La lectora salvaje, de Isaac Rosa

En la amplia tipología de lectores posibles, cada uno se identifica antes con el que querría ser, que con el que realmente es. Yo, de poder elegir mi perfil lector, no querría ser el lector macho de Cortázar, ni el lector diamante de Coleridge. Lo que de verdad querría ser, al menos en ciertos momentos, ante ciertos libros, es un lector salvaje.

Para que entiendan qué es un lector salvaje, he traído conmigo un buen ejemplo: mi hija, una auténtica lectora salvaje. Me explico. Mi hija no ha cumplido aún los dos años. No sabe leer. Así que, como comprenderán, lo de salvaje no lo digo como sinónimo de voraz en sus lecturas.

ampoco salvaje en el sentido en que eran salvajes los detectives poetas de Roberto Bolaño. Ni con el significado de bárbaro, destructivo, de arrancar páginas a los libros o pintarrajearlos y subrayarlos, como hacen algunos usuarios de biblioteca desconsiderados.

Ella es salvaje en el sentido que dio Rousseau al mito del "buen salvaje": el salvaje, el hombre sin civilizar, sin corromper, que representa la humanidad en su estado natural. Ese espejo nostálgico donde la sociedad, desencantada, busca su naturaleza perdida, su inocencia adánica. De la misma forma, nosotros, lectores en ocasiones demasiado domesticados, añoramos ese estado de salvajismo desde el que nacimos a la lectura, esa inocencia original.

Mi lectora salvaje se relaciona con los libros de forma natural. Los coge de la estantería, los cambia de sitio, los abre, los hojea, los abandona cuando se aburre. No siente ante ellos reverencia, ni miedo, ni complejos. No los considera algo extraordinario. Ni mucho menos imprescindibles. Ni fuente de prestigio. No se plantea si tiene pocos libros, si querría tener más, tenerlos todos.

Es tan salvaje que para ella aún no se ha inventado la escritura. Los relatos son orales, son cuentos, son canciones. Cuando me pide que le lea un cuento, cuando sigue las ilustraciones, se identifica con el relato de forma automática, rutinaria, no por una necesidad de evasión, de sueño, de huida de la realidad, de pretender otras vidas más soportables, más ricas.

No es que quiera ser la protagonista de los cuentos; es que ella lo es siempre, porque su mundo es pequeño, y de qué otra cosa va a hablar un libro sino de ella. Los libros, todos, hablan de ella, y de sus cosas, del perro que hace guau, de la hormiga, y de la luna, y de un papá con gafas. Cuando aprenda a leer, irá siendo cada vez menos salvaje, porque enseñar a leer implica, inevitablemente, una forma de leer, una orientación, y no me refiero ya a leer de izquierda a derecha, ni a las normas gramaticales, sino a una forma de leer como otros leyeron antes que nosotros, lo que a veces nos agranda pero otra nos limita. En sus primeras lecturas, cuando ya sepa leer sola, aún conservará durante un tiempo su salvajismo, su pureza lectora, esa credulidad total que envidiamos, nosotros, los que sólo tenemos ya una credulidad pactada, concedida.

Cuando crezca, su estado de inocencia irá diluyéndose, y aunque todavía tendrá momentos de salvajismo en sus primeras lecturas (esas, irrepetibles, que los reincidentes ya hemos perdido para siempre), comprobará que hay lecturas para las que ya no hay inocencia posible, no existe una primera vez absoluta. Nadie lee por primera vez el Quijote, porque antes que nosotros ya nos lo han leído muchas veces durante siglos, y la nuestra es una lectura encauzada, condicionada, llena de interpretaciones, sentidos, diccionarios, notas a pie. Sin embargo, y por imposible que parezca, todavía quedan en la literatura territorios salvajes por descubrir, por conquistar, por habitar. Fuera de los cánones, de las lecturas obligadas, en las orillas, al margen, aún hace frío, hay intemperie, no hay protección, no hay ediciones anotadas, no hay clásicos, no hay obras escogidas. A veces ni siquiera hay libros, ediciones disponibles. Todavía quedan territorios donde perdernos, a los que no ha llegado la civilización, donde sentirnos salvajes, lectores salvajes.

Una biblioteca, por ejemplo. Nadie diría que una biblioteca es un territorio salvaje, con su orden alfabético y decimal, con sus catálogos y sus etiquetas. Y sin embargo, en una biblioteca podemos volver a ser salvajes, inocentes, acercarnos a una de esas intemperies literarias para las que no tenemos guías. Uno toma un libro al azar y puede encontrarse con un territorio nuevo, asombroso, ya sea la rabia de Rachid Boudjedra "abofeteando a la justicia hasta que se ponga de pie", ya la poesía amorosa de Kenneth Rexroth, o la revolucionaria de Nazim Hikmet pidiendo "que las nubes no maten a los hombres". Pero no queramos ser siempre pioneros. No seamos como esos esnobs de pacotilla que sólo aprecian la rareza, lo minoritario, lo incógnito, y desprecian lo popularizado, confundiendo lo salvaje con un exotismo fácil, creyéndose aventureros frente a la masa de turistas de la lectura.

No olvidemos que también dentro de la academia hay tierras que nadie pisa porque se dan por conocidas. Han sido tantas veces exploradas, reducidas a mapas precisos, señalizadas, asfaltadas, que creemos que no merece la pena acercarnos, que no hay nada nuevo allí. Esos clásicos que se dan por leídos antes de leerlos, que no leemos porque los asumimos como ya leídos, como información genética. Ahí también hay frío, soledad, y sorpresa, muchas posibilidades de sentirnos salvajes, inocentes.

Mi pequeña salvaje, cuando termino de leerle el cuento con que se va a la cama, siempre me dice "más, más". Nunca es suficiente, siempre quiere más. Ese es otro rasgo del lector salvaje que podemos envidiar. La insaciabilidad de quien tiene toda la vida por delante para leer, quien tiene los años que a nosotros ya nos faltan, y aún así quiere más. Más.

En Imágenes