Mascarada política, de Mariano José de Larra

Los tres no son más que dos y el que no es nada vale por tres. Mascarada política

La Revista Española, 18 de febrero de 1834.

(fragmento)

Era el resto de la concurrencia la mayoría; pero se conservaba a cierta distancia del que parecía su jefe. Era el color de éste un atornasolado claro, que visto de distintos puntos lejanos parecía siempre un color diferente, pero en llegando a él no se le podía llamar color. Este y los suyos no andaban, aunque lo parecía, porque marcaban el paso; conociendo que no había para qué, unos traían pies, y otros los traían de plomo.

De medio cuerpo arriba venía vestido a la antigua española, de medio cuerpo abajo a la moderna francesa, y en él no era disfraz, sino su traje propio y natural. Ni era alto, ni bajo, ni gordo, ni flaco; sutil como cuerpo glorioso, y máscara, en fin, racional, si las hubo nunca. No traía careta, sino que enseñaba una cara de risa que a todos quería dar contento.

Era su comparsa gente pasiva y estacionaria, de esta que tiene y no quiere perder, que no tiene por qué moverse, miedosa, que teme perniquebrarse a cada paso, escarmentada ya y paralítica, envilecida con el sufrimiento y bien avenida a todo, o despreocupada, que se ríe de los hombres y sus partidos. Éstos no decían nada, ni aplaudían, ni censuraban; traían caretas de yeso, miraban a una comparsa, miraban a otra, y ora temblaban, y ora reían. En realidad no hacían cuenta con su jefe; éste era el que contaba con ellos; es decir, con su inercia.

En una palabra, parecían tres las comparsas y no eran más que dos. Cuando yo entré en el baile, acababan de separarse; hasta entonces habían bailado mezclados, porque hasta entonces no había faltado bastonero que los había hecho bailar a todos a un mismo son.

(...)

-La verdadera diversión, señores, si me atrevo a llamarla así -dijo entonces animado con su inmensa fuerza el atornasolado de no conocido color- es tomar, permítaseme la frase, de los juegos venerandos antiguos lo preciso, modificándolo según el humor de los que han de divertirse [en el día, y si es que alguien ha de divertirse]. Y a propósito de esto diré, para convencer a ustedes, lo siguiente: las necesidades y las reformas, las instituciones y garantías, así como la antigua monarquía de las ideas nuevas, la discordia, la hidra de las revoluciones, y la bondad de arriba abajo, y no de abajo arriba, la legitimidad, los malévolos seducidos, un campo de horror y dulce fraternidad, los sucesos retrógrados y las masas progresivas... Otras cosas podría decir.... pero... ¡Cuán dulce es la paz, señores! Y por fin el talento es mío, mía la experiencia, el tacto mío y la nación mía, porque no es de nadie, porque es pasiva; al que se oponga a mi justa conciliación -añadió riéndose con la más amable y cariñosa sonrisa-, al que no quiera ser feliz, como yo entiendo la felicidad, harásele feliz, mal que le pese.

Un prolongado clamor de la multitud inmensa, tan callada toda la noche, pero un clamor no de entusiasmo pasajero, sino tranquilo, sereno, como la voz del poder que no ha menester esforzarse para hacerse oír, aplaudió sordamente la alocución ambilátera, que, traducida al lenguaje inteligible, quería decir a unos: Ya es tarde,- y a otros: Es temprano todavía.

Restablecida la paz y el silencio, desapareció a mis ojos el baile y ambos partidos con él; halléme en medio de Madrid repitiendo para mí: Los tres no son mas que dos, y el que no es nada vale por tres.

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