Conspiración en la Luna

La desaparición de las filmaciones originales del primer hombre en la Luna plantea la existencia de multitud de secretos: ¿qué sucedió con el programa lunar ruso?, ¿influyeron los nazis en su desarrollo?, ¿a qué se debe el fuerte cambio psicológico de los astronautas que pisaron su superficie?

Por José Lesta

Todo ello ha abierto de nuevo el debate sobre los numerosos misterios que encierra nuestro satélite: ¿por qué los astrónomos llevan siglos observando misteriosas luces y destellos en su superficie?

¿Qué tipo de información sobre la Luna manejaban algunos escritores como Julio Verne, hasta el punto de poder adelantarse a lo que fue la exploración lunar? ¿Por qué algunos científicos pensaban que podía ser un cuerpo artificial? Y si es así, ¿quién la "construyó"? ¿Cuál es su origen y su relación con la aparición de la vida en la Tierra? ¿Cómo influye en nosotros?

Actualmente numerosos países han acelerado sus proyectos para colocar una base permanente en la Luna. ¿Por qué? La respuesta nos acercará a una trama que nos revelará la auténtica "cara oculta" de la Luna.

Aquí, ofrecemos un fragmento con Julio Verne y su increíble anticipación científica. 

De la Tierra a la Luna

«¡Cuántas cosas negadas la víspera han sido una realidad al día siguiente! ¿Por qué un viaje a la Luna no se ha de realizar de un día a otro? Pero el primero que lo intente será tomado por un loco».
Julio Verne. De la Tierra a la Luna (1864).

Julio Verne no fue el primero en viajar a la Luna, pero sí en usar la ciencia y la técnica para describir un vuelo casi profético al viejo satélite. La influencia de su obra se ha dejado sentir en cientos, si no miles, de científicos, aventureros y personas de toda condición.  Juan de la Cierva, el inventor del autogiro, admiraba al escritor francés; Dimitri Mendeleiev, padre de la tabla periódica de los elementos químicos, hablaba de él como de un dios; incluso el gran explorador de los inhóspitos fondos marinos, Jacques Cousteau, reconoció que la lectura en su niñez de 20.000 leguas de viaje submarino le marcó para siempre.

Quizá el testimonio más sorprendente sea el del astronauta soviético Yuri Gagarin, el primer ser humano que viajó al espacio. A las pocas horas del regreso de su aventura, Gagarin afirmó: «Ha sido Verne quien me ha hecho decidirme por la astronáutica».  Y no es casualidad, porque entre los volcanes en erupción, las oscuras cavernas subterráneas, las inmensas y desoladas islas, o los mares eternos que hacía surcar a los protagonistas de sus novelas, había un enigma que perseguía continuamente al sabio francés: la Luna.

Fue casi una obsesión. Al punto de que es seguramente el único asunto de sus 66 libros que se repite en dos ocasiones. Dos novelas dedicadas, única y exclusivamente, a adelantarse un siglo a la historia. Porque, como veremos, Julio Verne vaticinó lo que ocurriría en la carrera hacia la Luna. Pero para desvelar cómo lo consiguió necesitamos retroceder en el tiempo. Exactamente casi 150 años.

Cien años antes del gran salto

París. Comienzos de 1864. Como cada mediodía Verne regresa de la Biblioteca Nacional. Camina ensimismado, mientras se cruza con numerosos ciudadanos pertrechados en sus largos trajes y elegantes bombines de la época. De vez en cuando algún carruaje, con sus caballos al trote, le obliga a desviar el rumbo pero finalmente al-canza su objetivo. Le aguarda su cuarto de trabajo, donde acumula cientos de fichas con anotaciones de los más diversos descubrimientos científicos. Además, esa tarde recibirá la visita de su primo Henri Garcet, un ágil matemático que revisará los cálculos que Verne ha garabateado en sus interminables cuadernos, un extraño galimatías de curvas, trayectorias, parábolas...

Horas más tarde Verne hace pasar a su primo al despacho y le apremia para que comience su pesada labor mientras enciende una pequeña lámpara de gas. A pesar de que a Garcet todo aquel asunto le parece un tanto descabellado, da su conformidad a los enrevesados cálculos. Verne parece satisfecho y meses después publicará por entregas en una revista su tercera novela, De la Tierra a la Luna. En ella asombra a sus contemporáneos con una audaz propuesta en donde su protagonista, Michel Ardan, emprende junto a dos intrépidos estadounidenses, el capitán Nicholl y Barbicane, un apasionante viaje a la Luna en su «vagón-proyectil». Los detalles que ofrece Verne son tan creíbles que sorprenden incluso hoy en día.

Todos sabemos que fue la NASA (National Aeronautics and Space Administration) la agencia estadounidense que coordinó la formidable empresa de llevar al hombre a la Luna. Fundada en 1958, su núcleo inicial estaba formado por un grupo de investigadores apoyados por la cúpula militar estadounidense, y empeñados en dar solución a los problemas que planteaban las ciencias espaciales, la balística y la cohetería, disciplinas que empezaban a desarrollarse por entonces. Con el paso del tiempo se fueron agregando a la organización nuevos técnicos, científicos y funcionarios del Gobierno (fundamentalmente militares), que llegaron a formar un gigantesco equipo de decenas de miles de personas.

Pues bien, en su novela De la Tierra a la Luna, Verne describe la organización responsable de lanzar el proyectil hacia la Luna de la siguiente manera: «En Estados Unidos durante la guerra de secesión, se estableció en Baltimore, ciudad del estado de Maryland, una nueva sociedad (...) los americanos aventajaron a los europeos en la ciencia de la balística (...) el primero que inventó un nuevo cañón se asoció con el primero que lo fundió y con el primero que lo taladró. Tal fue el núcleo del Gun Club. Un mes después de su formación, se componía de 1833 miembros efectivos y 30.575 corresponsales (...) a todo el que quería entrar en la sociedad se le imponía la condición de haber ideado o perfeccionado un nuevo cañón (...) Añádase que aquellos yanquis valientes no se contentaban con fórmulas sino que descendían al terreno de la práctica. Había entre ellos oficiales de todas las graduaciones, subtenientes, generales y militares de todas las edades (...) Un día, sin embargo, los que sobrevivieron a la guerra firmaron la paz; cesaron poco a poco los cañonazos; enmudecieron los morteros, los obuses y los cañones volvieron a los arsenales (...) y el Gun Club quedó sumido en una ociosidad profunda». 

Es curioso el hecho de que Verne coloca al Gun Club en una situación desesperada y sin unos objetivos claros. Este pasaje de la obra de Verne cobra mayor interés si tenemos en cuenta que la NASA se formó tras el final de la Segunda Guerra Mundial y que en sus primeros tiempos, efectivamente estaba formada por generales y soldados que habían combatido en la guerra. Pero sigamos observando cómo Verne se adelanta a su tiempo.

El fuselaje de la nave Apollo 11 estaba formado por paneles de aluminio soldado, una capa de material aislante y un revestimiento exterior de aluminio. Exactamente el mismo material que deciden utilizar los protagonistas de la novela de Verne:

«—Una bala de hierro fundido que mida nueve pies pesará horriblemente.
»—Horriblemente, si es maciza; pero no si es hueca —dijo Barbicane (...).
»—¿Cuál será, pues, el grosor de sus paredes? —preguntó el mayor.
»—(...) Basta, pues, que sus paredes sean lo suficientemente
fuertes para soportar la presión de los gases de la pólvora. (...) Las paredes no llegarán a tener dos pulgadas —calculó Maston, el secretario del Gun Club.
»—(...) ¿Será suficiente? —preguntó el mayor con aire dubitativo.
»—No, evidentemente no (...). Habrá que emplear otro metal.
»—¿Cuál? —preguntó el mayor.
»—Aluminio —respondió Barbicane.
»— (...) metal que tiene la blancura de la plata, la inalterabilidad del oro, la tenacidad del hierro, la fusibilidad del cobre y la ligereza del vidrio —dijo Barbicane.
»—(...) El precioso proyectil centelleaba bajo los rayos del Sol. Era la primera vez que se obtenía aluminio en masa tan considerable...  un producto metalúrgico que hacía mucho honor a los americanos. Al verlo con sus formas imponentes y con su sombrero cónico encasquetado».

Este dato, que puede parecer irrelevante, demuestra hasta qué punto estaba informado el genio francés, ya que el aluminio se había descubierto tan sólo ocho años antes de que Verne escribiera De la Tierra a la Luna y, ni que decir tiene, era un metal exótico que no se producía de manera industrial, como sucede ahora. 

En otro pasaje de la novela los protagonistas se preguntan cómo sobrevivir en el espacio sin oxígeno. «Lo haré artificialmente por procedimientos químicos bien conocidos», responde uno de ellos. Para que los audaces viajeros espaciales dispongan de oxígeno artificial en la cabina de la nave, Verne idea un sistema que consiste en calentar clorato de potasa a 400 grados. «Dieciocho libras de clorato dan siete libras de oxígeno, la cantidad que necesitan los viajeros en veinticuatro horas. Ya está rehecho el oxígeno», concluye Barbicane. 

Hay que reconocer que en algunos de los pasajes que relata Verne más que adelantos a su época, parece haber visto escenas reales de lo que sucedería en el futuro: «Quedaba aún la importante cuestión de los víveres (...) Barbicane reunió víveres para un año.Pero debemos advertir, para que nadie ponga en cuarentena lo que decimos, que los víveres consistieron en conservas de carnes y legumbres; reducidas a su menor volumen posible bajo la acción de la prensa hidráulica, y que contenían una gran cantidad de elementos nutritivos; verdad es que no eran muy variadas (...) Había también una reserva de agua de 500 galones que podría durar dos meses (...) El desayuno [en el espacio] comenzaría con tres tazas de un caldo excelente, debido a la licuefacción en agua caliente de esaspreciosas tabletas Liebig, preparadas con los mejores trozos de los rumiantes de las Pampas».

En efecto, la alimentación «lunar» de los astronautas americanos consistía en alimentos desecados y congelados en pequeñas bolsas herméticas que debían ser hidratados con agua caliente a 68 grados. Una vez inyectada el agua se amasaba el alimento durante tres minutos, se cortaba el cuello de la bolsa y se comprimía, como si se tratara de un tubo de dentífrico, para poder engullir su contenido.

En el último capítulo de la novela Verne prepara a sus lectores para el momento decisivo. El lanzamiento del «vagón-proyectil» hacia la Luna: «Se trasladó la enorme granada a la cúspide de Stone’s Hill [el lugar del lanzamiento situado en la península de Florida], donde grúas de gran potencia se apoderaron de ella y la tuvieron suspendida encima del pozo de metal. (...) Dieron las diez.  Había llegado el momento de colocarse en el proyectil, pues la maniobra necesaria para bajar a él, cerrar la tapa y quitar las grúas y los andamios inclinados sobre la boca del Columbiad [el cañón que lanzaría el proyectil hacia la Luna] exigía algún tiempo. Barbicane había arreglado su cronometro, que no discrepaba un décimo de segundo de el del ingeniero Maston, encargado de dar fuego a la pólvora por medio de una chispa eléctrica». 

También en este pasaje resulta premonitorio el relato del escritor francés. Los astronautas del Apollo 11 ingresaron en la cápsula dos horas antes del lanzamiento para ultimar todos los preparativos, cerrar la escotilla presurizada, retirar las plataformas metálicas y, cómo no, poner en marcha el cronómetro que iría descontando los segundos hasta el momento crucial del encendido electrónico del gigantesco cohete.

Fueron momentos de gran tensión.  Hugo Young, corresponsal del Sunday Times, lo recordaría así años más tarde: «El viaje del Apollo 11 empezó con una luz silenciosa de-bajo del cohete, tan brillante y tan intensa que dañaba la vista y oscurecía la plataforma. Le sucedió un ruido que no era continuo, si-no una serie de satánicos chasquidos, que retumbaron en el techo metálico de las tribunas y sacudieron los trajes de los boquiabiertos espectadores. Envuelto en el resplandor del Sol, rugió con mayor fuerza al ganar altura».

Cien años antes así describió Julio Verne ese histórico momento: «En el momento de elevarse al cielo a una prodigiosa altura, la candente luz, la llama dilatada iluminó la Florida entera, y hubo un momento en que el día sustituyó a la noche en una considerable extensión del territorio. El inmenso penacho de fuego se percibió desde 100 millas en el mar, lo mismo en el golfo que en el Atlántico (...) La detonación fue acompañada por tremendas sacudidas (...) Ni un solo espectador quedó en pie. Hombres, mujeres, niños, todos fueron sacudidos como espigas golpeadas por el viento de la tempestad».

Así acaba De la Tierra a la Luna. Para entonces el revuelo formado tras su publicación fue de tal calibre, que cientos de lectores se pusieron en contacto con los periódicos parisinos con la intención de emular la hazaña de Michel Ardan. Estaban convencidos de que la novela no era fruto de la imaginación de Verne, sino el relato fiel de un proyecto, sin duda secreto, que se estaba gestando en ese mismo momento. Aunque parezca increíble, el libro de Verne fue tomado por un relato auténtico ya en su época... Y quizá no se equivocaban.

Alrededor de la Luna

Pocos años después, en 1870, Verne sorprendió de nuevo a su público con otra vuelta de tuerca, Alrededor de la Luna, nada menos que una segunda parte de su proyecto lunar. La novela narra el viaje de Michel Ardan y sus dos compañeros a la Luna y lo que allí se encuentran. Si en el primer libro Verne usaba todo su arsenal de cálculos matemáticos, datos astronómicos y avances de la época para intentar adivinar cómo podría acometerse una empresa de esa envergadura, en esta novela, desprovista de atavíos, deja volar su «imaginación» con resultados asombrosos. Y es justo ahí que se descubre a un Verne poseedor de ciertos datos no conocidos por sus contemporáneos acerca de nuestro satélite. Pero no adelantemos acontecimientos.

En Alrededor de la Luna se muestran algunos aciertos prodigiosos.  Para hacerse una idea de lo que esto supone es necesario evocar el contexto social en que fue escrita y publicada la obra.

En aquellos tiempos no existía el automóvil, la bombilla aún no se había desarrollado, la radio tardaría un par de décadas en descubrirse a nivel experimental, la electricidad era un curioso fenómeno que no era tomado muy en serio, y la mayoría de los médicos europeos aseguraban que viajar en ferrocarril a más de 40 kilómetros por hora suponía un grave riesgo para la salud. Verne, sin embargo, lanzaba a sus viajeros espaciales en un proyectil a más de 40.000 kilómetros por hora, no sin antes especificar la posición que debían adoptar en la nave:

«—Ahora se trata de decidir cómo nos colocaremos de la forma más útil para soportar el choque de la partida —dijo Barbicane.  »—(...) Entonces —respondió Michel Ardan—, pongámonos con la cabeza hacia abajo y los pies hacia arriba.

»—No —dijo Barbicane—. Debemos tumbarnos de lado. Así resistiremos mejor el choque.
»(...) Tres colchonetas, espesas y solidamente acondicionadas, habían sido colocadas en el proyectil. Nicholl y Barbicane las dispusieron en el centro del disco que formaba el suelo móvil. Allí debían tumbarse los tres viajeros momentos antes de su partida».

Exactamente como fueron lanzados al espacio los astronautasdel Apollo 11.

Pero, siguiendo la novela, se comienza uno a encontrar situaciones que difícilmente podría aventurar nuestro escritor ni siquiera con su famosa y desbordante imaginación. Julio Verne describe, por ejemplo, los bruscos cambios de luz y temperatura que se dan en el vacío espacial: «Bajo los rayos solares cuya temperatura y resplandor no suavizaba ninguna atmósfera, el proyectil se caldeaba y quedaba iluminado como si súbitamente hubiera pasado del invierno al verano». Y ya sobre la superficie lunar: «Nada de crepúsculo en la superficie, la noche sigue al día y el día sigue a la noche, con la brusquedad de una lámpara que se apaga o se enciende en medio de una oscuridad profunda. Tampoco nada de transición del frío al calor, cayendo la temperatura en un instante del grado del agua hirviendo al grado de los fríos del espacio (...) otra consecuencia es que las tinieblas absolutas reinan allí donde no llegan los rayos del sol (...) las sombras y toda esa magia del claroscuro no existe en la Luna». Esto último, no fue posible comprobarlo hasta que el primer ser humano puso su pie en la Luna y experimentó de primera mano todos esos efectos... un siglo más tarde.

Verne también imagina en su novela un paseo espacial: «Ah, continuó Miguel, lo que lamento es que no podamos darnos un paseo por el exterior. Qué voluptuosidad flotar en medio de ese éter radiante (...) si a Barbicane se le hubiera ocurrido proveerse de un aparato con escafandra y con una bomba de aire, me habría aventurado en el exterior y habría adoptado actitudes de quimera». Un deseo cumplido en 1965 por el teniente coronel soviético Alexei Leonov, protagonista del primer paseo espacial de la historia. 

¿Y qué decir de la siguiente situación?: «Nicholl había dejado escapar un vaso de su mano, y el vaso, en lugar de caer quedó suspendido en el aire (...) Y al punto, diversos objetos, armas, botellas, abandonadas a ellas mismas, se sostuvieron como por milagro. (...) Los tres aventureros llevados al dominio de lo maravilloso sentían que a su cuerpo le faltaba la gravedad. Sus brazos, que se extendían, no trataban de bajarse (...) Eran como gentes ebrias a las que les faltara la estabilidad. (...) De pronto Michel, tomando cierto impulso, dejó el fondo y permaneció suspendido. (...) Sus dos amigos se reunieron con él al momento en el centro del proyectil. “Es increíble, es irreal, es imposible”, exclamó Michel. Y, sin embargo, es». 

Verne describe los efectos de la falta de gravedad en el espacio con una meticulosidad asombrosa. Narra situaciones que los científicos más cualificados discutieron y pusieron en duda hasta que se comprobaron en los vuelos tripulados.

Para la ciencia oficial de la segunda mitad del siglo XIX, el viaje a la Luna de Julio Verne pasó como la más absurda e incomprensible de las creaciones imaginativas del gran escritor. De hecho su primer relato, De la Tierra a la Luna, es el que más escándalo causó en los serios y comedidos ambientes científicos de la época. No se aceptaba ni siquiera como probable que un aparato semejante al ocupa-do por el alegre Michel Ardan, el impetuoso capitán Nichols y el solemne Barbicane pudiera traspasar la atmósfera terrestre con destino a la Luna.

Para muchos se trataba de una aberrante fantasía que no podía más que embaucar a mentes poco fundamentadas.  A Verne poco le importaban ya las críticas.

Mientras los científicos y los filósofos discutían sobre la viabilidad de sus propuestas, él se aventuraba hacia el futuro imaginando la propulsión por cohete: «En efecto, potentes artificios, que se apoyaban en el casquillo y apuntaban al exterior, podían frenar en cierta proporción, produciendo un movimiento de retroceso, la velocidad de la bala.  Aquellos cohetes podían arder en el vacío (...) Barbicane se había provisto de cohetes artificiales encerrados en pequeños cañones de acero perforados, que podían atornillarse en el casquillo del proyectil.  (...) Había veinte. Una abertura dispuesta en el disco, permitía encender la mecha de que cada uno disponía».  En uno de los pasajes de la novela incluso se utilizan cohetes para corregir la trayectoria de la nave:

«—Todo está dispuesto —respondió Michel Ardan dirigien-do una mecha preparada hacia la llama del gas.
»—Espera —dijo Barbicane con su cronómetro en la mano—. ¡Es la una!
»En aquel momento Michel Ardan acercó la mecha inflamada a un artificio que ponía los cohetes en comunicación instantánea.  Ninguna detonación se dejó oír en el interior donde el aire faltaba.  Pero por las ventanillas Barbicane divisó un estallido prolongado cuya deflagración se apagó inmediatamente. El proyectil experimentó cierta sacudida que fue sentida muy sensiblemente en el interior».

Y como era de esperar el final de aquella odisea verniana tuvo un momento espectacular en la violenta reentrada de los viajeros siderales en la atmósfera terrestre: «En aquel momento, era la una y diecisiete minutos de la mañana, el teniente Bronsfield se disponía a abandonar el puesto de vigilancia y regresar a su camarote, cuando su atención fue atraída por un silbido lejano y completamente inesperado (...) Sus compañeros y él pudieron comprobar que aquel ruido se producía en las capas más remotas del aire. (...) y de repente, a sus asustados ojos, apareció un bólido enorme, en medio de llamas provocadas por la rapidez de su carrera, por su frotamiento con las capas atmosféricas. Aquella masa ígnea creció a sus miradas y se abatió con el ruido del rayo (...) y se abismó en las olas con un ruido ensordecedor».

Verne vuelve a dar en el blanco, incluso en la forma de llegar a nuestro planeta: amerizando en aguas oceánicas. Esto tampoco es nada obvio, sin ir más lejos la mayor parte de las misiones espaciales rusas aterrizan en tierra firme mediante un complicado sistema de paracaídas. Pero Verne, omnipresente, acertaba de nuevo.  Llegados a este punto surge un interrogante: ¿manejaba Julio Verne algún tipo de información exclusiva acerca de la Luna, imposible para su época? La respuesta es afirmativa, pero para adentrarnos en este apasionante asunto debemos primero profundizar en la vida secreta del gran escritor.

De Conspiración en la Luna. Madrid, Aguilar, 2007.  192 páginas.

Opiniones (2)
9 de Diciembre de 2016|20:52
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9 de Diciembre de 2016|20:52
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  1. cosa e´mandinga....!!!
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  2. Los del Área 51 hicieron el photoshop de la foto de Cristina con Fidel. Con razón... ¡Es todo una gran conspiración!
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