUAY, por ahi alguno se anima y cuenta una historia, Daniel y Miguel (los cordobeses, los Manueles, Los Villegas, Patota Furfuri y su primo Tito, Gallo Claudio y Coqui, Oscar ( melena ) Roque
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  2. Che, la calle almafuerte es la que no tiene salida? como es un cuento te perdono que te inventaras todos los nombres? XD
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  3. Muy buena la idea de que la gente comun pueda reflejar a través de un simple cuento, momentos inolvidables de su infancia,los felicito, y al Sr. Fernandez por la nota:-
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