Deportes

Los conventillos en la casa de la Selección Nacional

Por si no fuera penoso en sí mismo, el episodio que distancia a Juan Román Riquelme de Diego Maradona pone negro sobre blanco en una tendencia alarmante.

Es cierto que cada uno, a su manera, puede atribuirse una victoria significativa: Maradona por fortalecer su frente interno y Riquelme por la valentía de enfrentar a un personaje que amén de su bien ganado prestigio goza de los favores de agradecidos, fans, oportunistas, operadores y alcahuetes de variados pelajes.

Ahora, más allá de la hipersensibilidad de Riquelme, de su divismo y del desdén con que parece mensurar esa "causa superior" que sería vestir la camiseta albiceleste; y más allá del desparpajo con que el Maradona director técnico ejecuta acciones que el Maradona futbolista hubiera censurado (alterar la secuencia del cara a cara y los comentarios públicos), lo que emerge como dato sugestivo es el escenario en el que se dirimieron las diferencias.

Fueron las cámaras de la televisión al modo de un debate de dos políticos en campaña o, peor, al modo de las disputas de dos vedettes de curvas apreciables y seseras vacuas- el canal elegido para llevar adelante un diálogo sin diálogo, un intercambio copioso en sobreentendidos y malentendidos y, desde luego, un feroz tironeo de egos en pugna.

Si la farandulización del fútbol es un hecho consumado, el versus Riquelme/Maradona, y viceversa, nos está hablando de un viaje del que difícilmente haya retorno.

A esta altura es difícil establecer hasta dónde priman las convicciones más profundas y hasta dónde la cultura del semblanteo a la cámara, de las reacciones calculadas, del patente simulacro.

Pero hablamos, y ya es cuestión de volver al sustrato del planteo, del seleccionado argentino de fútbol, de ese mismo seleccionado que con el advenimiento de Maradona, de Bilardo, de la generación del 86 y de toda su fanfarria, estaba destinado a poner la casa en orden y amén de ordenarla a dejarla apta para las mejores galas.

Y aunque es grato comprobar el excelente momento personal de Maradona ("el mejor de mi vida", Diego dixit) y el compromiso y la lucidez que a grandes trazos expresa en su cometido como entrenador del plantel, no es menos comprobable que hay también mucho de apetencias y miserias en danza, de teléfonos descompuestos, de maltratos y de desprolijidades, cuando no de franco patetismo.

En torno de este seleccionado que se insinúa prometedor se cifran asimismo los polos desquiciantes que van de la intriga palaciega a una ventilación pública que roza la obscenidad.

En ese marco se ha inscripto la conformación del cuerpo técnico en general y el caso de Oscar Ruggeri en particular (con la inestimable colaboración del presidente de San Lorenzo, Rafael Savino), las fidelidades o infidelidades "al proyecto", del Checho Batista y del Tata Brown, la probable incorporación de Humberto Grondona, el despido de Ubaldo Fillol, el flamante entuerto Maradona/Riquelme y el más latente aunque no menos flamante, y de derivaciones insospechadas, entre Maradona y el propio Bilardo, etcétera.

Muchas manos en un plato hacen mucho garabato, y no aludimos, precisamente, al Canal Gourmet.
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9 de Diciembre de 2016|02:41
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