Las escandalosas

Camille Claudel, Mesalina, George Sand, la emperatriz Sissi y otras mujeres de la historia son las "escandalosas". Decir "no" por amor, por desobediencia, por sed de conocimiento o ansia de poder: cada una de estas mujeres lo hizo siguiendo su propio instinto, su propia naturaleza.

Por Patrizia Carrano

Ni heroínas ni mártires: lo que tienen en común es el deseo de no ceder a presiones externas, su espíritu indomable y la voluntad de imprimir en sus existencias la impronta de la autonomía.

Atraída por sus odiseas, la autora de Las escandalosas. Veinte mujeres que han hecho historia no sólo narra sus vidas, vicisitudes y batallas ganadas o perdidas, su relato es también un fresco de la sociedad que juzgó a estas mujeres, las atacó, las vilipendió e incluso mató, aunque finalmente terminó aceptándolas y honrándolas.

Mesalina
(ca. 25- 48 d. C.)

La imagen es la de una joven de rasgos finos y delicados, perfil bien dibujado, rizos abundantes alrededor de la frente y labios infantiles ligeramente entreabiertos en un esbozo de sonrisa.  Una adolescente, una chiquilla: así vemos a Mesalina en la estatua que la representa y que se conserva en el Museo del Louvre. 

La augusta meretrix, la «sublime ramera», la mujer de quien desde hace dos milenios se cuentan obscenidades y caprichos, sólo vivió veintitrés años, muy pocos para haber sido ese compendio de vicios que la tradición nos ha descrito, señalándola como la más escandalosa de todas las mujeres de la antigua Roma y quizá de la Historia.

Quien quiera huir de los lugares comunes hará bien, pues, en observar con atención el rostro de esa estatua, un rostro cuya expresión juvenil, adolescente incluso, todavía incierta e inmadura, merma profundamente el mito tenaz, consolidado siglo tras siglo, y que la tradición se ha encargado de reforzar, de una Mesalina experimentada e insaciable, corrupta y cruel.  Quizá sea más razonable atribuir los crímenes y excesos de esta bella muchacha romana de muy buena familia a la inexperiencia y la ingenuidad antes que a planes urdidos meticulosamente y a un cinismo arrogante.

Desde luego, las páginas de los Anales de Tácito -en las que, con el apremiante estilo de un cronista de sucesos, el autor nos describe sus correrías nocturnas y su insaciable búsqueda de amantes ocasionales- son un documento del que no es fácil prescindir. Y también resulta imposible ignorar lo que escribieron de ella Suetonio y Plinio el Viejo. Pero para conocerla y comprenderla de verdad hay que leer entre las líneas de sus vicisitudes personales e históricas, y sobre todo es necesario tener en mente cuán corrupta y sanguinaria era la Roma de entonces. Las conspiraciones, las delaciones y los asesinatos no daban tregua; el propio palacio del emperador era escenario de muerte y de vicio.

Mesalina es el fruto de aquella época turbia y difícil. Hija de Valerio Mesala Barbato y de Domicia -que era sobrina de la hermana de Augusto-, pertenece a la aristocracia romana: tiene sólo quince años cuando se convierte en la tercera esposa de Claudio, quien el año siguiente, el 41 d. C., es aclamado emperador. Eran los pretorianos quienes querían que fuera emperador, ya que les preocupaba que el Senado asumiera la iniciativa después de la conjura que había llevado al asesinato de Calígula. Para los defensores del imperio, Claudio representaba un elemento de continuidad y una garantía contra cambios más profundos.

De este modo Mesalina se convierte en la consorte del «dueño del mundo». Es hermosa, quizá caprichosa, y desde luego ha crecido en una época de moral contradictoria. En Roma sobreviven todavía las leyes republicanas según las cuales las mujeres no tienen ningún derecho, ni siquiera a tener un nombre propio, sólo pueden aspirar al nombre de la gens a la que pertenecen.

De hecho, Mesalina es el diminutivo de Mesala. Aunque estén sometidas a una condición de tutela perpetua, tanto del marido como del padre, con una existencia marcada por continuas prohibiciones y amenazada por penas muy severas en caso de desobediencia, en realidad las mujeres romanas del siglo primero después de Cristo se conceden muchas libertades, como por ejemplo divorciarse, interrumpir sus embarazos y frecuentar a quienes deseen. Es un hecho que las antiguas normas de la ley no se respetan en absoluto. Según la lex, el incesto se castiga con la muerte. Sin embargo, en esos años, en Roma, el incesto es una práctica muy extendida.

El propio emperador Calígula acostumbra a dormir con sus dos hermanas y demostrando una indiferencia absoluta por las leyes y la moral, para devolver el brío a sus finanzas mermadas, no duda en hacer que se prostituyan, junto con otras nobles parientes, en un ala de su residencia habilitada para ello. Éste es el clima moral en el que se mueve Mesalina; éste es el clima del palacio en el que hace su entrada como joven esposa de Claudio. Hija única de Mesala, muchacha hermosísima y de carácter brillante, consciente de su origen y de los privilegios que su nacimiento y su matrimonio comportan, la jovencísima Mesalina es entregada como esposa al quincuagenario y poco atractivo Claudio. Para él viste el flammeum, el velo naranja del matrimonio, para él pronuncia la fórmula nupcial "Ubi tu Gaius, ibi ego Gaia" (donde tú estés, allí también estaré yo).

Cojo, tartamudo, ya anciano cuando lo coronan en el año 41, dedicado hasta entonces al estudio de la antigüedad y de la historia, a veces se ha descrito a Claudio en tonos grotescos.  Pero en realidad, sobre todo en los primeros años de su gobierno, es un emperador activo y muy atento a la cosa pública, además de un buen general, a quien le basta una campaña de dieciséis días para culminar la conquista de Bretaña.

Mesalina le da dos hijos, Octavia y Británico. Exhibe su gracia luminosa en los banquetes. Pero Claudio la descuida: absorto en su tarea de sanear las finanzas de Roma y en reorganizar las cuatro oficinas centrales de la casa imperial, que encomienda a cuatro libertos, Narciso, Palante, Polibio y Calixto, el emperador desdeña los encantos de su esposa, prefiriendo las prestaciones más expeditivas de dos profesionales.

Sola, con apenas dieciocho años de edad, atormentada por los celos, Mesalina trata de conseguir alguna influencia en el ambiente de la corte. Con el objetivo de lograr la condena a muerte del marido de su madre, se alía con el liberto Narciso, que de hecho la libera del padrastro, pero a la vez suscita contra ella una pérfida espiral de chantajes de la que la joven emperatriz se defiende con excesiva ingenuidad, sin astucia ninguna, limitándose a exhibir su soberbia conciencia de impunidad. Es probable que la joven esposa de Claudio lograse eliminar a algunos de sus adversarios, entre ellos al poderoso liberto Polibio, pero nunca llegó a ejercer -y por lo demás tampoco tenía capacidad para ello- una influencia política real sobre su marido.

Aburrida de su consorte, que -como narra Suetonio- se queda dormido durante el almuerzo, mientras los cortesanos le tiran huesos de aceituna y dátil, Mesalina organiza en sus estancias una vida más brillante que la que puede ofrecerle Claudio. Ameniza las fiestas y las reuniones la presencia asidua de Mnester, un actor célebre no sólo por sus espectáculos, sino también por sus prestaciones sexuales. Mnester es una suerte de Bel-Ami de la antigua Roma, un bisexual que unos años antes había sido el favorito de Calígula, y que cautiva sin dificultad a la joven Mesalina, de dieciocho años, logrando que se enamore de él. Más que amor se trata de encandilamiento, de curiosidad, sobre todo sexual. Lo cierto es que Mesalina lo desea.

En un primer momento, Mnester se sustrae tenazmente a sus invitaciones. Quizá no cree prudente tener una relación con la esposa del emperador. Quizá Mesalina, si bien muy hermosa, no le gusta lo suficiente. Hasta que comprende que negarse puede ser más peligroso que entregarse: entonces pasa a convertirse en su amante.

En las estancias de Mesalina las fiestas son cada vez más desenfrenadas. Para animar sus propios impulsos, bastante tibios en realidad, Mnester la inicia en extravagancias sexuales y en una promiscuidad sin prejuicios con caballeros, aristócratas y prostitutas de excepcional belleza y fantasía. Sin embargo, el frenesí erótico no anula en Mesalina la conciencia de la pobreza de su vínculo con Mnester, del que se cansa rápidamente, ni aleja tampoco sus inquietudes.

Claudio ha inaugurado una época de represión despiadada, y Mesalina tiene miedo: por ella y por el futuro de su hijo. Mesalina es emperatriz pero ve cómo su trono se tambalea.  Es consciente de que no goza del favor de la corte ni del grueso de la burocracia del palacio. ¿Qué sería de ella si muriera el emperador? ¿Qué sería de su hijo, el pequeño Británico, blanco ya de las insidias de Nerón, hijo de su eterna rival Agripina, sin lugar a dudas un «animal político» mucho más hábil y consumado que ella? Para disfrutar de un poco de tranquilidad y de seguridad, Mesalina debería tener un círculo de amigos en quien confiar. Pero ¿cómo conquistarlos? ¿Cómo mantener su lealtad?

Una vez más, aparece el liberto Narciso con una propuesta interesante: para obtener los fondos necesarios para tejer una red de personas de confianza, ¿por qué no vender a alto precio el título de civis romanus tan codiciado en las provincias del imperio? Claudio ha creado seis nuevas provincias: las dos Mauritanias, Bretaña, Judea, Tracia y Licia. Y tiene la intención de ampliar la orden de los senadores y los caballeros. Por lo tanto, la ocasión no puede ser mejor. Mesalina, que se siente sola y acosada por el peligro, desearía fiarse de Narciso, pero al mismo tiempo lo teme.

Presa de la inquietud, de las intrigas y del temor, y sexualmente alejada ya de Mnester, Mesalina inicia sus aventuras nocturnas en el barrio popular de la Suburra. Ésas de las que nos habla Tácito, con tanto lujo de detalles. Vestida a la moda de las prostitutas de la época, con el pecho reluciente de polvos dorados, los ojos más oscuros y voluptuosos gracias al antimonio, y la boca pintada de carmín, la emperatriz se ofrece en los burdeles de la capital. Con el trasfondo de la Roma imperial y sus caóticas calles, atestadas de artesanos, libertos, mimos, prostitutas y pretorianos, prospera y se extiende la leyenda de la augusta meretrix.

Es probable que el emperador Claudio lo sepa todo, o quizá no sepa lo suficiente. Sea como fuere, sigue teniendo por su joven consorte un sentimiento de protección afectuosa aunque distraída. Quien, por el contrario, espera el momento propicio para asestar a Mesalina un golpe mortal es la ambiciosa y enérgica Agripina. Ésta tiene como aliado a Séneca y ambiciona el trono. No tanto para sí como para su hijo Nerón.

En este clima de temor y de incertidumbre busca Mesalina distracciones que la aturdan. No le importa el escándalo: no hace nada, o casi nada, por ocultarse. Quizá añora la ilusión amorosa que sintiera por Mnester, o quizá ya no piensa en el amor. Sin embargo, de repente, como le ocurriría a una heroína del siglo XIX, Mesalina se enamora, con violencia ciega y dedicación absoluta. No ama a uno de los pretorianos con los que se acuesta, sino a un joven patricio, «el más hermoso de toda la juventud romana», como lo describe Tácito. Este patricio de treinta y cinco años se llama Gayo Silio.

Así pues, Mesalina está enamorada. Con su joven corazón de veintidós años -son pocos incluso para la Roma imperial-, quiere a toda costa atraer hacia sí el objeto de su amor. Cualquier medio es bueno: ora su generosidad, ora su autoridad.  Todo por que Gayo Silio tenga siempre lo que desea, y su vínculo con ella sea cada vez más estrecho. La pasión, violenta y absoluta, termina conduciéndola a la imprudencia. Ambos, con el inconsciente exhibicionismo de los enamorados, no son nada discretos. Su relación está en boca de todos y suscita escándalo. Para poder regalarle una espléndida mansión en el Pincio, Mesalina manda condenar a muerte a su propietario legítimo, Valerio Asiático, considerado por todos hombre amable e influyente.

Mientras Agripina y sus amigos esperan el momento oportuno para asestar contra la incauta emperatriz el golpe decisivo, Mesalina cultiva un proyecto delirante: casarse con su amante. Decidida a hacer realidad su sueño, organiza un plan del todo descabellado: para ser libre de nuevo, para no incurrir en la ira del emperador, es necesario que Claudio muera asesinado. Mesalina urde, pues, una conjura, para la que encuentra cómplices desprovistos de toda credibilidad y consistencia. El jefe de bomberos, algún jovenzuelo desenfrenado, algún antiguo amante, no faltan los candidatos.

Los notables del palacio -informados sin tardanza de ese complot de poca monta- están alerta, preparados para intervenir en el momento oportuno. Cuando las pruebas de lo que Mesalina está tramando son ya incontestables, advierten a Claudio. Desde luego, el emperador debería castigarla con la muerte. Pero, una vez más, lo retiene el antiguo sentimiento de protección que siente por esa mujer mucho más joven que él.

¿Quién toma las riendas de la situación y convence al emperador de la necesidad de matar a los dos amantes, los dos conspiradores?  El liberto Narciso, el antiguo -y falso- aliado de Mesalina.
Él mismo en persona ordena que se dé muerte a Gayo Silio. Y, después de él, a la emperatriz. Desesperada por la muerte de su amante y movida por un último impulso de dignidad, Mesalina trata de quitarse la vida, dirigiendo un puñal contra su hermoso seno. Pero cuando llega el instante decisivo, le falta valor: le tiembla la mano, y la punta del puñal ni siquiera acierta a provocarle un rasguño. Perdiendo la paciencia, el oficial encargado de eliminarla le clava una daga en el corazón, y Me-salina expira. Estamos en el año 48 después de Cristo.

Al cabo de poco tiempo, Claudio se casa con Agripina y adopta a Nerón. En el año 54, Claudio muere, y son muchos los historiadores convencidos de que no fue de muerte natural, sino inducida por Agripina, que lo envenena para allanarle el camino a su hijo. Como temía Mesalina, el hijo que tuvo con Claudio, Británico, no llega a ser emperador; no inscribe su nombre en el cuadro de honor del imperio romano. A quien, por el contrario, nadie olvida es justamente a ella, a la escandalosa Mesalina: todos recuerdan sus desenfrenos y sus extravagancias sexuales, sus caprichos y sus locuras; que desde luego realizó, pero que no fueron el único emblema, el único sello distintivo de su vida: si se lee entre líneas, la historia de Mesalina nos narra una Roma violenta y misógina, corrupta y hábil, feroz y disoluta.

Una realidad que una jovencita de quince años afrontó con ingenuidad e inexperiencia: en el momento decisivo, todos fueron más crueles, más hábiles y más astutos que la bella Mesalina, desde los pretorianos que la poseyeron cuando se fingía prostituta, hasta Agripina que logró eliminar a Claudio tras convertirse en su esposa, pasando por el liberto Narciso que fue su cómplice y que después ordenó su muerte. El escándalo que caracteriza a Mesalina es sobre todo el de la inexperiencia: el peor de los pecados para alguien que quiera vivir en el palacio imperial, en el corazón de la Roma imperial.

De Las escandalosas. Veinte mujeres que han hecho historia, de Patrizia Carrano. Madrid, Siruela, 2008. 184 páginas.

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