El demonio de lo absoluto

Este texto puede leerse simplemente como una biografía de T.E. Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia, cuyas prodigiosas hazañas se reconstruyen aquí. Pero puede leerse también como una suerte de testamento secreto de André Malraux, su privilegiado testigo.

Por André Malraux

El autor nunca quiso volver sobre el manuscrito casi terminado de este libro, que hasta hace muy poco se dio por perdido, y en el que, a través de Lawrence y de su enigma, emprende él mismo, indirectamente, una indagación de las claves que determinaron su propia vida.

El escritor que en el siglo XX encarna, como ningún otro, el arquetipo del intelectual aventurero, se mide aquí con el modelo indiscutible del aventurero convertido en escritor e intelectual, autor de un libro extraordinario, Los siete pilares de la sabiduría. El resultado es un relato cautivador en el que se mezcla la crónica periodística, la confesión y la especulación.

"A Lawrence de Arabia lo vi una vez. No estábamos en igualdad de condiciones. Él tenía en su haber los Siete pilares, su colaboración con Churchill y ese halo de misterio que le confería el Intelligence Service. Yo era un simple escritorzuelo francés que sólo tenía en el bolsillo el Goncourt...".

Malraux bucea en la vida de un personaje donde, como en su caso, se funden la historia y la leyenda, desde su lucha junto a las tribus árabes durante la primera Guerra Mundial a su personalidad más autodestructiva. "¿Quiso morir? Nunca he sabido la respuesta", se pregunta Malraux.

El tiempo de los fracasos (fragmento)

Apenas destinaron al subteniente Lawrence al Intelligence Service de Egipto, comenzó su lucha contra el estado mayor de El Cairo.

Se esperaba una modesta sección de informaciones militares, una de cartografía y una oficina de servicio secreto capaz de complementar los servicios de seguridad de El Cairo. Los oficiales que le enviaron a finales de 1914 -el capitán Newcombe, que acababa de trazar el mapa del desierto del Sinaí so pretexto de realizar una excavación arqueológica, con la colaboración de los dos jóvenes arqueólogos encargados de las excavaciones de Karkemish, Wooley y Lawrence- soñaban con crear un servicio lo bastante poderoso para desatar la revolución en Siria y en Mesopotamia, para levantar contra Turquía sus posesiones árabes, al igual que, a comienzos de siglo, se habían levantado contra ella sus posesiones cristianas.

«El oficial del ejército de Egipto», escribía Lawrence a su llega, «ignora patéticamente el otro lado de la frontera. Woolley, que se pasa el día sentado, hace planos e inventa fulgurantes bulos para la prensa. Newcombe dirige a una banda de espías de lo más agresivo, y habla con el general. Yo soy oficial de cartógrafos, escribo informes geográficos e intento convencer a la gente de que Siria no está poblada exclusivamente por turcos.»

Rabia más que ironía. Aquel grupito de oficiales de información que se denominaban entre sí «los Intrusos» se exasperaban clamando ante oídos sordos la vulnerabilidad de la dominación turca desde Cilicia hasta las Indias. No sólo sabían por las estadísticas que el imperio enemigo contaba con diez millones y medio de árabes contra siete millones y medio de turcos; habían pasado años «al otro lado de la frontera», eran conscientes de que la idea de patria había penetrado en el imperio otomano como un cáncer que había de provocar su muerte.

Abdul-Hamid, el sultán rojo que otrora prohibiera pronunciar la palabra patria incluso en el ejército, so pena de muerte, había comprendido que esa idea era incompatible con su imperio. No podía existir una patria otomana, sino sólo una patria turca. Con ella nacerían una patria macedonia, siria, armenia y árabe: Turquía sólo podía tener las de ganar a condición de perder el imperio. Apenas tomaron el poder en nombre de la nación, los Jóvenes Turcos hubieron de enfrentarse con las reivindicaciones de las naciones otrora vasallas. Los árabes sobre todo los de Siria y Mesopotamia, gran número de los cuales ocupaba grados destacados en el ejército habían participado con entusiasmo en la joven revolución turca, de la que esperaban que impusiera el federalismo. Al día siguiente de las elecciones controladas por los Jóvenes Turcos se sentaban en la Cámara sesenta diputados árabes contra ciento cincuenta turcos; en pocos meses la CUP se hacía racista, identificándose con la ideología turaniana de Enver. Raras veces una evolución triunfante no genera una vuelta al nacionalismo por parte de los principales vencedores. Se disolvieron todas las sociedades no turcas, se reforzó la centralización administrativa y se persiguió el movimiento árabe. Los Jóvenes Turcos suscitaron más odio que el que suscitara Abdul-Hamid: los árabes habían concebido más esperanzas, y sus amigos de la víspera habían pasado a ser los nuevos tiranos.

De El demonio de lo absoluto, de André Malraux. Barcelona, Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg, 2009. 620 páginas.

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