Diario de un hombre desacelerado, de Andrés Neuman

Me levanté muy tarde. Y no me refiero a la hora, sino a la velocidad: sonó el despertador, como cada mañana, a las siete en punto, pero esta vez no pude apagarlo enseguida. Me quedé boca arriba, paralizado como un Samsa, sin saber qué me pasaba ni cómo darme la vuelta. Me dolían los músculos, la cabeza y los sueños. Ya entonces me di cuenta de que iba a ser un día duro.

Alrededor de las siete y cuarto conseguí estirarme, apagar el despertador y ponerme en pie. Esto ahora lo digo así, de golpe: estirarme, apagarlo y levantarme, aunque en tiempo real fue como si el espejo del dormitorio proyectara mi reflejo a cámara lenta. Sobre las siete y media, cuando alcancé el baño tras arrastrarme a lo largo del interminable pasillo, tuve por un momento la esperanza de que la ducha fresca me devolviese a mi ritmo habitual. Sin embargo no salí de la ducha hasta las ocho, y eso que renuncié a lavarme la cabeza por falta de tiempo.

Sería inútil, y sobre todo extremadamente lento, intentar describir con exactitud lo penoso que fue vestirme prenda a prenda, miembro a miembro. No sabía muy bien cuál era el problema: mi cuerpo estaba ahí, parecía el mismo de siempre, las cosas permanecían donde las había dejado la noche anterior, pero nada se movía como antes. Cuando giré la llave en la cerradura, la puerta tardó una eternidad en reaccionar. Las bisagras fueron cediendo poco a poco, con un ruido a bostezo.

Como es natural, siendo la hora que era no me quedaba más remedio que buscar un taxi. Dolorido, catatónico, me aposté como pude en la avenida y esperé. No sabría decir cuántos taxis perdí, cuántos coches pasaron de largo mientras yo hacía esfuerzos por levantar un brazo para detenerlos. De hecho varios conductores ralentizaron la marcha al llegar a mi altura, incluso alguno me miró discretamente de reojo, pero cada vez que lo hacían ocurría lo mismo: yo los veía observarme, me daba a mí mismo la orden de hacerles un gesto, dar un paso hacia delante, asentir con la cabeza, sonreírles, cualquier cosa. En todos mis intentos, logré llevar a cabo esos movimientos varios segundos después de que el taxi se perdiera calle arriba. Si finalmente pude subirme a uno, fue porque decidí quedarme con el brazo levantado y una sonrisa urgente petrificada en la cara (gestos que en realidad correspondían al taxi anterior que acababa de perder), hasta que un coche libre se detuvo frente a mí.

Me senté en mi escritorio mientras el reloj de la oficina marcaba las nueve pasadas. El jefe de sección, que no parecía tener problemas de velocidad, se acercó de inmediato a pedirme explicaciones. Paralizado de miedo, yo quise contestarle. Y juro que lo hice con todo detalle, sólo que diez minutos después de que se retirase visiblemente molesto. Inicié entonces el laborioso camino que separaba mi escritorio de su despacho, con la intención de solventar el malentendido. Recuerdo que mi esposa llamó en ese momento: el teléfono de mi escritorio reconoció su número una docena de veces antes de que ella dejara de insistir. Cuando pude sentarme de nuevo, ya no hubo manera de localizarla. La llamé al móvil, a su trabajo, a casa, a la tienda de su hermana. A la hora de comer recibí un correo suyo que decía: «Me lo temía. No te molestes en decirme nada. Siempre he sabido que eras mujeriego, pero esperaba que al menos supieras disimular. Ya me lo había advertido mi hermana. Cabrón, más que cabrón. Te odio». Supongo que, al ser literalmente incapaz de responderle de inmediato, ella interpretó que yo aceptaba mi desliz.

Siendo sincero, no me sorprendió demasiado ser despedido al final del día: no sólo había llegado con retraso a la oficina, sino que además había tardado una inmensidad en realizar cada trámite que se me pedía. Mi jefe, y no lo culpo, lo interpretó como una provocación huelguista. La jornada, ya digo, fue demasiado larga. Por suerte ahora estoy mejor. No porque haya conseguido acelerarme, sino porque hace tiempo que he aceptado mi nueva lentitud. En las actuales circunstancias, es lo único puedo hacer. Al menos ya no tengo que escuchar el despertador. La economía es así.
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5 de Diciembre de 2016|15:46
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