La Viuda está en otra parte, de Xavier Velasco

El champagne y el amor son veleidosos: uno llega a pensar que nunca se acabarán, y cualquier dia se agotan al unísono. Antiguamente las carrozas se volvian calabazas; hoy basta con cambiar de marca de cigarrospara saber que el sueño dio de sí y es preciso explicar por qué lleva uno quince meses atrasado con la renta. Por qué las cuatro llantas del carromato lucen desmejoradas a extremos oncológicos. Por qué los taxis no se paran cuando y donde yo quiero. Por qué estoy recordando frente a un vino envasado en tetrapak el momento en que me miré al espejo y murmuré: -Qué asco: soy un nuevo pobre.

No se si el evangelio diga algo sobre el acto de discriminarse a sí mismo, pero si por mí fuera no me permitiría ni entrar a mi casa. De hecho me he prohibido toda reflexión acerca de las tristes condiciones en que sobrellevo mi infortunio; no tanto porque crea superfluos tales pensamientos, sino por causa de la pulcritud elemental que me impide siquiera dirigirle la palabra a un prángana de tan reciente cuño como yo. Puesto que a diferencia de los demás pobres, quien se ha visto forzado a despeñarse socialmente lo hace presa de una infinita vergüenza.

Y es que a mí la vergüenza me abochorna muchísimo, tal como corresponde a quien nunca antes se dejó mirar de frente y hoy de pronto se considera indigno de tutear al espejo. Por más que pongo empeño en ser positivo y suponer que nadie querrá perder su tiempo en mirar a un Don nadie como yo, sigo todos los dias paladeando la vejación que experimenta toda persona normal cuando se ve privada de la prerrogativa de sojuzgar al prójimo a placer.

He tratado de hacer creer a mis amigos que fue por puro gusto que de un dia para otro me hice abstemio, vegetariano, ecologista y globofóbico, pero dudo que mis mejores argumentos los hayan convencido de la necesid de cambiar mansión por cuchitril, Limo por Topolino y Cristal por Corona. De modo que no puedo tacharlos de borrachos, carniceros, ecocidas y globafágicos sólo por que se cambian de banqueta cada vez que me ven cruzar por su camino.

Luego de haber tartado con el mismo rigor a quienes antes que yo se convirtieron fatalmente en nuevos pobres, entiendo que los que creía mis amigos no deseen recorrer la distancia astronómica que separa al Versace del tepache sólo para expresarme una mentira. ¿Cómo estas?, por ejemplo. ¡Hermano!, a lo mejor. O al menos: ¡Buenos dias! Mentiras descaradas. ¿A quien le va a importar como esté este nuevo pobre? ¿De cuándo acá se deja uno ver a menos de cien leguas de sus hermanos en desgracia? ¿Quién podría mirar a un triste miserable como yo y desearle un buen día sin un sarcasmo gordo por delante?

No me estoy flagelando. Todo lo contrario: aprecio las bonitas cortesías que mis nuevos vecinos han venido prodigándome, pero en todos los casos elijo declinar su rascuache amistad; ante nadie diría jamás que los conozco. Sé que más de uno entre ellos dejará de ser pobre cualquier día de estos, pero ello me previene todavía más contra su incinerante simpatía, pues nada humilla tanto a un nuevo pobre como estrechar la mano de un nuevo rico.

La clase de persona que, si hubiera justicia en este mundo, tendría que estar ahora lavando mi Porsche. Y el asunto es tan grave que casi me conformo con no terminar yo lavando el suyo. O al menos no tener que soportar esas miradillas insolentes que parecen estar siempre calculando el número de coches como el mio que podrían compararse con el impulso anual de cualquiera de los que se amontonan en su garage.

Dicen los viejos pobres que las mejores cosas de la vida son gratuitas, pero es dificil creer que la pobreza conceda la amplitud de criterio necesaria para fundamentar esa barbaridad. ¿Como diablos se va a enterar de cuáles son las satisfacciones mas amplias de la existencia quien carece de cash para encargarse de las elementales? Sería tanto como creer a pie juntillas el refran según el cual la suerte de la fea la bonita la desea. ¿Que sabe un esperpento del gozo metafísico que experimenta una bealdad al besar adentro de un Ferrari? ¿Quién podría infundirle la paz espiritual que da el no tenerse que encender un cigarro, ni pagar una cuenta, ni cambiar una llanta?

Una de las odiosoas desventajas de vivir entre pobres tiene que ver con su indignante sentido de la honradez. Basta con demorarse dos dias de más en devolver un libro para que sea uno acusado de ladrón, mientras que entre los mios -esos que ahora no me reconocen como suyo- uno se roba, coches, casas, ahorros y patrimonios sin que venga un pelado a sermonearlo. Gente ignorante claro. La calaña de plebe que se atreve a sonreir en un hotel de cuatro estrellas. Tipos que nunca advierten la similaridad entre la clase turista y una galera desbordante de forzados. Los pobrecitos soportan de buen grado situaciones tan humillantes como las de habitar este clavario sin siquiera una pobre casita es Conneticut. ¿Qué es lo que me molesta? Su sonrisa.

Tal vez muy en el fondo presiento que se burlan de mi. Como que cada vez que miran al casero amenazarme preguntan en silencio: ¿No que no? Y a mi eso me desquicia, es mas fuerte que yo. Ustedes no imaginan lo que es llegar de noche a esta pocilga pestilente a la que jactanciosamente llaman condomino, y subir escaleras y llegar a mi puerta sin toparme con uno solo de mis queridos y añorados lambiscones. ¡Buenas noches señor!... Si el señor me permite... ¿Va a cenar señor?.

No es que no tenga todo lo que mis vecinos aprecian en la vida, a pesar de los multiples valores que cambiaron de manos durante mi caida, puedo gozar de algunos de los privilegios que mas ansían los pobres, como éste de llenar una botella vieja de Chateau Lafitte con tres cuartos de litro de Chateau la merde. Y como yo no se si el medico forense descubriria que el vino de tercera donde puse el arsenico definitivamente no es Chateau Lafitte, escribo la presnete para pedir respeto a mi última voluntad: Ruego a ustedes conserven el secreto sobre la clase de vinagre con que a la mera hora me vine a suicidar. ¡Qué más hubiera yo querido que hacerlo cuando menos con Champagne! y eso es exactamente de lo que hablo cuando pido que no se culpe a nadie.

De El materialismo histérico. Buenos Aires, Alfaguara, 2005.

Opiniones (1)
10 de Diciembre de 2016|08:09
2
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10 de Diciembre de 2016|08:09
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  1. Me encanta Velasco. Te arde por donde lo leas
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