Cambio príncipe por lobo feroz

La periodista española Raquel Sánchez Silva revisa con humor los mandatos de los cuentos tradicionales infantiles respecto de las mujeres y sus temibles consecuencias a lo largo de la historia. Propone un interesante cambio de paradigma. En el Día de la Mujer, un divertido fragmento de su libro.

Por Raquel Sánchez Silva

De Caperucita Roja a Cenicienta, de Blancanieves a Bella Durmiente: a esta alura del Siglo XXI queda claro que los príncipes azules destiñen y que los lobos feroces parecen mucho más reales y atractivos.

El modelo romántico de "mujer ángel" (perfectamente rubia, delicada y lánguida) hace tiempo que se desmoronó frente a la dura realidad que tienen que enfrentar las mujeres de hoy.

Raquel Sánchez Silva propone un cambio de roles: mejor ser la madrastra, la bruja o la reina, porque los cuentos de hadas fueron escritos por hombres para mujeres del siglo XVIII y XIX.

Aquí, un divertido fragmento.

Introducción

Mujeres urbanas, madres trabajadoras, solteras ciclotímicas y adolescentes en erupción. En el siglo XXI todas estas mujeres comparten un paso evolutivo que Darwin describiría como la lógica selección natural a través de la supervivencia en la lucha por la vida.

Este nuevo milagro en la especie alcanza su cumbre el día en el que la mujer, en una doble pirueta y salto mortal, deja de querer ser la princesa para convertirse en la madrastra. El momento en el que desea un cambio de rol en el cuento popular. Sin medias tintas. De la buena a la mala. Una mujer despojada de debilidades exteriores y colores pastel.

¿Quién querría ser una sosa al cuidado de siete enanitos (mineros y cantarines) pudiendo tener el tipazo de su madrastra gótica?

¿Serías obediente y llegarías a casa antes de las doce?  ¿Te gustaría perder los taconazos en una carrera de lo menos elegante en pos de alcanzar la calabaza tuneada del clan de los ratas?

¿Elegiría alguna mujer morirse de miedo en el bosque, encima cargada con la compra (¡vaya cuadro!), pudiendo aullar entre las garras de un lobo? (En esta fantasía ha tenido mucho que ver la encarnación de Lobezno, o sea, Hugh Jackman).

¿Aguantarías a un pesado-eterno-adolescente que siempre está pegando brincos y no se puede separar de esa amiga -que tú sospechas más que amiga- llamada Campanilla? (¿Lo de campanilla será un cariñito o un nombre de guerra en plena práctica de sexo oral?). 

¿Sabes lo mal que podrías quedar si te pasas durmiendo cien años rodeada de todos los de tu pueblo?  (Imagina tu probable halitosis al despertar de un primer beso. Lamentable).

Realmente ¿lograríamos entender ahora el sacrificio de una mujer mitad pez mitad Miss Benidorm por no herir al hombre que acaba de rechazarla y casarse con otra?

Ya está bien de historias malintencionadas. ¡Qué jeta tenían los Grimm, Andersen y Perrault! ¡Cuentistas, más que cuentistas! Ni zapatos de cristal, ni polvos mágicos, ni espejos sinceros. Unos buenos Manolos, polvazos de verdad y elixires de la eterna juventud. Su encantamiento a través del relato no ha aguantado esta sobrecarga de realidad, pragmatismo y estrés.

No hay vuelta atrás. Aunque en un momento de debilidad intentáramos hacer el ejercicio compasivo de adaptar el cuento a nuestro tiempo, no funcionaría. No saldrían ni el cuento ni las cuentas. Te pongas como te pongas, los coches blancos son una horterada y un rubio vestido de azul celeste de arriba abajo también.

Córtate las trenzas, tira la banda de miss al mar, regala manzanas para dormir a la competencia, fúgate con el lobo y date un baño de espuma con él. Recuerda: mientras las princesas duermen, las brujas vuelan.

De Cambio príncipe por lobo feroz, de Raquel Sánchez Silva. Madrid, Aguilar, 2008. 168 páginas.

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3 de Diciembre de 2016|16:40
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