La leyenda del santo bebedor, de Joseph Roth

(fragmento)

Así que Andreas fue solo, bebió solo y cenó solo aquella noche, y a continuación todavía entró en dos tabernas más para tomar unas copas en la barra. Bebió mucho, mas no se emborrachó, y puso buen cuidado en no gastar demasiado dinero, pues a la mañana siguiente, y en cumplimiento de su promesa, quería acudir a la capilla de Sainte Marie des Batignolles, para restituir por lo menos parte de la deuda a santa Teresita. Pero había bebido justo hasta el extremo de no tener ya la mirada certera, ni el instinto que sólo proporciona la pobreza para encontrar el hotel más barato del barrio.

Así que entró en un hotel algo más caro, y también allí pagó por adelantado, por sus ropas raídas y por no llevar equipaje. Pero no se preocupó lo más mínimo por ello y durmió tranquilo hasta bien entrada la mañana. Lo despertó el repique de las campanas de una iglesia cercana, y al punto supo qué día importante era aquél: un domingo. Y supo también que debía acudir junto a santa Teresita para cancelar su deuda.

Se vistió con rapidez, y con paso ligero se encaminó a la plaza en la que se levantaba la capilla. A pesar de sus esfuerzos, no llegó a tiempo para la misa de las diez; los feligreses ya estaban saliendo del templo. Preguntó por la hora de la siguiente misa, y le informaron que sería a las doce. De pie allí, ante el portal de la iglesia, se mostró algo indeciso. Todavía le quedaba una hora, y no tenía la menor intención de pasarla en la calle. Echó una mirada en derredor en busca de algún lugar acogedor para pasar aquel rato, y oblicuamente frente a la iglesia descubrió un bistro, hacia el cual encaminó sus pasos con la intención de matar allí la hora de espera.

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3 de Diciembre de 2016|03:38
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